domingo, 14 de junio de 2026

Aristas

Si le caes bien a todo el mundo no eres una persona interesante. He dicho.

Significa que tu opinión no molesta a nadie. O que no la has dado nunca. O que la has ido ajustando según el público, calibrando cada palabra para no generar fricción, para no perder a nadie.

Caer bien es cómodo. Pero tiene un precio: para caerle bien a todo el mundo hay que ser un poco distinta con cada uno. Y en algún momento, en algún sitio, dejas de saber cuál eres tú.

La gente interesante incomoda. No porque quiera, sino porque tiene criterio propio y el criterio propio, tarde o temprano, choca con el de alguien.

Si algo he aprendido en esta vida es a desconfiar de esos seres carismáticos a los que todo el mundo parece adorar.

Y lo contrario también aplica. Si nadie te cae mal, algo falla. O no estás prestando atención, o estás mirando hacia otro lado, o te has convencido de que la bondad consiste en no tener filo. Es una entelequia. Una forma elegante de no comprometerse con nada ni con nadie.

La gente sin aristas no existe. Solo existe la gente que las esconde. Tener criterio propio tiene un coste. Pero no tenerlo también. Solo que ese no se ve.

viernes, 12 de junio de 2026

Empezó con una mota

La perla no nace de algo bueno. Nace de una intrusión, de una mota de polvo o de arena que se cuela en la concha sin permiso y sin aviso. Una pequeña agresión que el molusco no puede expulsar.

Entonces hace lo único que sabe hacer: cubrirla. Capa a capa, despacio, con nácar. No para olvidarla. Para sobrevivir a ella.

Y así, alrededor de algo que no debería estar ahí, crece una de las cosas más valiosas que existe.

Y no solo hablo de ostras.

miércoles, 10 de junio de 2026

Mentiras bien vestidas

Hay frases que son mentiras bien vestidas:
"Perdono pero no olvido."
"Envidia sana."
Oxímoron y contradicciones que usamos para quedar bien con los demás y con nosotras mismas.
Como si ponerle un nombre bonito a algo incómodo lo hiciera más aceptable. Como si la envoltura cambiara lo que hay dentro.
La envidia no es sana.
El perdón que no olvida no es perdón.

Son frases que nos absuelven sin que tengamos que cambiar nada.
Son coartadas.

lunes, 8 de junio de 2026

Arrancar de raíz

He estado viendo vídeos en TikTok sobre cómo cuidar un jardín. No tengo jardín.

En casi todos empiezan igual: antes de plantar, antes de regar, antes de cualquier otra cosa, hay que arrancar. La maleza, las malas hierbas, lo que crece sin permiso y se lleva el agua y la luz de lo que sí quieres que viva. Dicen que no basta con cortarla. Hay que sacarla de raíz, porque si dejas algo enterrado, vuelve.

Un jardín sano no es el que tiene más flores. Es el que sabe lo que no puede permitirse que crezca.

Y no solo hablo de jardines.

domingo, 7 de junio de 2026

Lo que no tiene alternativa.

Nunca fui de llamadas. Hablar no se me ha dado especialmente bien, y una pérdida auditiva que me acompaña hace años lo condiciona todavía más. Escribir, en cambio, siempre fue mi forma natural de comunicarme. Y durante años, lo hice en papel.

Cuando era pequeña pasaba los veranos en el pueblo de mis padres. En la adolescencia tenía allí mi grupo de amigas. Ellas se veían el resto del año. Yo no. Vivía lejos, sin móvil, con un teléfono fijo que costaba una fortuna usar.

Así que a veces cogía un boli y les escribía cartas. Para que no se olvidaran de mí. Para que supieran que pensaba en ellas aunque no estuviera.

En los largos inviernos, escribirles era también volver allí. Al calor de ese verano, a esas tardes, a esas personas que seguían su vida mientras yo esperaba que llegara julio.

Algunas me escribían de vuelta. Tras más de media docena de mudanzas he perdido todas esas cartas. Pero no he olvidado lo que era encontrar un sobre en el buzón con tu nombre escrito a mano. Alguien pensó en ti. Se sentó, buscó papel, escribió, buscó un sello. Nada de eso es inmediato ni fácil. Ahí estaba el valor.

Un pedacito de mí murió cuando dejé de escribir cartas porque ya no "hacían falta": emails, luego Facebook, Messenger, WhatsApp, DMs.

Ahora el buzón solo trae recibos, publicidad y, en el peor de los casos, algo de Hacienda. Como tantas cosas de la infancia, abrirlo dejó de ser motivo de ilusión.

He visto grupos de personas organizados para enviarse cartas periódicamente. Negocios en los que te dejas escrita una carta y ellos te la envían pasado un tiempo. Lo entiendo. Pero no será lo mismo.

Una carta tenía esa carga porque era la única opción. Escribías porque no había otra manera de llegar. Ahora sería un gesto bonito, casi un acto performativo. La nostalgia disfrazada de conexión.

Lo que hacía especial a una carta era que no había alternativa. Y eso ya no se puede recuperar.

viernes, 5 de junio de 2026

El programa del atardecer. Jung tenía razón: La segunda mitad pide otra cosa.

Jung decía que no podemos vivir el atardecer de la vida con el mismo programa que la mañana. Que la primera mitad está hecha de construcción: la identidad, el lugar en el mundo, los vínculos, los logros. Y que la segunda exige otra cosa. Soltar. Profundizar. Preguntarse qué queda cuando se quita todo lo que se hizo para los demás.

Durante años construí. Una familia, una manera de estar en el mundo, vínculos que creía sólidos. Me moví con el programa de la mañana sin preguntarme si seguía siendo el mío.

Y llegó un día en que el programa dejó de funcionar. No de golpe. Despacio, como cuando algo se afloja sin que nadie lo note hasta que ya no sostiene.

Miré atrás y vi cosas que había cargado demasiado tiempo. Personas que ocuparon más espacio del que merecían. Miedos que me convencieron de quedarme quieta. Versiones de mí misma que construí para encajar en lugares que ya no eran míos.

Y miré adelante. No con el vértigo de los veinte, sino con otra cosa. Con la claridad de quien ya sabe lo que no quiere. De quien ha perdido cosas y ha sobrevivido. De quien empieza a entender que lo que queda, si se cuida, puede ser lo mejor.

Jung tenía razón. El atardecer pide otro programa. Uno más honesto. Más descarnado. Más tuyo.

Yo estoy escribiendo el mío.

miércoles, 3 de junio de 2026

La isla

Estoy leyendo un libro en el que la protagonista construye una isla. Un lugar con nombre, con paisaje, con personas. Un refugio tan elaborado que parece más real que lo real. Solo al final entiendes que ese lugar no existe. Que fue la única forma que encontró su mente de sobrevivir a algo que no podía sostener consciente.

Hay un nombre para eso. La disociación: la capacidad de la mente de separarse de una realidad insoportable y habitar otro sitio. No es debilidad. Es, en muchos casos, lo único que queda cuando no hay salida.

El cerebro no distingue entre amenaza real y amenaza recordada. El mismo mecanismo que nos construye una isla cuando lo necesitamos es el que nos despierta a las tres de la mañana con el corazón acelerado por algo que quizás ni ocurrió. El que nos protege de lo insoportable y el que nos hace insoportable lo que no debería serlo. A veces nos salva. A veces nos secuestra.

Yo no fui a ninguna isla. Cuando la realidad era dura, me quedé en ella. Construí muros, sí. Pero la realidad estaba conmigo al otro lado, y yo lo sabía. Hay una diferencia enorme entre protegerse dentro de la realidad y abandonarla por completo. Las dos son formas de sobrevivir. Solo que una te deja con los pies en el suelo y la otra te los levanta del todo.

Y sin embargo, no juzgo a quienes se van a su isla. A veces el suelo quema. Hay realidades que no se pueden habitar, situaciones en las que marcharse hacia adentro es el único camino que queda. Mujeres como Gisèle Pelicot, o como el personaje de ese libro, no se rompieron. Encontraron la forma de seguir existiendo con lo que tenían. Eso no es huida. Es heroísmo de la única clase que importa: el que nadie ve.

martes, 2 de junio de 2026

Sin esa virtud

Confieso que yo no perdono. Tampoco olvido.
No tengo esa virtud. Soy incapaz.

Lo he intentado. Me he dicho que soltar es de sabias, que cargar con el rencor solo me pesa a mí. Y es verdad. Pero saber algo y poder hacerlo son cosas distintas.

No perdono. Y tampoco vivo instalada en el rencor, aunque lo visite.
No quiero olvidar. Quiero recordar exactamente qué y quién me trajo hasta aquí.


Recuerdo.

Y elijo desde ahí.

domingo, 31 de mayo de 2026

Buena imagen. El engaño funciona mientras dura.

Milli Vanilli no cantaban. Ana Rosa no escribe sus libros. Felipe González no era de izquierdas. Lance Armstrong no pedaleaba limpio. Y tampoco había armas de destrucción masiva.

El mundo está lleno de impostores con buena imagen.

Gente que se apoya en otros para salvarse. Que coge lo que necesita sin mirar a quién le cuesta. Que avanza pisando sin darse cuenta, o dándose cuenta y mirando hacia otro lado mientras su coach justifica sus mierdas.

Lo más curioso no es el engaño. Es cuánto tiempo tarda en descubrirse. Y lo bien que funciona mientras dura.

Yo también tuve una de esas en mi vida. Creí en la imagen. Tardé más de lo que debería en ver lo que había detrás. Menos de lo que ella esperaba.

viernes, 29 de mayo de 2026

El momento perfecto no existe

Siempre hay algo antes.

Las vacaciones que vienen. Los exámenes que terminan. El lunes en que todo empieza. El cuerpo que todavía no es el que quieres. El proyecto que lanzarás cuando tengas más tiempo, más dinero, más seguridad.

Vivimos en una cuenta atrás permanente hacia una vida que no termina de llegar.

Y mientras tanto, esto. Esto que está pasando ahora mismo, mientras esperas. Esto que luego recordarás como "aquella época". Esto que, dentro de diez años, alguien llamará tu juventud, tu tiempo, tu vida.

Me pregunto cuántas horas he pasado deseando que pasara la semana. Cuántos viernes he esperado como si fueran una promesa. Cuántas veces he pospuesto algo que quería porque primero tenía que ocurrir otra cosa.

El problema no es que esperemos. El problema es que mientras esperamos, seguimos viviendo. El tiempo no se detiene porque tú estés en pausa.

Hubo un momento en mi vida en que el futuro se redujo a una ventana y a lo que había al otro lado. Y entendí algo que no se aprende leyendo: que a lo mejor mañana no estamos aquí. Ninguno. Y que eso no es una amenaza. Es la única razón de peso para estar hoy.

No hay un momento mejor esperándote al otro lado. Hay otro momento. Con sus propias condiciones, sus propias excusas, sus propias razones para seguir esperando.

El único momento que tienes es este. Y este. Y este.

No es un consejo. Es solo algo que me repito cuando me encuentro, otra vez, contando los días.

jueves, 28 de mayo de 2026

Yo. Ya me he ido de casi todo.

Sé marcharme.

Lo he hecho infinidad de veces: de ciudades que habité, de calles que me sabía de memoria, de mesas donde alguna vez me sentí llena.
De personas que eran casa, de promesas que parecían eternas.
De versiones de mí que ya no encontraban la manera de seguir.
He aprendido a mirar por última vez sin volver la cabeza, a cerrar la puerta sin ruido.

Lo que no sé es qué hacer con lo que me sigo llevando. Porque hay cosas que no se abandonan por mucho que lo intentes. Miedos que hacen el equipaje solos. Heridas que conocen todos tus atajos.

Hay un sitio del que no he conseguido escapar. El único del que, en el fondo, tampoco quiero hacerlo. A veces me pesa. A veces me sostiene. Pero es mío.

Yo.

martes, 26 de mayo de 2026

El cuerpo recuerda antes que la cabeza

El olfato es el sentido más ligado a la memoria.

Las hojas del limonero en casa de mis abuelos.
El anís de los freixós, el bizcocho en el horno.
El champú de alguien que fue importante, el jabón de alguien que aún lo es.
La colonia que durante años usé con las niñas y que me recuerda lo pequeñas que fueron.

Olores que vuelven y consuelan, que me devuelven a algún lugar seguro, a un instante feliz.

Y luego está esa loción. La que un día fue cotidiano respirar y que ahora me pone la piel de gallina. La que nunca jamás he querido volver a oler.

Hay olores que abrazan. Y hay olores que ahogan.

lunes, 25 de mayo de 2026

Las personas que te cambian sin querer

Hay personas que no saben lo que hicieron.
No lo saben porque no hicieron nada grande. No te salvaron, no te dieron un discurso, no tomaron tu mano en un momento dramático. Simplemente estuvieron. O no estuvieron. Dijeron algo en el momento exacto, o se callaron cuando más necesitabas que hablaran. Y sin embargo, después de ellas, ya no eres el mismo.

Pienso en todas las versiones de mí que existen gracias a alguien que probablemente ni se acuerda:
En la persona que estuvo cuando yo no podía estar. Que me sostuvo justo después de que mi vida cambiara para siempre, sin pedirme que estuviera bien, sin pedirme nada. Solo estuvo. Y eso fue todo lo que necesitaba.
Y pienso también en la otra. La que yo sostuve durante mucho tiempo, con todo lo que tenía. La que, el día que la necesité de verdad, no estaba.
Las dos me cambiaron. Una me enseñó lo que es el cuidado. La otra me enseñó lo que valgo.
Ya no están a mi lado. Pero llevan algo mío, y yo llevo algo suyo, que no sé muy bien nombrar.

No me cambiaron con intención. Me cambiaron con presencia, o con ausencia.

Y eso, creo, es lo más poderoso que puede hacer una persona. No el gesto calculado ni la ayuda que se ofrece sabiendo que se ofrece. Sino el impacto silencioso de ser, simplemente, quien eres delante de alguien.

Ojalá alguien, en algún lugar, lleve una versión mejor de sí mismo gracias a algo que yo hice sin darme cuenta.

domingo, 24 de mayo de 2026

Las conversaciones que nunca salen de tu cabeza

 Me he dado cuenta de que tenemos dos vidas, como dos memorias distintas. La de fuera, la que vivimos, la real. Y la de dentro, donde todo tiene otra versión. Esta última es más ordenada, más justa y casi siempre más interesante. También es la única en la que siempre dices lo que piensas. Y donde tienes todas las conversaciones que fuera nunca ocurren.

Las conversaciones que ensayas durante días. Te duchas y ya estás ahí, eligiendo palabras, anticipando respuestas, ganando discusiones que todavía no han empezado. Llegas al momento real y la otra persona dice algo que no estaba en el guión. Y te quedas con todo ese material preparado que ya no sirve para nada.

Luego están las que rebobinas sin poder evitarlo. La cena de hace tres años. Lo que dijiste. Lo que debiste decir. Lo que habrías dicho si hubieras sido más rápida, más valiente, más tú. Tu cerebro las edita una y otra vez como si fuera a estrenar una versión mejorada que nadie va a ver.

Y después están las que nunca llegas a tener. Las más largas, las más honestas, las más necesarias. Esas en las que le dices a alguien exactamente lo que sientes, sin rodeos, sin miedo. Esas conversaciones son perfectas. Probablemente porque nunca ocurren.

Sin interrupciones, sin malentendidos, sin que la otra persona diga algo que no tocaba. Tú controlas el ritmo, las pausas, el desenlace. Ganas siempre. Te disculpas cuando quieres. Dices exactamente lo que sientes sin que te tiemble la voz. Son, en definitiva, todo lo que una conversación real nunca es.

La buena noticia es que en esas conversaciones siempre tienes razón. La mala, que no cuenta.


jueves, 21 de mayo de 2026

El vértigo

Hace unos días, semanas ya, alguien con quien hablo casi a diario perdió a la persona que más quería. A su madre.

Me quedé muda.

Busqué palabras y no encontré ninguna que estuviera a la altura. Así que le dije las únicas que tenía: que lo sentía, que pensaba en ella, que no me imaginaba el dolor.

Mentira. Sí me lo imaginaba. Y por eso me dio vértigo. Me coloqué en ese lugar un momento. Solo un momento. Y tuve que salir.

Esos mismos días, en la televisión, una hija despedía a su madre entre lágrimas. Y dijo algo que se me quedó clavado: que cuando pierdes al último de tus padres, pierdes también un sitio al que volver.

Me quedé en esa frase mucho tiempo. Y todavía no he encontrado otra mejor.

Porque hay pérdidas que sabes que van a llegar y aun así no estás preparada. Porque hay personas que han estado ahí toda tu vida y no concibes un mundo sin ellas. Porque en algún momento del día, sin que nadie te avise, el mundo de alguien que quieres se parte en dos.

Hay dolores en los que no soy capaz de quedarme. No porque no quiera acompañar, sino porque me duele demasiado imaginarlos. 

La empatía, a veces, tiene un límite que es puro miedo.

martes, 19 de mayo de 2026

Lo que aprendí cuando todo salió mal


Hay momentos en la vida que no pides, no buscas y desde luego no deseas. Momentos en los que el suelo desaparece bajo tus pies y de repente te encuentras cayendo sin saber dónde está el fondo.

Yo viví uno de esos momentos.

No voy a contar los detalles, porque los detalles no importan. Lo que importa es lo que pasa dentro de ti cuando todo lo que creías sólido se rompe. Cuando la persona que pensabas que eras ya no reconoces en el espejo. Cuando el futuro que habías imaginado se convierte en humo.

Durante un tiempo, solo quería que pasara. Que alguien me dijera cuándo volvería a ser normal. Esperaba recuperar la vida de antes como si fuera un objeto perdido que tarde o temprano aparece.

Pero no volvió.

Y ahí estaba la lección más dura, y también la más honesta: no se trata de volver. Se trata de continuar siendo alguien distinto, en una vida que ya no es la misma, y encontrar en eso algo que valga la pena.

Aprendí que la fragilidad no es un defecto. Es la prueba de que algo te importaba de verdad.

Aprendí que pedir ayuda no te hace pequeño. Te hace humano, que es lo único que cualquiera de nosotros puede ser.

Aprendí que las personas que se quedan cuando estás roto son las que de verdad merecen estar cuando estás entero.

Y aprendí, sobre todo, que el dolor no viene a destruirte. Viene a mostrarte de qué estás hecho.

No te voy a decir que todo pasa por algo. No lo sé. Pero sí sé que de todo se puede sacar algo: una verdad, una mirada nueva, una versión de ti mismo que no hubiera nacido sin ese golpe.

Si ahora mismo estás en medio de tu propia crisis, no te pido que veas la luz al final del túnel. Solo te pido que sigas caminando. Aunque sea despacio. Aunque no sepas hacia dónde.

El camino aparece cuando sigues moviéndote.

domingo, 17 de mayo de 2026

Sin subtítulos

Hace un tiempo Noah Higón escribió sobre una frase de Aitana Sánchez-Gijón. Algo sobre quiénes somos para juzgar vidas que no hemos habitado, cuerpos que no duelen en nuestra piel. Sobre tener que defender el dolor ante quien nunca lo ha sentido.

Me quedé con eso.

Yo, igual que Noah, tengo días de chándal y días de labio rojo. Días en que el cuerpo pesa y días en que casi lo olvido. Y durante mucho tiempo sentí que tenía que explicarlo, justificarlo, traducirlo a algo que los demás pudieran entender. Como si mi versión de estar bien no fuera suficiente sin un argumento detrás. Como si tuviera que pedir perdón por no encajar, por no rendir, por no fingir.

No soy como el resto. O no como el resto espera. Hay cosas que no se ven y que aun así ocupan mucho sitio. Hay un cansancio que no se cura durmiendo y una normalidad que no me queda a medida. Y no todo el mundo lo sabe acompañar. Algunos lo intentan. Otros esperan que desaparezca. Otros directamente no lo ven.

Aprendí a distinguirlos.

Nadie debería tener que defender su dolor, su descanso, su forma de estar en el mundo. Mi cansancio y mi silencio no necesitan subtítulos. Y mi dolor tampoco. Y mis días buenos no le deben nada a nadie.

viernes, 15 de mayo de 2026

Acceso ilimitado

 "Los amigos de verdad están en las buenas y en las malas." Lo hemos oído tantas veces que ya no lo cuestionamos. Y hay verdad en ello, no lo niego.

Pero también sé que esa frase se puede convertir en un arma. En una forma de culparte cuando necesitas distancia. En una manera de exigirte que estés disponible siempre, para todo, sin límites, sin coste.

Y no. No toda amistad merece acceso ilimitado a tu energía. Algunas personas agotan, y reconocerlo no te hace mal amigo. Te hace honesto.

Yo no puse solo un freno. Levanté una muralla. No por capricho, sino porque aprendí a golpes que sin ella no quedaba nada de mí para nadie. Ni para los demás ni para mí misma.

Y sé que hay quien lo llamará traición, o exageración, o frialdad. Que le den. La muralla no es para aislarme. Es para decidir yo quién entra.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Un duelo sin muerto

He transitado un duelo en el que no hay muerto.

Al principio no podía creer lo que estaba pasando. Cuando alguien desaparece de repente, sin aviso, el primer instinto es no creerlo. Buscar una explicación. Pensar que hay un error.

Después vinieron semanas viviendo en la ira. Borrando mensajes, borrando recuerdos, borrando rastros de algo que creía sólido.

Sin negociación. Sin depresión. Un día me di cuenta de que ya no dolía igual. De que seguía adelante y el peso era menor. Así llega a veces la aceptación: sin que nadie te avise, sin un momento concreto. Solo un día ya no es tan grande.

Me he despedido de una persona que fue importante y ahora no es nada.

No se ha muerto. Pero es como si.


(Emma Rodríguez Puente, allá donde esté, descanse en paz)

martes, 12 de mayo de 2026

Inventario

Me gusta la carne poco hecha, los curasanes de mantequilla y el café templado.

Me gusta la Coca-Cola light, las patatas fritas, la regaliz roja, el chocolate Nestlé y el turrón Suchard.

Me gusta mirar al mar, las plantas, el dulce de leche, los días de frío y sol y hacerle fotos al cielo.

No me gustas tú.

sábado, 9 de mayo de 2026

Lección de botánica

Los expertos en botánica dicen que a las plantas hay que cortarles las hojas muertas.

No por estética, si no porque la planta insiste en enviarles energía como si aún hubiera algo que salvar. Y mientras lo hace, deja de cuidar lo que sí sigue vivo.

Durante un tiempo parece que no pasa nada. La planta aguanta. Resiste. Hasta que empieza a notarse. Las hojas sanas pierden fuerza. Los brotes se frenan. Algo se apaga sin hacer ruido. Y entonces ya no es la hoja muerta el problema.

Es todo lo demás.

Con nosotras pasa igual:
Nos quedamos más tiempo del que deberíamos intentando salvar lo que ya no responde, convenciéndonos de que aún queda algo; de que con un poco más de paciencia, de cuidado, de esfuerzo…

Pero no.
Hay cosas que no vuelven.

Y mientras las sostienes, lo que sí estaba vivo en ti empieza a marchitarse.

No de golpe.
Pero lo suficiente.

jueves, 7 de mayo de 2026

Ya era hora

Y un día te cansas. Sin aviso, sin drama, sin un motivo concreto que puedas señalar. Te cansas de sostenerlo todo, de ser el suelo firme sobre el que los demás caminan sin mirar dónde pisan.

Te cansas de ser la fuerte. De que den por hecho que puedes, que aguantas, que siempre estarás ahí. De que nadie pregunte cómo estás porque total, tú siempre estás bien.

Y entonces llega la pregunta. Silenciosa, incómoda, inevitable. ¿Quién me sostiene a mí?

Y en ese preciso momento, cuando ya no te queda energía para nadie más, cuando el cansancio te ha vaciado de todo lo que no eras tú, ahí, justo ahí, empiezas a elegirte. No porque seas egoísta. Sino porque ya era hora.

martes, 5 de mayo de 2026

Un regalo y una historia



Cuando cumplí cincuenta años, alguien que creía que me quería mucho me regaló un colgante y una historia: la leyenda de los Ahoras.

Hablaba de un pájaro diminuto que vivía en el presente. Decía que, cuando las personas estaban de verdad en un momento, en uno de esos instantes cotidianos y mágicos, el pájaro se acercaba, picoteaba suavemente la cabeza y cantaba. Entonces llegaba un Momento de Consciencia.

Guardé el colgante.
Guardé también la historia.
Y cada vez que lo usé estuve atenta al canto del pájaro.

Lo curioso es que quien me enseñó a prestar atención al Ahora se convirtió, con el tiempo, en un Antes.
De esos que pesan.

Pero aquel pájaro sigue aquí.
Sigue volando conmigo.
Aprendí a reconocer su canto sin tener que buscarlo. Sin usarlo.

Los Ahoras continúan.

El Antes
ya pasó.

domingo, 3 de mayo de 2026

Propósito

Leyendo ¡Mártir! de Kaveh Akbar me he encontrado con esto:

"Una vez, cuando yo era niño, nuestro maestro nos contó el hadiz del hombre hambriento. El hombre se estaba muriendo en medio del desierto, y entonces se puso de rodillas y le rogó a Dios: «Por favor, ayúdame, estoy hambriento, medio muerto y demasiado cansado para seguir buscando agua. No quiero sufrir más. Por favor, Dios Todopoderoso, ten piedad y pon fin a este tormento». En su infinita sabiduría, Dios le envió un bebé, un niño al que tenía que cuidar. De pronto el hombre tenía un propósito, una razón para seguir viviendo."

Cuando lo leí, durante unos segundos, me pareció casi cruel. El hombre pedía alivio y Dios le mandaba más responsabilidad.

Pero luego lo pensé mejor.

Porque yo lo he vivido. No en un desierto, pero sí en algunos de mis momentos más oscuros. Y lo que me mantuvo en pie, lo que me hizo seguir buscando agua aunque estuviera agotada, fueron ellas. Mis hijas.

No como obligación. Como propósito. Como fuerza. Ellas son las razones por las que me levanto cuando no quiero levantarme, por las que sigo cuando me quedo sin ganas, por las que me hago fuerte cuando sola no podría.

Si algún día leen esto, quiero que sepan que sin ellas ya me habría rendido.

A veces la vida no te da lo que pides. Te da lo que necesitas para no parar.

viernes, 1 de mayo de 2026

Silencio

Leo en silencio. 
Escucho música en silencio. 

Guardo silencio para sanarme, para oírme, para volver.
El silencio me calma, me acuna. 

Me escucho más alto cuando guardo silencio.

jueves, 30 de abril de 2026

Algo universal

Todos y todas tenemos un amor platónico, ese que empezó en la adolescencia cuando aún no sabíamos nada, pero creíamos que sí, cuando lo sentíamos todo con una intensidad aplastante

Fue un amor que nunca supo que lo era. Ni una señal, ni una pista, ni una confesión torpe a destiempo. Nada. Tú ahí, existiendo. Yo aquí, interpretando miradas, elevando a acontecimiento histórico cualquier aburrido cruce de palabras, cosas que no significaban nada pero eran el prólogo de las historias que me montaba en mi cabeza y que siempre acababan contigo viniendo a salvarme. Por que necesitaba ser salvada.

La vida siguió, claro. Y tú te quedaste ahí, en un cajón en la estantería de mi cabeza, entre lo que no fue y lo que nunca hizo falta que fuera. A veces apareces en el presente, muy discretamente: En una frase o una canción que me recuerda a ti. En alguien que dice tu nombre.

Ese amor fue importante, como todos los amores platónicos. Mucho. Aunque no pasara nada. Precisamente porque no pasó nada.

miércoles, 29 de abril de 2026

Puente

Hay puentes que te llevan a otra orilla. Puentes que acortan distancias, que comunican, que te ayudan a llegar a sitios a los que sola no habrías llegado. Puentes que merece la pena cruzar.

Y hay otros puentes. Los puentes en los que te pierdes, que no llevan a ningún lado. Los que se sostienen solos en medio de la nada, sin orilla de destino. Puentes que, sin que te des cuenta, te van alejando de todo lo demás.

Estos últimos puentes hay que quemarlos.

lunes, 27 de abril de 2026

Autobiografía II

“No sé qué hice”.
“No voy a inventar una culpa”.
“Me disculpo por si alguna vez…”.
“Querer no es insistir”.
“Respeto tu decisión”.
“Yo aquí estaré siempre”.

Manual básico de coaching (trans)emocional mal digerido.

Mucho yo siento.
Mucho yo respeto.
Cero yo reviso.
Cero yo cambio.

Emocionalmente consciente, con respeto y madurez.

Pero intocable.


(Para Emma Rodríguez Puente, descansa en paz)

domingo, 26 de abril de 2026

Melodía eliminada. Hay contactos que tuvieron su canción durante años.

Desde que tuve mi primer móvil siempre he puesto melodías personalizadas a las personas que más quiero. Una canción para cada una. Una forma de saber, antes de mirar la pantalla, quién está al otro lado.

Al principio eran politonos de 60 céntimos. Después llegaron las descargas, buscar la canción, cortarla, pasarla al móvil. Ahora es cuestión de segundos.

El método cambió. La costumbre, no.

Tengo varias canciones de Taylor Swift según si mi hija me escribe por WhatsApp, por Telegram o me llama.

Hay contactos que tuvieron su canción durante años. Una melodía que aprendiste a reconocer sin pensar, que te ponía de buen humor antes de descolgar.

Y hay canciones que ya no volverán a sonar. Las eliminé con el contacto.

viernes, 24 de abril de 2026

Rencorosa

Podría decir que sé perdonar. Sería más cómodo. Más bonito. Mejor visto.

Pero no es verdad.

Hay cosas que no perdono. No porque no haya intentado, sino porque hay roturas que no se arreglan con el tiempo ni con las palabras correctas ni con la mejor de las intenciones. Hay daños que se quedan. Que cambian la forma de las cosas para siempre.

No sé si eso me hace peor persona. No sé si es orgullo, o rencor, o simplemente honestidad.

Me da igual. Aprendí hace tiempo que no todo se recompone. Y que fingir que sí tampoco arregla nada.

miércoles, 22 de abril de 2026

El plato

Nos educaron con el plato lleno como obligación. En esta casa no se tira comida. Termina todo. Piensa en los niños que no tienen nada. Y nosotras, obedientes, aprendimos a ignorar la señal que dice ya es suficiente y a seguir comiendo aunque el cuerpo llevara rato pidiendo parar.

Crecimos así. Y muchas seguimos así. Terminando el plato por inercia, por culpa, por no desperdiciar, por no hacer un feo. Sin preguntarnos si todavía tenemos hambre. Sin escuchar lo que nos pide el cuerpo porque nos enseñaron que eso no importaba tanto como no dejar nada.

Y qué fácil es aplicar eso a otras cosas.

A relaciones que seguimos sosteniendo aunque hace rato que dejaron de alimentarnos. A amistades que apuramos hasta el fondo porque invertimos mucho y no queremos que se desperdicie. A conversaciones que terminamos aunque ya no nos nutren, por no dejar nada en el plato, por no parecer desagradecidas, por no hacer un feo.

Nos quedamos en sitios donde ya no nos sacian porque nos enseñaron que irse antes de terminar es un error. Que hay que agotar todo. Que parar es desperdiciar.

Pero parar cuando estás llena no es desperdiciar. Es escucharte. Es reconocer que ya tienes suficiente. Es aprender, por fin, lo que nadie nos enseñó.

Que saber cuándo parar también es una forma de no traicionarse.

lunes, 20 de abril de 2026

Vete a la ***

No he perdido a una amiga. He perdido la ilusión de una amiga que nunca existió del todo.

Alguien inestable, evasiva, ambigua, intermitente. Alguien que aparecía y desaparecía según le convenía, que estaba cuando necesitaba algo y se difuminaba cuando era yo quien necesitaba. Alguien que no podía sostenerse a sí misma y aun así esperaba que yo cargara con el peso de las dos.

Eso no es una pérdida. Es un diagnóstico tardío.

No se pierde lo que nunca fue de uno. Y quien no puede sostenerse a sí mismo, mucho menos puede sostener un nosotros.

domingo, 19 de abril de 2026

Últimas veces

Las flores cortadas duran frescas unos días en agua. Luego empiezan a perder pétalos, despacio, casi sin ruido.

El tiempo funciona igual. Va quitando cosas sin avisar. Y personas. Una mañana tus hijos dejan de pedir que les ates los zapatos. Otra, que les cortes la comida. Otra, que les leas en voz alta antes de dormir. Te quedas con las manos preparadas para algo que ya no necesitan. Y así, sin que te des cuenta, van necesitando menos de ti.

Hace unos días mi hija pequeña me dijo que iba sola al cole y volvía sola. Sin drama. Como quien dice cualquier cosa.

Y me oí perder un pétalo.

viernes, 17 de abril de 2026

El maldito hilo rojo

 


Dice la leyenda que cada persona nace con un hilo rojo atado al dedo meñique. Un hilo invisible que la conecta con todas las personas con las que está destinada a cruzarse, a querer, a compartir algo importante. El hilo puede enredarse, estirarse, tensarse hasta casi romperse. Pero nunca se corta. Así, dice la leyenda, funcionan los lazos del destino.

Es una historia preciosa. Y durante mucho tiempo me la creí.

Pero nadie habla de los otros hilos rojos. Los que no vienen del destino sino del hábito, del miedo, de la necesidad de no estar sola. Los que también son rojos, también parecen importantes, también se sienten como algo que merece la pena conservar. Y sin embargo se van enredando alrededor de ti sin que te des cuenta, poco a poco, hasta que un día intentas moverte y no puedes.

Hilos rojos que atan sin conectar. Que ahogan sin sostener. Que llevas tanto tiempo cargando que ya los confundes con parte de ti misma.

Y hay hilos que no se pueden desenredar. Que solo se pueden cortar.

No es una traición al destino. Es aprender a distinguir lo que te une de lo que te ata. Es supervivencia.

miércoles, 15 de abril de 2026

Al final

Llegará un día en que mi mundo se venga abajo y no te enterarás. Y también llegará un día en que para ti sea difícil seguir, y yo no lo sabré.

Después de todo.

Y ya no importará.

lunes, 13 de abril de 2026

A pulso

Ahora estoy tranquila. Y sé que a algunos les descoloca. Esperaban otra cosa, supongo. El drama, las lágrimas, la versión rota. Y en cambio me ven así, entera, y no saben qué hacer con eso.

Lo que no saben es lo que ya pasó. Todo aquello que creí que no iba a poder soportar, ya ocurrió. Lo viví. Lo atravesé. Hubo noches en que pensé que no, que esta vez sí me rompía del todo. Pero no.

Y en lugar de destruirme, cada una de esas cosas me fue diciendo quién soy. Qué aguanto. Qué no estoy dispuesta a aguantar más. Dónde están mis límites y por qué los pongo donde los pongo.

La tranquilidad que ves no es indiferencia. No es que no me importe. Es que ya pagué ese precio. Ya lo sufrí. Ya lo lloré.

Ahora estoy tranquila porque me gané esta paz. A pulso.

domingo, 12 de abril de 2026

Que la vida me libre

 Que la vida me libre de todo mal.

De la enfermedad y del dolor. Del olvido, que llega sin pedir permiso y se lleva lo que más quieres. De despertar un día sin saber dónde estás ni quién tienes delante.

De la gente que finge ser buena. De la que finge ser amiga. De la desleal, que sonríe mientras te da la espalda.

De los tibios. De los que nunca están del todo, que no toman partido, que siempre tienen una excusa para no mojarse.

De rendirse a los miedos. De dejar que ocupen más espacio del que merecen, que paralicen, que convenzan de que no se puede.

De la soledad que se instala cuando no hay nadie. La que pesa, la que duele.

Del aburrimiento. De los días sin textura, sin asombro, sin nada que merezca ser contado.

De la ceguera. De la que no te deja ver lo que tienes delante. Y de la que elige no ver, que es peor.

Que me libre de olvidar que solo hay una. De perder de vista que el tiempo no vuelve. De conformarme con menos de lo que merezco. De apagarme despacio sin darme cuenta.

viernes, 10 de abril de 2026

Equilibrio

La amistad no es estar siempre. No es disponibilidad permanente ni sacrificio constante. No es eso.

Es equilibrio. Es saber que si hoy cargo yo, mañana cargas tú. Que si hoy necesito que estés, estarás. No porque te lo deba, sino porque así funciona esto cuando es de verdad.

La reciprocidad no es llevar la cuenta. No es apuntar en un cuaderno quién llamó más veces o quién estuvo en el peor momento. Es algo más sutil y más difícil de explicar. Es una sensación. La de que el peso se reparte. La de que no siempre sales de cada encuentro más vacía de lo que llegaste.

Cuando eso no existe, cuando siempre eres tú la que da y la otra la que recibe sin ni siquiera darse cuenta, algo se rompe. Despacio, sin ruido, pero se rompe.

Y lo más duro no es reconocerlo. Lo más duro es aceptar que una relación que duró tanto, que ocupó tanto espacio, que creíste que era sólida, estaba construida sobre un desequilibrio que tú sostenías sola.

Que la solidez era tuya. No de las dos.

Eso es lo que cuesta perdonarse. No haberlo visto antes. O haberlo visto y mirado hacia otro lado porque querías que fuera de otra manera.

miércoles, 8 de abril de 2026

5 Gigas.

Ocupabas mucho: horas de mi tiempo y 5 gigas de memoria en el teléfono.

Conversaciones guardadas por si acaso. Fotos y vídeos que ya no veia pero que tampoco borraba. Audios que en su momento escuché tres veces seguidas y que ahora ni recuerdo de qué iban.

Un día lo borré todo. No fue un gesto dramático. Fue más parecido a vaciar el bolso y encontrar cosas que llevabas meses cargando sin saber por qué.

El teléfono fue más rápido una vez eliminado lo que sobraba. Yo, más libre.

martes, 7 de abril de 2026

Raíces falsas

Me he pasado años regando una planta de plástico.

La he cuidado, la he regado cada vez que tenía la tierra seca, he limpiado sus hojas y la he mantenido a salvo de plagas. Le he dado luz, le he dado tiempo, le he dado atención.

Pero la planta era de plástico y yo esperaba que floreciera.

Eso no es un error de la planta. El plástico no florece, no puede, no es su naturaleza. El error fue mío, que seguí regando cuando ya había señales de que algo no cuadraba. Que confundí la apariencia con la vida. Que quise tanto que fuera real que dejé de ver lo que era.

Y lo más agotador no fue el cuidado. Fue la espera. Esperar brotes que no llegaban, cambios que no se producían, señales de vida en algo que nunca las tuvo.

Y no estoy hablando de plantas.

sábado, 4 de abril de 2026

Flor de loto

Cuando era pequeña siempre me ponía mala. Recuerdo pasar toda cuanta enfermedad infantil existía, una detrás de otra. Mi madre me decía que era una flor de loto. 

Con el tiempo he sabido que tenía razón.

El loto crece en el barro. No a pesar de él, sino gracias a él. Sus raíces se anclan en el sedimento más denso y oscuro del fondo, en la descomposición, en lo que otros descartarían. Necesita esa presión, esa oscuridad, esa densidad para sujetarse. Sin barro no hay raíz. Sin raíz no hay flor.

Y luego emerge. Limpio, intacto, sin rastro del lodo del que viene. Como si nada.

He pensado mucho en eso últimamente.

En todo lo que se ha ido descomponiendo a mi alrededor estos años. Las pérdidas, las decepciones, los vínculos que no eran lo que creía, las versiones de mí misma que tuve que soltar para poder seguir. Todo ese barro que en su momento pesaba y oscurecía y del que no veía la salida. Todo aquello que viví convencida de que me estaba hundiendo.

Pero resulta que era el sustrato. Que sin todo eso no habría donde afianzarse. Que la presión, la oscuridad, la densidad, no eran el problema. Eran la condición. Eran exactamente lo que necesitaba para echar raíces de verdad, de las que no se van con el primer temporal.

He tardado en entenderlo. Y hay días en que todavía cuesta creerlo.

Pero sé que tengo raíces. Sé lo que costaron. Y sé que ninguna flor que valga la pena crece en tierra fácil.

jueves, 2 de abril de 2026

Agonía lenta

No lo nombres. No lo busques. No le escribas a las tres de la mañana para ver si sigue ahí. Déjalo ir despacio, que es la única manera de que no vuelva.

Los finales bruscos engañan. Te hacen creer que ya pasó y luego vuelve de golpe, en una canción, en un olor, en una palabra suya que de repente recuerdas. Lo abrupto no cierra, solo interrumpe.

Pero lo que muere poco a poco, lo que se va gastando en silencio, eso no revive tan fácil. Siéntelo. Llóralo. Dale el espacio que merece, porque existió y fue real. Pero no le des más de lo que se merece. No le des para siempre.

Hay una diferencia entre honrar lo que fue y quedarse a vivir entre sus ruinas. Una es un gesto de dignidad. La otra es una condena que te pones tú mismo.

Que muera. Despacio, si hace falta. Pero que muera.

miércoles, 1 de abril de 2026

Instinto

Las mariposas no vuelan cuando llueve. No es pereza ni miedo. Es que las gotas de lluvia pueden dañarles las alas de forma irreversible. Lo saben. Se apartan. Esperan.

Nadie les enseñó a hacerlo. No lo decidieron. Es instinto puro: reconocer cuándo el momento no es el adecuado y quedarse quietas hasta que pase.

Eso es supervivencia.

Y no solo hablo de mariposas.

lunes, 30 de marzo de 2026

Ya no ocurrirá nada

Hay personas con las que me imaginé envejeciendo y con las que hoy sé que no voy a envejecer.

Una de ellas fue mi compañera de camino durante treinta y cinco años.

Hoy sé que ya nunca fumaremos a medias un chisme, compartiendo el silencio como se comparten las cosas que no hacen falta explicar. Ya nunca más escucharemos música mientras nos bañamos en su piscina.

Hoy sé que no pasaré las tardes de mi vejez jugando al tute. Al menos, no con esa que era familia.

Hoy sé que tampoco pasaré la vejez en un pueblo coruñés. Al menos, no en ese pueblo coruñés.

No tomaremos cervezas sentadas al sol en su jardín. Ella sí, claro. Pero yo ya no tomaré estrellas al sol en su jardín.

Lo que más duele casi nunca es el pasado (que fue bonito, y también tuvo, evidentemente, sus grietas), sino el futuro. Todo lo que iba a ser y no será. Duele desprenderse del futuro porque, en nuestra cabeza, siempre fue bonito.

Y aceptar eso no es traición al pasado. Es una forma de honrarlo sin quedarme a vivir en él.

domingo, 29 de marzo de 2026

El lugar real

Una de las cosas más difíciles que he aprendido es a reconocer el lugar que ocupo en la vida de los demás. No el que me gustaría ocupar, no el que creo merecer. El real.

Y luego aceptarlo sin reclamar, sin forzar, sin intentar ocupar más espacio del que me dan.

No es fácil. Requiere una honestidad que a veces duele. Porque a veces el lugar es pequeño, o incómodo, o directamente no existe. Y reconocerlo implica tomar decisiones que no siempre queremos tomar.

Pero hay algo que descansa en esa aceptación. Dejar de luchar por un sitio en el que no te esperan. Quedarte solo donde te reciben de verdad. Donde no tienes que justificar tu presencia ni reducirte para caber.

Reconocer no es rendirse. Es ver con claridad. Y ver con claridad, aunque cueste, siempre es mejor que seguir mirando lo que quieres ver.

sábado, 28 de marzo de 2026

Indiferencia

Hasta hace unos meses te consideraba esencial. De esas personas sin las que no imaginas según qué cosas, según qué días. De las que ocupan un sitio que parece inamovible.

Y luego algo cambia. No siempre hay un momento concreto. A veces es un proceso tan lento que no lo ves hasta que ya ha terminado.

Me di cuenta de que algo había cambiado cuando noté que ya no me interesaba que te fuera bien. Que si algo te dolía o te salía mal, me daba igual. No sentía alivio ni culpa por sentirlo. Solo indiferencia. Y la indiferencia, cuando antes hubo tanto, es la señal más clara de que ya no queda nada.

Ya no me importas.

Y me he dado cuenta de hasta qué punto cuando noté que me alegraba. No de tu dolor, sino de mi distancia. De haber llegado a un lugar donde lo que te pase ya no me roza.

Eso no lo construye el odio. Lo construye el tiempo y la decepción, trabajando juntos, en silencio, hasta que un día ya no hay nada que sostener.


(Para Emma Rodríguez Puente, allá donde esté)

viernes, 27 de marzo de 2026

Formatear

Una vez que eliminas el contacto, borras las fotos, las etiquetas y los comentarios, bloqueas en todos los sitios posibles... ya solo queda lo más difícil:

Bloquear recuerdos, eliminar remordimientos, desinstalarte de mis pensamientos.

jueves, 26 de marzo de 2026

Suficiente

 Soy ABURRIDA

para quienes necesitan el caos para sentir que algo es real.

Soy CALLADA

para quienes confunden el silencio con no tener nada que decir.

Soy RARA

para quienes esperaban que me pareciera más a ellos.

Soy FRÍA

para quienes confunden la distancia con no sentir.

Soy DIFÍCIL

para quienes querían una versión mía más cómoda, más callada, más fácil de ignorar.

Soy EXAGERADA

para quienes nunca aprendieron a tomarse en serio lo que sienten.

Soy INTENSA

para quienes viven a media potencia y les incomoda quien no lo hace.

Soy LO PEOR

para quienes necesitan un villano y yo era la candidata más cómoda.

Soy DESLEAL

para quienes llaman traición a ponerse límites.

Soy COMPLICADA

para quienes confunden la profundidad con un problema.

Soy RENCOROSA

para quienes esperaban que perdonara sin que nada cambiara.

Soy EGOÍSTA

para quienes esperaban que me olvidara de mí.

Soy DEMASIADO

para quienes no dan suficiente.

Soy ORGULLOSA

para quienes esperaban que volviera con el rabo entre las piernas.

Pero para quien me merece,

soy exactamente suficiente.

miércoles, 25 de marzo de 2026

La luz que quema

El amarillo era, para Vincent van Gogh, un milagro. El color de los girasoles, de la luz, del trigo y del sol que no se apaga.
El color con el que pintaba esperanza incluso cuando no la sentía.


Pero ese mismo amarillo que lo sostenía también lo dañaba.
El cromato de plomo —el pigmento brillante que tanto amaba— le provocaba visión borrosa.
Le alteraba el cuerpo, le confundía la mente, le hacía ver el mundo más amarillo de lo que era.
La luz que buscaba era, al mismo tiempo, la que lo enfermaba.


A veces lo que nos salva también nos desgasta.
Nos aferramos a lo que brilla, aunque nos queme.

Yo tenía una pintura amarilla.
Pero ya no.

martes, 24 de marzo de 2026

Tu cuento

Quizás tu cuento es que me enfadé y no quise hablarlo.
Qué versión tan ordenada.
Qué manera tan limpia de no tener que preguntarte nada.


Pero hay que haber perdido mucho para llegar a este silencio.
Este no es el silencio del enfado.
El enfado hace ruido, da portazos, espera que le pregunten.
Este es otro silencio.
El de quien hizo las cuentas demasiadas veces
y siempre le salieron mal los números.


No me negué a hablarlo.
Se me acabó la fe en que hablar fuera a cambiar algo.
Y eso es diferente.
Eso es mucho peor, y mucho más honesto.


Treinta y cinco años no se dan por perdidos de golpe.
Se van gastando.
En los silencios que nadie llenó,
en las veces que esperé algo que no llegó,
en los momentos en que estuve
y fue como si no estuviera.


Nadie lo declara.
No hay un día concreto.
Solo un cansancio que se va acumulando
hasta que un día ya no quedan fuerzas
ni para recuperar
lo que ya no reconoces.


No me enfadé y me fui.
Me fui porque ya no quedaba casi nada a lo que volver.
Y eso no cabe en tu cuento, lo sé.
Pero es lo que pasó.

lunes, 23 de marzo de 2026

No estoy enfadada.

No estoy enfadada.

La rabia es fácil.
La rabia tiene adónde ir,
ocupa el cuerpo,
sale por algún sitio.

Yo estoy decepcionada,
que es más silencioso
y más hondo
y no tiene salida fácil.

Estoy desilusionada,
que significa que la ilusión existió,
que me la creí,
que durante un tiempo
fue real para mí
aunque no lo fuera.

He dado por perdidos años.
No los llora la rabia.
Los llora otra cosa
que no tiene un nombre tan claro
pero pesa más.

Creí que era un ancla.
Resultó ser lastre.

Las dos cosas sujetan,
las dos cosas hunden.
La diferencia es
a qué te atan.
Y yo confundí las dos.

No estoy enfadada.
Estoy en ese lugar
donde ya no queda
ni siquiera eso.

domingo, 22 de marzo de 2026

Estoy educando

Quizás subestimaste mi capacidad de poner límites. No serías el primer caso. Pero llevo toda la vida educando, y no solo a mis hijas. También me he educado a mí misma. En saber cuándo algo ya no es bueno. En reconocer cuándo el peso que cargo no es mío. En entender que quedarse también es una elección, y que esa elección tiene consecuencias.

No puedo permitir que mis hijas me vean atrapada. No porque me importe la imagen, sino porque les estaría enseñando que eso es lo normal. Que una relación puede ser tan desigual, que todo el esfuerzo puede ir en una sola dirección, que la reciprocidad es un lujo y no una condición mínima. Y yo no quiero enseñarles eso. No después de todo lo que hemos trabajado juntas.

Recuerda lo bien educadas que están. Tú misma lo dijiste, muchas veces. Pues bien, parte de eso viene de haberles mostrado que una se respeta. Que una no se queda donde no la tratan bien. Que el amor (de cualquier tipos), cuando es real, no agota.

Esto también es educación. Quizás la más importante que les he dado.

viernes, 20 de marzo de 2026

Me escribo

Me escribo.
Para no olvidarme. Para no volver a dejarme.

Me escribo porque hubo años en que me fui
sin hacer las maletas,
sin despedirme,
sin dejar nota.

Me escribo porque la memoria miente
y el dolor se disfraza,
y yo necesito pruebas.

Me escribo para poder volver
cuando vuelva a perderme,
abrir la página
y reconocerme.

Me escribo porque nadie más
va a contarle a nadie
exactamente cómo fue esto.

Me escribo como se deja una luz encendida
para el que llega tarde a casa
y no quiere entrar a oscuras.

Me escribo.
Para saber que estuve aquí.
Para saber que sigo.

miércoles, 18 de marzo de 2026

(Casi) Todo vuelve

Vuelven las hombreras, los pantalones de campana, las bandanas al cuello y las gafas redondas.

Vuelven las cámaras de carrete y la música en vinilo.
Los colores neón, los scrunchies, las plataformas imposibles.
Los vaqueros rotos, los aros enormes, los colgantes con iniciales.

Vuelven incluso las cosas que juraste no repetir.
Las modas.
Los gestos.
Las frases que creías enterradas.

Vuelve todo.
Pero yo ya no.

lunes, 16 de marzo de 2026

Arrastrar maletas

Cuando viajas en avión y facturas el equipaje, si llevas exceso de peso pagas un precio.

En la vida pasa lo mismo: también pagas por cargar de más.

En este caso, sin embargo, el precio no está estipulado.

Y aquí no se pierden las maletas.

domingo, 15 de marzo de 2026

Ausencia consciente

Mi mejor venganza no es pelear.
No es discutir.
No es entrar en guerra.
Es irme.
Es el silencio.
La indiferencia.
La ausencia.
Dejar de reaccionar.

No es frialdad. Es sanación.
Es recuperar mi paz.
Es mi sistema nervioso volviendo a casa.

Y lo que más te duele es eso:
que retiré mi atención,
que di por terminado el juego.

sábado, 14 de marzo de 2026

De la noche a la mañana

No siempre cambiamos despacio.

Hay cambios que no avisan.

Un día abres los ojos y lo sabes: hasta aquí has llegado.

Y ya no vuelves.


viernes, 13 de marzo de 2026

Las fechas

Me voy a acordar de todas las fechas.

Del día de tu cumpleaños. De otros cumpleaños. De esa fecha de diciembre que quieres olvidar.

Las tengo guardadas en algún lugar del cuerpo, no en el calendario. Y van a llegar, una a una, como siempre llegan las cosas que no puedes controlar.

Y cuando lleguen, voy a hacer algo que nunca pensé que necesitaría aprender: no voy a escribirte.

No porque no quiera. Sino precisamente porque quiero.

Porque hay un tipo de fuerza que no se parece en nada a la fuerza. No levanta peso ni aguanta golpes. Es la fuerza de dejar el teléfono sobre la mesa. De escribir el mensaje y borrarlo. De desear que te vaya bien sin decírtelo.

Es contención. Y la contención duele de una manera silenciosa, sin testigos, sin mérito visible.

Nadie va a saber que ese día pensé en ti. Que busqué las palabras exactas. Que casi. Que estuve a punto.

Pero no.

Porque a veces querer a alguien significa respetar la distancia que se ha abierto entre las dos, aunque no fueras tú quien la eligió. Aunque todavía no entiendas del todo cómo llegasteis hasta aquí.

Las amistades que se rompen no hacen ruido como las otras pérdidas. No hay protocolo, no hay duelo reconocido, no hay nadie que te pregunte cómo estás por eso. Y sin embargo el hueco es real. Ocupa espacio. Tiene fechas.

Este año voy a dejar pasar esas fechas en silencio.

No como rendición. Como respeto. Hacia lo que fue, hacia lo que ya no es, y hacia mí.

Propio

Hay personas que se quedan contigo solo hasta que dejan de necesitarte. Llegan rotas, te usan como refugio mientras sanan, mientras tú entregas tiempo, paciencia y un amor verdadero. Y cuando recuperan fuerzas y seguridad, se marchan sin mirar atrás.  

Jamás se detienen a mirar tus heridas, tus propios rotos, ni a preguntarse si aún te queda fuerza para sostenerte.

Por eso conviene aprender a reconocer estas dinámicas a tiempo: no todo el que llega herido viene a cuidarte después, y no toda entrega merece que te quedes sin ti. Guardar tus límites también es una forma de amor.

jueves, 12 de marzo de 2026

Mi límite

Cuando tú te cierras, yo debo ser paciente.

Cuando vuelves, debo estar disponible.

Si soy yo quien cambia, resulta incómodo.

Tus silencios valen, pero los míos se interpretan como distancia.

Tus vaivenes se consideran humanidad; los míos, inestabilidad.

Llega un momento en el que uno tiene que parar.
Me bajo de esta lancha.
Llévate tu caos, pero no vengas a alterar el mío.

No soy el punto medio de nadie.

Y esta vez no voy a mirar atrás.