
Otras veces oigo pasar el viento;
vale la pena haber nacido sólo por oír pasar el viento.

Sin la anestesia la vida duele,
cada caída, cada tropezón, cada equivocación, cada herida…
nos provocan dolores que, sin embargo, son lo que hacen que sientas la sangre correr por tus venas, son estas heridas las que te convencen de que estás viviendo.
Hasta que no pueda soportar el dolor prefiero, sin duda, seguir sintiendo.
Un lugar de donde puedo traer el maletero lleno de risas, de besos, de abrazos, de tiempo con los amigos, de complicidades, de guiños…
Es un lugar donde olvidar, donde perderse, donde volver a nacer.
Ojalá pudiéramos estar más allí donde nuestros dolores y nuestras penas se hacen pequeños, donde ocupamos todo el tiempo disponible en lo que realmente nos llena la vida.
Por fin podremos dejar atrás el invierno, descongelarnos el corazón después de estos meses de frío.
Estos meses de tormentas, de hielo y de nubes han fortalecido las raíces de los árboles y pronto nos darán frutos.
Por fin brilla, y calienta, el sol.
La vida puede ser maravillosa.


El día de hoy no se volverá a repetir.