Leyendo ¡Mártir! de Kaveh Akbar me he encontrado con esto:
"Una vez, cuando yo era niño, nuestro maestro nos contó el hadiz del hombre hambriento. El hombre se estaba muriendo en medio del desierto, y entonces se puso de rodillas y le rogó a Dios: «Por favor, ayúdame, estoy hambriento, medio muerto y demasiado cansado para seguir buscando agua. No quiero sufrir más. Por favor, Dios Todopoderoso, ten piedad y pon fin a este tormento». En su infinita sabiduría, Dios le envió un bebé, un niño al que tenía que cuidar. De pronto el hombre tenía un propósito, una razón para seguir viviendo."
Cuando lo leí, durante unos segundos, me pareció casi cruel. El hombre pedía alivio y Dios le mandaba más responsabilidad.
Pero luego lo pensé mejor.
Porque yo lo he vivido. No en un desierto, pero sí en algunos de mis momentos más oscuros. Y lo que me mantuvo en pie, lo que me hizo seguir buscando agua aunque estuviera agotada, fueron ellas. Mis hijas.
No como obligación. Como propósito. Como fuerza. Ellas son las razones por las que me levanto cuando no quiero levantarme, por las que sigo cuando me quedo sin ganas, por las que me hago fuerte cuando sola no podría.
Si algún día leen esto, quiero que sepan que sin ellas ya me habría rendido.
A veces la vida no te da lo que pides. Te da lo que necesitas para no parar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario