Todos deben dejar algo al morir, decía mi abuelo. Un niño o un libro o un cuadro o una casa o una pared o un par de zapatos. O un jardín. Algo que las manos de uno hayan tocado de algún modo. El alma tendrá entonces a donde ir el día de la muerte y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, allí estará uno. No importa lo que se haga, decía, mientras uno cambie las cosas. Así, después de tocarlas, quedará algo en ellas de uno.
Se dio cuenta de que no estaba en absoluto seguro de haber decidido correctamente. Pero se sentía ligado a su decisión por una especie de promesa de fidelidad y la mantuvo.
Quería ser la persona que entrase en una habitación donde estaba Patty, no la persona que esperaba en una habitación a que entrase ella. Ser la persona en espera era colocarse en una posición demasiado vulnerable.
Hay que llorar más. como hacen los niños. Por algo son los seres más felices de la creación, siempre y cuando estén sanos y bien alimentados. No hace falta ningún análisis para saber que los niños apenas sufren enfermedades psiquiátricas. No arrastras traumas del pasado. No padecen insomnio ni depresiones ni desórdenes de la personalidad. No toman ansiolíticos, hipnóticos, ni relajantes naturales como la valeriana o la passiflora. Y sin embargo se pasan eldía llorando, a veces a lágrima viva y moco tendido, y otras con mohínes de disgusto, hipando, tosiendo o haciendo pucheros. Y son felices. Lo que significa que todo ser que aspire a la felicidad debe aprender a llorar.
Soy consciente de una sensación que se ha estado apoderando de mí lentamente durante los últimos años y que ahora es casi tangible. Las he pasado de todos los colores... pero estoy bien. Y si quiero puedo estar mejor que bien. No soy la persona más equilibrada de este mundo, desde luego, pero teniendo todo en cuenta... A ver, he sobrevivido. Y he sobrevivido siendo yo mismo. ¿Es o no es una suerte?¿Es o no asombroso?