jueves, 17 de septiembre de 2026

Incondicional

Se nos ha vendido que el amor verdadero es incondicional. Que la amistad de verdad no tiene límites. Que si pones condiciones, es que no quieres de verdad.

Es mentira.

Todo necesita condiciones para sobrevivir. El fuego necesita oxígeno. Las plantas necesitan luz. Las personas necesitan ser tratadas con respeto, con reciprocidad, con la consideración básica de que también tienen un límite. Eso no es poner condiciones. Es reconocer que nada puede darse indefinidamente sin recibir nada a cambio.

El amor incondicional es una trampa disfrazada de virtud. Una forma de pedirle a alguien que siga dando aunque no reciba nada, que siga estando aunque nadie esté para él, que siga queriendo aunque le hagan daño. Y llamarlo lealtad. Y llamarlo entrega. Y llamarlo generosidad.

La calidad del amor no se mide por cuánto eres capaz de aguantar. Eso no es amor, es resistencia. Y confundirlos es manipular los términos hasta hacerte el traje que mejor te sienta, el que te permite exigir sin dar, quedarte sin corresponder, desaparecer sin consecuencias.

Las relaciones que valen la pena tienen condiciones. Se llaman respeto, reciprocidad, presencia. Y cuando dejan de cumplirse, está bien irse. No es debilidad. Es saber cuánto vales.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Basura

Meses después y todavía me sorprende. Creí que dejaría de hacerlo, que en algún momento lo entendería o lo aceptaría o simplemente me acostumbraría. Pero no. Todavía me para.

Que hayas sido capaz de oír "ha sido devastador" y seguir hablando de ti. Que esa frase no te haya hecho detenerte, preguntar, quedarte. Que hayas podido pasar por encima de ella como si no hubiera dicho nada, como si el peso de esa palabra no mereciera ni un segundo de tu atención.

Y luego la desaparición. Amparada en un "aquí estaré" que resultó ser tan falso como las armas de destrucción masiva de Irak. Con la misma seguridad con la que se dijo, con la misma contundencia, y con las mismas consecuencias: que no había nada detrás. Que era una excusa para no tener que hacer nada.

No preguntaste.
No volviste.
Te pusiste en el centro, que es donde siempre has necesitado estar, y me dejaste fuera, que es donde siempre he terminado contigo.

Meses después. Y todavía me sorprende que pudieras.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Lo que quedó

 Hay cosas que se quedan después de que alguien se va. No las que uno espera. No el vacío obvio, ni la ausencia en los lugares comunes. Las otras. Las que aparecen despacio y se instalan sin pedir permiso.

La desconfianza. Esa mirada nueva con la que observo a las personas, midiendo, calculando, preguntándome cuánto es real y cuánto es fachada. La sensación de haber perdido años y energía en algo que no lo merecía. La lástima, que es quizás lo más extraño de todo, la lástima de haberme entregado con tanta inocencia, de haber creído con tanta convicción. El dolor del abandono, que no es solo la ausencia sino el momento exacto en que entendí que elegí quedarme cuando podría haberme ido antes.

Y luego están los ojos que se van abriendo despacio, las vendas que se caen, la mirada desde otro punto de vista. Los comportamientos que reconozco ahora y que ojalá hubiera identificado antes. Esa desolación tranquila de quien ya sabe lo que pasó y tiene que seguir de todas formas. La inseguridad, que llega siempre al final, cuando ya no queda rabia sino solo la pregunta de si sabré volver a confiar.

Eso es lo que queda. Eso y la certeza de haber estado a la altura, siempre, incluso cuando la otra persona no lo estuvo. La conciencia tranquila de quien puede repasar todo lo que hizo y no encontrar nada de lo que avergonzarse. La capacidad de reconocer lo que pasó sin necesitar que nadie lo valide, sin esperar una disculpa que no va a llegar.

Quedó también la fortaleza. La que se construye sin querer cuando me he tenido que sostener sola durante demasiado tiempo. La que me permite mirar a mis hijas y saber que les estoy enseñando: que una se puede romper y seguir en pie, que el dolor no es el final, que la dignidad no se negocia. Que ya saben, porque lo han visto, que hay que irse de donde no te valoran, de donde no eres importante. Que quedarse no siempre es virtud.

Quedó todo eso. Y resulta que es suficiente, que con eso ya puedo seguir.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

500 días

He recordado la última vez que nos vimos. Celebramos un cumpleaños, comimos en una terraza y nos despedimos sin saber que ya no habría otra vez.

Era el 27 de abril de 2025.
Hoy, 9 de septiembre, han pasado 500 días desde entonces.
Los he contado.
500 días desde la última vez que nos miramos a los ojos y 252 desde la última palabra.

Ha pasado el primer verano sin hacer planes para vernos.
O quizás el segundo, porque ya el anterior las intenciones se quedaron en el aire. Ese verano ya empezó a dejarme fuera. Yo no me lo quería creer, no me encajaba, no me parecía posible.
Y sin embargo, fue exactamente lo que pasó.

Ha pasado mi primer cumpleaños sin que llegara ningún mensaje. Ese cumpleaños que siempre recordaba, el mismo que una vez olvidó y que yo no supe disimular. Esta vez no hubo olvido.
Hubo silencio.
Y el silencio duele de otra manera porque es consciente.
Hubo decisión.

Han pasado 252 días sin una palabra.
Sin un mensaje.
Sin que nadie preguntara.
252 días en los que la vida ha seguido, con sus cosas buenas y sus cosas malas, y no ha estado en ninguna de ellas.

500 días hoy.
Mañana serán 501.
Y seguirán creciendo, sumándose, sin que haya nada que los detenga.

Supongo que así se mide ahora el tiempo que compartimos.


sábado, 5 de septiembre de 2026

La culpa

En redes sociales se habla mucho de la culpa. En cuentas de psicología, de maternidad, de desarrollo personal. La culpa como motor, como freno, como herida. Todo el mundo parece tener muy claro que hay que trabajarla, liberarla, transformarla.

Nadie se libra. Yo tengo mis propias culpas también: no soy buena madre algunos días, no tengo una profesión que me defina, no leo todo lo que querría, no viajo suficiente, como de forma desordenada, no hago ejercicio de fuerza, no llamo a mi madre cada día y paso demasiado tiempo en redes sociales. Esas culpas las conozco bien. Las cargo, las reconozco, convivo con ellas.

Pero hay una cosa de la que no siento culpa ninguna.

No siento culpa por haberme ido de donde no me cuidaban. Por haber cerrado puertas a quien solo venía a pedir. Por haber eliminado y bloqueado contactos. No siento culpa por la forma en que he decidido seguir adelante, ni por cómo he necesitado escribir durante este tiempo.

No creo haber hecho nada mal. No hay nada que reprocharme, nada que deshacer. Nada por lo que pedir perdón. Solo hay una cosa que lamento: el tiempo. Los años invertidos en algo que no lo merecía.

Eso no es culpa. Es la única pérdida que me queda.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Karma, o como quieras llamarlo

 En "X ha muerto", la autora confiesa que cree en los pactos con el Destino. Que si algo bueno le ocurre, algo malo tendrá que compensarlo. Que eligió su vida antes de nacer, con todo lo que venía incluido en el lote.

Yo no lo llamo Destino, ni suerte, ni karma. No tengo nombre para eso. Solo sé que en mi vida las cosas se equilibran, que nada llega gratis y que nada se va sin dejar algo a cambio.
Lo he comprobado demasiadas veces como para ignorarlo.

Mi marido llegó cuando apenas éramos unos niños, para compensar todo lo que hubo antes: las noches sin dormir, las decepciones, el miedo, la soledad y el silencio. Mis hijas llegaron después de que una enfermedad crónica llegara y arrasara con todo. No fue casualidad. Fue la balanza buscando su punto de equilibrio.

Y tengo a mis hermanas, incondicionales, irremplazables. A veces pienso que eso también tiene un precio. Que nadie puede tenerlo todo sin ceder algo. Y el hecho de que ellas no puedan ser sustituidas por nadie implica que no haya nadie más.

Cuando todo va bien me agarro fuerte y miro de reojo. Porque sé lo que cuesta cada cosa buena que tengo. Y entonces recuerdo las palabras de la autora y las hago mías: "Por todo ello tengo pálpitos, corazonadas, presentimientos de que algo o todo va a salir mal. Porque sé cuán finos son los hilos que forman el tapiz de la vida."

miércoles, 2 de septiembre de 2026

La caja de pinturas

Tenía una caja de pinturas.

Era una caja preciosa, de esas que huelen a cera nueva y tienen los colores ordenados por familias, cada uno en su sitio. Había rojos y amarillos, verdes de todos los tonos, marrones para la tierra y los troncos, morados para las flores más raras. Era una caja llena de posibilidades.

Pero había un color que usaba más que todos los demás. El azul.

Lo usaba para el cielo de los días buenos y para el cielo de los días nublados. Para el mar en calma y para el mar revuelto. Para los ríos, para los charcos, para el reflejo de la luna en el agua. Lo usaba también para otras cosas: para los abrigos de invierno, para las mesas del desayuno, para los calcetines de los domingos. El azul lo resolvía todo. Era el color que siempre estaba, el que nunca fallaba, el que hacía que cualquier dibujo quedara bien.

Y así, de tanto usarlo, se fue gastando.

Primero había que afilarlo un poco. Luego, más. Se fue haciendo pequeño, más pequeño, hasta que un día solo quedaba un trozo diminuto que apenas dejaba color en el papel. Y después, nada. El hueco.

La caja sigue siendo una caja preciosa. Sigue teniendo muchos colores. Pero hay un hueco donde antes estaba el azul.

Y ahora sus dibujos han cambiado. El cielo es gris, del color del cemento mojado. El mar es más oscuro, casi negro en los bordes. Las cosas que antes pintaba sin pensar, con esa seguridad tranquila de quien sabe qué color le toca a cada cosa, ahora las deja a medias o las evita. Porque el azul no se improvisa. No hay dos colores que juntos lo den. No se puede mezclar el rojo con el verde y esperar que salga azul. O está o no está.

Y ya no está.

lunes, 31 de agosto de 2026

Los que se quedaron

Hay un momento en el que todo se recoloca.

El ruido pierde importancia. Las certezas dejan de venir de lo que brilla y empiezan a venir de lo que permanece.

Las manos que más abrigan no son las más grandes ni las más ruidosas. Son las que nunca dejaron de estar. Las que no entendieron de distancias, ni de silencios, ni de días torcidos. Las que no necesitaron recordatorios porque nunca se fueron.

No hacen ruido. Pero sostienen.
No prometen. Pero cumplen.

El cariño más verdadero no es el que más dura, ni el que se adorna, ni el que se necesita.

Es el que se queda.

domingo, 30 de agosto de 2026

sábado, 29 de agosto de 2026

No me mereces

No necesito entender por qué hiciste lo que hiciste.

He pasado meses intentándolo. Dándole vueltas, buscando la lógica, tratando de encontrar en algún sitio una explicación que encajara. Y no la encontré. Al principio eso me pesaba. Ahora me alivia. Porque significa que no pienso como tú. Que hay cosas que yo no sería capaz de hacer. Que no somos iguales.

Todo el daño que me has hecho tiene que ver contigo. Con lo que eres, con lo que decides, con la forma en que tratas a quien te quiere. No tiene nada que ver conmigo. Tardé en saberlo, pero lo sé.

Y he cerrado la herida sola. Sin que nadie me tendiera la mano desde tu lado, sin explicaciones, sin el mínimo gesto. Sola. Que es, al final, como estuve siempre cuando te necesité.

Tú ya sabes mis razones. Las tienes aquí, escritas. No necesito las tuyas. A estas alturas, ya no me importan.

Ya no me haces falta. Y no me mereces.

viernes, 28 de agosto de 2026

El show de Truman

Perdí a alguien a quien quería.

No es una frase fácil de escribir, aunque lleve meses dando vueltas en mi cabeza. Perdí a alguien por quien me esforzaba, a quien dedicaba tiempo y energía sin medirlos, a quien quería de esa forma tranquila y constante que no necesita ser proclamada. Alguien que no era mi familia pero que ocupaba ese sitio. Que prometía estar siempre.

Perdí también la idea que tuve de esa persona durante treinta y cinco años. La ilusión, el ancla, la certeza de que estaba ahí. Y cuando se fue, todo lo que había construido sobre ese pilar se vino abajo. Así, de golpe. 

Me sentí como Jim Carrey en El show de Truman, donde todo parecía real, los vecinos, las calles, el cielo, hasta que un día la cámara se mueve y ves que detrás no hay nada. Solo un decorado. Solo atrezzo.

Llevo meses reconstruyendo. Y reconstruir duele de una forma que no esperaba, porque para reconstruir primero hay que reconocer que había algo roto, que hubo una ceguera, que yo elegí no ver lo que estaba delante. He tenido que responder preguntas que no quería responder. Y he sentido vergüenza. Vergüenza al escucharme, al oír mi propia voz admitiendo cuánto tiempo estuve mirando hacia otro lado.

Este verano ha dolido de una forma que no esperaba. Recordar veranos pasados, los que fueron refugio cuando el invierno era demasiado largo y demasiado negro. Los que eran luz. Este año, los mismos recuerdos, la misma época, y sin embargo todo ha sido difícil de recordar.

Me aparté de alguien que venía a mí cuando necesitaba algo. Un libro, una respuesta, una solución, alguien que escuchara cuando dolía. Pero que no preguntaba cuando era yo quien necesitaba. Estuve siempre a su lado sin ser su familia, sin deber nada, solo porque quería.

Y desapareció.

Lo que perdí no fue a esa persona. Fue la versión de ella que yo había construido durante todos esos años. Y eso, a veces, duele más que perder a alguien real.

Ojalá alguien la quiera algún día como yo la quise. Y ojalá lo sepa reconocer. Espero que nunca necesite lo que yo te di. 

Porque ya no está.

(Emma Rodríguez Puente, ojalá puedas descansar en paz allá donde estés)

miércoles, 26 de agosto de 2026

Eleanor.

Los Beatles escribieron dos canciones que, sin proponérselo y analizándolas décadas más tarde, retratan dos formas completamente distintas de estar en el mundo.

“Hey Jude” nació en 1968 cuando Paul McCartney fue a visitar a Julian Lennon, el hijo de cinco años de John, que estaba atravesando el divorcio de sus padres. La canción es un mensaje de aliento: toma una canción triste y conviértela en algo mejor. No tengas miedo. Ábrele la puerta al amor. Jude es alguien a quien se le habla con ternura porque tiene la fortaleza de seguir adelante, la capacidad de transformar el dolor en algo distinto. 

Jude es alguien que tiende a guardarse las cosas (por eso le pide que se abra a alguien) es resiliente, leal y está acompañada por personas que le sostienen, buscan y cantan.

“Eleanor Rigby”, dos años antes, retrataba algo completamente diferente. Una mujer que recoge arroz en la iglesia tras una boda a la que no fue invitada. Que guarda su rostro en un frasco junto a la puerta, una máscara para el mundo. Que vive sola, muere sola y es enterrada sin que nadie acuda. El rostro que guarda en un frasco junto a la puerta sugiere una máscara que lleva puesta para el mundo exterior, ocultando sus verdaderos sentimientos de desolación. Eleanor no es mala persona. Es alguien que pasó por la vida sin ser vista, sin conectar, siendo una sombra, triste y sin dejar huella en nadie.

La diferencia entre las dos no está en la suerte. Está en la capacidad de abrirse, de dar y recibir, de estar presente de verdad en la vida de los demás.

Hay quien cree proyectar la imagen de Jude, quien aspira a esa figura luminosa, resiliente y querida. Quien se percibe a sí misma como alguien que da, que sostiene, que acompaña. 

Pero que en realidad, y esto es lo que (le) duele, es Eleanor. Alguien que guarda una máscara junto a la puerta, que ocupa los espacios sin habitarlos de verdad. Que está sin estar. Que habla sin preguntar. Que no es real con nadie porque usa esa máscara para dar a cada uno lo que ella cree que esperan. La máscara no es para esconderse sino para agradar, para encajar, para darle a cada persona la versión que cree que esa persona quiere ver. Y al final no queda ninguna versión real, solo capas de actuación.

No es un juicio. Es una de las distancias más tristes que existen: la que hay entre quien uno cree ser y quien realmente es para los demás.


lunes, 24 de agosto de 2026

Sin rendija

Hay personas a las que no se les vuelve a hablar jamás.

Así estén enfermas. Así sea su cumpleaños. Así atraviesen una pérdida o un momento difícil. Familiares, amigos, parejas. Hay puertas que cuando se cierran lo hacen para siempre. Sin llave, sin manilla, sin rendija por la que colarse.

Habrá quien diga que soy buena persona, generosa, que siempre estuve cuando me necesitaron. Y habrá quien diga que soy fría, arrogante, indiferente. Lo curioso es que probablemente ambos tengan razón. Porque cada quien conoció la versión de mí que se ganó, según cómo me trató. Si hay quien tuvo la primera y ahora solo encuentra la segunda, no es casualidad.

No puedo darle lo mismo a quien me cuidó que a quien me destruyó. No puedo tratar igual a quien respetó mis límites que a quien los pisó sin mirar. No puedo tender la mano a quien ya me la mordió.

Tener buen corazón no significa dejar la puerta abierta para siempre. Hay personas a las que se les desea lo mejor, pero desde lejos. Porque cerrar una puerta no es un acto de rencor. Es saber que quien ya demostró lo que hace cuando tiene acceso, no merece volver a tenerlo.

viernes, 21 de agosto de 2026

Baterías

Hay coches que se usan todos los días y coches que se quedan parados. No porque no funcionen, sino porque hay otro que ocupa ese lugar por defecto. 

El coche bueno, el del trabajo, el que siempre está a mano... El otro espera. Quieto. Aparentemente disponible.

Pero las baterías necesitan moverse. Una batería que no se usa se descarga despacio, sin hacer ruido, sin avisar. Y es fácil olvidarlo, porque el coche sigue ahí, en su sitio, dando la impresión de que todo está en orden.

Hay que mover los coches secundarios de vez en cuando. Darles una vuelta, dejar que el motor se caliente, usarlos. Que la batería se cargue. Evitar problemas posteriores. Porque a veces llegas dispuesto a hacer un viaje y te encuentras con que no arranca, con que necesitas ayuda para ponerlo en marcha. O que ha sido tanto el tiempo de desconexión que ya no es posible reactivarla. Y toca cambiarla.

Lo que parecía disponible, no lo estaba. Simplemente nadie se había ocupado de mantenerlo vivo.

Y no solo hablo de baterías.

martes, 18 de agosto de 2026

La ira justa.

Leyendo "As malas ideas", de María Solar, me encontré con un término que no conocía: la ira justa. Así, sin rodeos. Una ira razonada y razonable, una respuesta a los desagradecidos, a los que ignoran, a los que empiezan a tomar decisiones por ti como si no fueras capaz de gobernarte.

La ira justa no es nueva. Aparece en la Biblia, en la figura de un Dios que se indigna ante la injusticia. La filosofía estoica la distinguía de la cólera irracional: Séneca escribió sobre la diferencia entre el impulso irrefrenable y la indignación fundada. En la psicología contemporánea se habla de ira funcional, la que actúa como señal de que algo ha vulnerado un límite real, que algo ha sido injusto de verdad. No es un defecto del carácter. Es una respuesta adaptativa a un mundo que a veces no da lo que se merece.

La ira justa no pide perdón. No se disculpa, no se modera, no se esconde para no incomodar. No es la rabia del que pierde los papeles ni el rencor del que no sabe soltar. Es la respuesta de alguien que dio todo lo que tenía, que sostuvo lo que no le correspondía sostener, que esperó más de lo que tocaba y un día dijo basta. Sin gritar. Con una claridad que asusta más que cualquier grito.

Yo la sentí. Durante meses fue el combustible que me mantuvo en pie, que me hizo escribir, que me impidió quedarme quieta. Una ira fundada, válida, completamente mía.

Y un día se fue apagando. No la apagué yo. Se fue sola, dejando paso a la decepción primero, a la indiferencia después. Y entendí que eso era la señal: que era justa. Que la ira injusta no se va, se enquista. La justa, cuando ha cumplido su función, se marcha.

domingo, 16 de agosto de 2026

Etapas

Todo el mundo ha oído hablar de las etapas del duelo. Negación, ira, negociación, depresión, aceptación. Se presentan como un camino lineal, como si el dolor tuviera un orden establecido y bastara con seguirlo para llegar al otro lado.

No funciona así.

Yo pasé la negación esperando que fuera algo temporal. Que las cosas volvieran, que hubiera una explicación, que el tiempo lo acomodara todo. No lo hizo. Llegó la decepción. Y de la decepción, cuando ya no hay vuelta atrás, no se sale fácilmente.

Ahora estoy entre la ira y la negociación. Y he decidido algo: no voy a parar en la depresión. La ira va a ser el vehículo que me lleve directamente a la aceptación. No porque no duela, sino porque he decidido que este rencor tiene fecha de caducidad. Que no voy a dejar que ocupe más espacio del que ya ha ocupado. Lo estoy sacando de mí, texto a texto, palabra a palabra.

Esto tiene un límite. Y ese límite lo pongo yo.

Después del 31 de diciembre mi tiempo de luto termina. Y ya no voy a acordarme ni de tu nombre.

(A Emma Rodríguez Puente, allá donde esté, DEP)


viernes, 14 de agosto de 2026

Lo que no se nombra



Hay personas que llegan a tu vida con los brazos abiertos y la boca llena de palabras hermosas. Te dicen que eres su hogar, que te llevan en el pecho, que aquí estarán siempre. Y tú las crees. Las crees porque el afecto es real, porque la historia es larga, porque hay tardes de risa y noches de canciones y una complicidad que no se fabrica.

Pero hay algo que no ves al principio, o que ves y decides no mirar: que siempre eres tú quien sostiene. Que cuando ella llora, tú estás. Que cuando ella duda, tú afirmas. Que cuando ella tropieza, tú tiendes la mano antes de que llegue al suelo. Y que cuando tú tropiezas, ella sigue hablando.

No por maldad. Eso es lo más difícil de explicar y lo más importante de entender. No por maldad.

Sino porque hay personas que aman desde el centro de sí mismas. Que dan calor genuino pero no saben salir de su propio foco. Que te quieren de verdad y aun así no te ven. Que pronuncian tu nombre con ternura pero no preguntan cómo estás cuando saben que estás mal. Que reciben tu silencio como abandono sin preguntarse nunca qué costó ese silencio.

Tú aprendiste a dar sin pedir. A sostener sin quejarte. A estar enferma en voz baja mientras escuchabas sus miedos en voz alta. A decir "fue un trimestre devastador" y conformarte con que no llegara respuesta, porque ya sabías, en algún lugar hondo, que no llegaría.

Y un día te cansas. No de golpe, sino despacio, como se cansa el agua de dar forma a una piedra. Sin drama, sin reproche, sin un portazo. Solo con el cansancio quieto de quien ha dado demasiado durante demasiado tiempo y ya no tiene más.

Entonces ella escribe un mensaje sobre lo que siente, sobre el hilo rojo que os une, sobre cuánto te ha querido. Y en ninguna línea hay una pregunta por ti. 

Si algún día se te olvida qué fue lo que pasó, si algún día tienes dudas, siempre puedes releer aquellas líneas. La respuesta seguirá estando en el mismo sitio: en lo que no había.

Y ahí, en esa ausencia, está toda la historia.

No en lo que se dijo. En lo que nunca se preguntó.


Para ERP, allá donde esté. Descansa en paz.

Emma Rodríguez Puente 

miércoles, 12 de agosto de 2026

Lo que quedó escrito por Emma Rodríguez Puente. Autobiografía III

He pasado unos meses pensando en nuestra relación. Y en su final.

He tenido dudas y en ocasiones he pedido a la IA que analice nuestras conversaciones de WhatsApp desde 2016.

Da igual a quién pregunte, siempre me dicen lo mismo:

Que di más de lo que recibí.

Que estuve cuando tú no pudiste estar.

Que pregunté cuando tú no preguntaste.

Que sostuve cuando nadie me sostenía.

Que me cansé en silencio mientras tú llorabas en voz alta.

Que dije "fue un trimestre devastador" y esperé dieciocho días una respuesta que no llegó.

Que el centro eras tú, y me cansé de girar a tu alrededor.

No necesitaba una inteligencia artificial para saberlo.

Pero a veces necesitas que alguien más lo lea para dejar de dudar de lo que ya sabías.

Porque esa es la trampa de las relaciones asimétricas. No duelen por falta de afecto. Duelen precisamente porque el afecto es real, porque la historia es larga, porque hay suficientes momentos buenos como para que te preguntes si estás exagerando. Si eres tú. Si estás siendo injusta.

Y entonces vuelves al principio. Y cuentas. Y la cuenta no cambia.

Tú llamabas, yo cogía. Yo llamaba, tú no siempre podías. Tú tenías una crisis, yo estaba. Yo sufría una enfermedad crónica, una discapacidad, que tú ignorabas. Así durante años, con la naturalidad de lo que nunca se cuestiona porque nadie lo ha puesto sobre la mesa.

Yo tampoco lo puse. Eso también es verdad y me lo reconozco. Aprendí tan bien a dar sin pedir que al final ni yo misma sabía ya cómo pedir. Me volví experta en estar enferma en voz baja, en sostener desde el agotamiento, en responder con calidez cuando por dentro ya no quedaba casi nada.

Dijiste "aquí estaré siempre". Lo dijiste con la convicción de quien lo cree en el momento en que lo escribe. Pero estar siempre significa estar también cuando no es cómodo. Estar cuando el otro no tiene fuerzas para pedir. Estar cuando el silencio del otro no es abandono sino agotamiento. Significa, a veces, ser tú quien pregunte primero.

Eso nunca llegó.

Estuviste cuando te necesitaba de una forma que te resultaba fácil dar. Pero cuando necesité algo distinto, algo más quieto, más atento, más tuyo y menos mío, no supiste o no quisiste verlo. Y "aquí estaré siempre" se quedó en una frase bonita dicha en un momento bonito. Como tantas otras cosas nuestras.

No te guardo rencor. Te digo esto y es cierto.

Pero tampoco voy a reescribir la historia para que duela menos. Tuviste delante a alguien que te quería de verdad y que necesitaba, de vez en cuando, que le preguntaras cómo estaba. No como fórmula, no como cortesía. Como lo que se hace cuando quieres a alguien de verdad.

Esa pregunta nunca llegó con el peso suficiente.

Y un día me cansé. Sin portazo, sin drama, con la serenidad quieta de quien ya no tiene energía para esperar lo que no va a llegar. Me cansé de ser el ancla de una relación que solo se sostenía cuando yo tiraba del cabo.

Cerraste tú primero con tus palabras. Cerré yo después con mis actos.

Esto no es un reproche. Es un recuerdo.

Para la próxima vez que dude.

Para cuando el tiempo difumine los bordes y la memoria quiera ser más amable que honesta.

Aquí estuvo escrito.

Aquí quedó.

lunes, 10 de agosto de 2026

Cuestión de fe.

 La religión se sostiene sobre la fe. Creer sin pruebas, confiar en lo que no se ve, aferrarse a algo más grande que uno mismo aunque nadie pueda demostrarlo. Hay quien lleva toda la vida rezando sin recibir respuesta y no deja de creer. Hay quien se arrodilla frente a una imagen, enciende una vela, espera un milagro.

Yo también tuve mi fe. Durante años creí en una amistad sin evidencia de que fuera real. La sostuve, la defendí, encendí mis propias velas. Como quien reza en silencio con la esperanza de que alguien al otro lado escuche.

Pero igual que hay quien un día tiene una revelación, una aparición, una luz que lo cambia todo, yo también la tuve. No fue una visión de la Virgen. Fue algo más sencillo y más brutal: ver con claridad que aquello en lo que creía no existía. Que el altar estaba vacío.

No sentía una decepción así desde que descubrí que los Reyes Magos, Papá Noel y el Ratoncito Pérez no existían.

Y cuando la fe se rompe, no hay dogma que la reconstruya.

domingo, 9 de agosto de 2026

Lo que te dirá la IA

Si algún día exportas nuestra conversación de WhatsApp, la de todos estos años, y se la mandas a tu IA favorita con este prompt:

"Analiza esta conversación. Identifica los roles de cada persona. Determina si la relación era equilibrada. Señala patrones de comportamiento sostenidos en el tiempo."

Esto es lo que te va a responder. Da igual qué IA uses. Da igual cómo lo preguntes. Los datos son los datos.

Te dirá que había dos roles fijos e inamovibles: una que daba y una que recibía. Te dirá que una de las dos iniciaba el contacto con más frecuencia, buscaba apoyo con más frecuencia, procesaba sus emociones en voz alta con más frecuencia. Y que la otra escuchaba, contenía, devolvía calma, y raramente ocupaba el centro.

Te dirá que cuando una de las dos atravesó momentos difíciles, la otra no siempre preguntó. Que cuando una dijo "fue un trimestre devastador", la otra desapareció. Que cuando una explicó que tenía una pérdida auditiva y que el teléfono le resultaba agotador, la otra no lo integró en su siguiente mensaje. Que una de las dos tenía una enfermedad crónica que la otra conocía, y que eso no apareció en los momentos en que debería haber aparecido.

Te dirá que la persona que más reclamaba presencia, que más veces dijo "aquí estaré siempre", que construyó su despedida como un acto de generosidad, fue la misma que menos ofreció cuando importaba. Y que la que bloqueó no fue ella. Fue la otra. La que menos habló, la que menos pidió, la que un 18 de enero cerró la puerta. No de golpe. Con calma. Como quien lleva tiempo sabiendo que ese momento iba a llegar.

Y que desde entonces, la que prometió estar siempre no dio señales. Ninguna. Lo cual dice algo importante: que el "siempre" no era incondicional. Era una promesa que solo funcionaba mientras el camino estuviera abierto. En cuanto se cerró, el siempre se acabó.

Te dirá, si le preguntas con precisión, que el perfil de la persona reclamante presenta rasgos narcisistas. No como diagnóstico, sino como patrón: la necesidad sostenida de ocupar el centro, la dificultad para integrar la realidad del otro cuando esa realidad no encajaba con lo que ella necesitaba, y una despedida construida con tal precisión moral que ella quedaba como la buena de la historia. Y te dirá que el dato más elocuente no está en lo que dijo, sino en lo que no hizo después. Cuando la puerta se cerró, no llamó por otra ventana. No preguntó si estaba bien. Desapareció. Lo cual sugiere que lo que sostenía el vínculo no era el afecto incondicional que proclamaba, sino la necesidad de tenerla disponible.

Yo no necesitaba que me lo dijera una máquina.

Pero quería que quedara escrito con claridad, porque la memoria es tramposa y el tiempo tiende a ser más amable de lo que los hechos merecen.

Así que que conste.

La abandonada fui yo. Año tras año, conversación tras conversación, cada vez que algo importante pasaba en mi vida y el silencio era la única respuesta. La que estuvo a la altura fui yo. La que sostuvo, preguntó, acompañó, apareció cuando hacía falta y también cuando no hacía falta, fui yo. La que cargó con una enfermedad crónica, con una discapacidad, con un año devastador, y aun así siguió dando, fui yo.

Y la rémora fuiste tú. Durante treinta y cinco años.

La que bloqueó, al final, fui yo también. No porque abandonara, sino porque aprendí, tarde, que soltar no es perder. Es simplemente dejar de cargar con lo que nunca fue justo que cargara sola.

Tú perdiste a alguien que te quiso de verdad y que nunca dejó de estar.

Yo me liberé de alguien que llevaba años sin estarlo.


(Cualquier terapeuta al que pagues, será menos imparcial)

sábado, 8 de agosto de 2026

Contengo multitudes

 Ayer comentaba una secuencia que aparecía en los primeros minutos de La vida de Chuck y que me había impactado. Ahora ya la he visto completa. Sin ánimo de hacer spoiler con una película de 2024, la historia remata con esta frase:

"Soy maravilloso, merezco ser maravilloso y contengo multitudes."

Las multitudes vienen de Walt Whitman, de su poema Canto de mí mismo. Whitman hablaba de la individualidad, de todo lo que cabe dentro de una persona. Sus pensamientos, sus versiones, sus contradicciones, todo lo que ha vivido y todo lo que le han dado los demás. Una multitud. Un universo propio.

Me quedé pensando en eso. En cuántas veces nos han enseñado a ocupar poco espacio, a no creernos demasiado, a no ser excesivos. Y en lo difícil que resulta mirarse y afirmarlo.

Estos meses he pasado por cosas que me hicieron dudar de mi valía, del espacio que ocupo, de si merezco lo que creo merecer. Y al mismo tiempo, en medio de todo eso, he construido otra versión de mí. Una que no necesita permiso para ocupar su sitio.

No como arrogancia. Como convicción.
Soy maravillosa, me lo merezco y contengo multitudes.

viernes, 7 de agosto de 2026

Un microsegundo.

 Después de ver recomendada La vida de Chuck en redes sociales una mañana que tenía tiempo, empecé a verla. A pocos minutos de empezar estaba ensimismada con este discurso basado en el Calendario Cósmico de Sagan:

El universo tiene 15.000 millones de años. Si cogiéramos todo eso, los 15.000 millones de años, y los comprimiéramos en un año natural, entonces el Big Bang tendría lugar en el primer segundo del 1 de enero. Y hoy, ahora mismo, estaríamos en el último milisegundo del último minuto del último día, el 31 de diciembre. Pero si volvemos al principio, si el Big Bang se produce la medianoche del 1 de enero, entonces cada mes del calendario dura 1.250 millones de años.

El universo empieza el 1 de enero, pero la Vía Láctea no se formó hasta mayo. Nuestro Sol y nuestra Tierra no aparecieron hasta mediados de septiembre. La vida apareció poco después, pero no nosotros.

Hasta el 31 de diciembre. El último día del calendario. Y los primeros seres humanos de la Tierra hicieron su debut sobre las 10.30 de la noche. Las 10.30 de la noche del último día. Cada minuto equivale a 30.000 años, así que a las 11.46 de la noche, hace solo 14 minutos, la humanidad dominó el fuego. Y ya no quedan minutos, sino segundos.

A las 11.59 y 20 segundos, comenzó la domesticación de plantas y animales. A las 11.59 y 35 segundos, las comunidades agrícolas evolucionaron hacia las primeras ciudades. La historia de los registros, toda persona de la que hemos oído hablar, y hasta el último acontecimiento de nuestros libros de historia, ocurre en los últimos diez segundos. Los últimos diez segundos del último minuto del último día del calendario. El 31 de diciembre.

Me quedé pensando en eso un buen rato. En lo pequeños que somos. En lo reciente que es todo lo que consideramos importante. En que nuestras guerras, nuestras glorias, nuestros dramas personales, todo ocurre en un parpadeo dentro de algo que ni siquiera puede medirse a escala humana.

No eres más que un microsegundo. 

Y aun así, aquí estás, creyéndote el centro.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Pluma rosa

Me regalaron una Tillandsia cyanea por el día de la madre. Pluma rosa, la llaman. Una planta que no necesita mucho: luz indirecta, algo de humedad, poco más.

Lo más peculiar de esta planta es su floración. Desde el centro emerge una espiga ancha y plana, de un rosa intenso y brillante, que puede durar entre uno y tres meses. Es la bráctea, una estructura formada por hojas modificadas cuya función es proteger las flores que nacen en sus bordes. Esas flores son pequeñas, violetas, delicadas. Pueden llegar a ser hasta veinte, y aparecen de forma progresiva, una tras otra, durante semanas.

Lo que no sabía es que cada flor violeta que nace va robándole color a la bráctea rosa. Poco a poco, a medida que florecen las pequeñas, la grande va perdiendo su intensidad. Se va poniendo marrón. Cuando la última flor cae, la planta madre ha dado todo lo que tenía. Ya no vuelve a florecer. Pero antes de morir, genera hijuelos en su base. Nueva vida que crece desde lo que se agota.

La bráctea no pierde. Entrega. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas. Las flores pequeñas no roban su belleza, la reciben. Y florecen gracias a que hubo algo grande, intenso y rosado que las sostuvo mientras llegaba su momento.

Algunas madres funcionan así. Dan hasta quedarse sin color. Y en eso, precisamente en eso, está toda su grandeza.

sábado, 1 de agosto de 2026

Tocón seco

Hay versiones de nosotras que vamos dejando atrás sin darnos cuenta. Algunas se van despacio, como las hojas en otoño, y cuando miras el árbol ya no están. Otras desaparecen de golpe y el hueco que dejan tarda en llenarse de otra cosa.

Yo ya no seré nieta nunca más. Esa rama se cerró y con ella se fue una parte de mí que solo existía en esa relación, en esa mirada, en ese lugar concreto del mundo.

Siempre seré madre. Esa versión no caduca, crece y cambia pero no desaparece.

Y luego están las que uno no esperaba perder. Fui amiga fiel de alguien durante años. En esa rama ya no hay nada. No habrá frutos, no habrá nuevas hojas. Solo un tocón seco que recuerda que ahí hubo algo.

Crecerán nuevas ramas, otras se secarán. El árbol cambia, pero las raíces que lo sostienen permanecen.

Eso también soy yo. Todo lo que fui y ya no soy. Todo lo que sigo siendo, de todas formas.

jueves, 30 de julio de 2026

Me pregunto

Me pregunto a quién llamarás cuando no encuentres un libro, cuando los grupos de Telegram dejen de servirte, cuando necesites a alguien que sepa exactamente lo que necesitas sin que tengas que explicarlo.

Me pregunto en quién pensarás cuando tengas dudas. Cuando duela. Cuando suenen Los Planetas, o Sidonie, o Taylor Swift.

Para salir, para comer, para la fiesta todo el mundo vale. Pero no todos te sostendrán como yo lo hice.

Me pregunto si alguna vez caes en la cuenta de quién perdió más en todo esto.

Porque yo ya lo sé. Perdiste a alguien que estaba. Yo solo perdí a alguien que llevaba tiempo sin estarlo, que aparecía para pedir y desaparecía para el resto. Hasta que volver fue imposible.

No es lo mismo echar de menos a alguien que echar de menos lo que te daba.

miércoles, 29 de julio de 2026

Palabras que deberían pesar

Hay frases que hemos dicho tantas veces que ya no significan nada. Se sueltan solas, sin pensar, como un reflejo. A ver cuando quedamos. Tenemos que vernos. Nadie las toma en serio, nadie las espera cumplir. Son el ruido amable de la conversación y todo el mundo lo sabe.

Pero hay otras frases que deberían pesar. Que deberían pensarse antes de decirse, porque cuando las escuchas, las guardas. Sois mi familia. Yo aquí estaré siempre. Esas no suenan a relleno. Suenan a promesa.

Y cuando no se cumplen, el problema no es la decepción. Es que alguien las dijo sin medir lo que estaba poniendo encima de la mesa. Sin pensar en quién las iba a recoger.

Las palabras no son inocentes solo porque no se firmen.

lunes, 27 de julio de 2026

El borde o el centro

Siempre he empezado los puzles por el borde. Primero el marco, la estructura, los límites. Una vez definido el contorno, ya se puede rellenar lo de dentro. Es metódico, es seguro. O eso creía.

Mi hija pequeña cogió uno el otro día y empezó por el centro. Por la imagen principal, por lo que le llamaba la atención, sin preocuparse de dónde terminaba todo. La observé sin decir nada. Funcionaba.

Hay gente que necesita el marco antes de saber qué poner dentro. Y hay gente que sabe perfectamente qué quiere en el centro y construye alrededor de eso. Ninguna forma es la incorrecta. Solo son formas distintas de llegar al mismo sitio.

Lo que me pregunto es cuántas veces he confundido mi método con el único método. Cuántas veces he empezado por el borde cuando lo que de verdad importaba estaba en el medio.

sábado, 25 de julio de 2026

La madeja

He pasado meses deshaciendo la madeja. Separando el grano de la paja, destilando, aprendiendo a mirar de frente lo que dolía. Escribiendo, sobre todo escribiendo, porque es la única forma que conozco de entender lo que me pasa.

Tú, supongo, estarás escuchando podcasts sobre la vida que quieres. Haciendo los ejercicios de aquella coach que te ayudaba a diseñar tu futuro. Respirando hondo, poniendo intención, manifestando.

No digo que esté mal. Digo que no es lo mismo.

Yo estaba en el lío. Tú estabas en el discurso sobre el lío. Y hay una diferencia enorme entre las dos cosas, aunque las dos parezcan trabajo.

Puedes diseñar toda la vida que quieras. Puedes construir castillos con palabras bonitas, con ejercicios de gratitud y propósitos de año nuevo. Pero una vida no se sostiene sobre visualizaciones. Se sostiene sobre lo que haces cuando nadie te está mirando, sobre cómo tratas a quienes te han dado todo, sobre los cadáveres que dejas en el camino mientras manifiestas tu mejor versión.

Eso no lo arregla ninguna coach.

viernes, 24 de julio de 2026

P. Sherman, calle Wallaby 42, Sídney

Hoy vengo a decir que lo mejor de Disney no son las princesas. Son esos personajes que, sin pretenderlo, te dicen algo verdadero sobre la vida.

Dori, la pez cirujana azul de Buscando a Nemo, tiene pérdida de memoria a corto plazo. Olvida casi todo casi siempre. Y sin embargo, en medio de ese olvido constante, había una dirección que permanecía (P. Sherman, calle Wallaby 42, Sídney). La dirección de su casa. Su recuerdo ancla. El lugar al que volver cuando todo lo demás se perdía.

En Inside Out, Riley tenía recuerdos núcleo. Bolas doradas que brillaban más que el resto porque no eran solo momentos, eran los cimientos de quién era. Y la película mostraba algo importante: que los recuerdos más valiosos no son siempre los más felices. Que a veces los que más pesan son los que mezclan las dos cosas, alegría y tristeza, porque esos son los que te dicen la verdad sobre lo que importa.

Todos tenemos un lugar así. Un recuerdo, una imagen, una sensación a la que volver cuando el resto falla. Quizás no lo tenemos identificado. Quizás no lo reconocemos hasta que lo necesitamos de verdad.

Siempre hay un sitio feliz al que volver. A veces solo hay que recordar dónde está.

jueves, 23 de julio de 2026

Desde que no estás.

 Desde que no estás soy más fuerte.

He tardado en entenderlo. Durante demasiado tiempo pensé que las cosas cambiarían, que solo necesitaban tiempo, que había que aguantar porque así funcionan los vínculos importantes. Porque era mi amiga de siempre. Porque era familia. Porque llevábamos años. Como si el tiempo acumulado fuera una deuda que hay que seguir pagando.

Pero hay cadenas que se disfrazan de lealtad. Y yo las llevaba puestas sin darme cuenta, convencida de que sostener era querer, de que aguantar era virtud. No lo era. Era miedo a soltar, a decepcionar, a ser la que rompe algo que en realidad ya estaba roto.

Aguanté de más. Y cuando por fin puse el límite, descubrí algo que no esperaba: que era capaz. Que la espiral en la que llevaba demasiado tiempo no era inevitable. Que soltar el lastre no me hundía. Me dejaba respirar.

Ahora tú tienes que cargar con tu propio peso, sostenerte sola. No me extraña que necesites podcasts, coaches y ejercicios para diseñar una vida ideal.
Cuando llevas años siendo sostenida por otros, aprender a tenerse en pie cuesta.

Desde que no estás soy más fuerte. Y eso lo dice todo.

martes, 21 de julio de 2026

El autocuidado, esa excusa.

Escuchando a Victoria Martín en una entrevista sobre su nueva serie, dijo algo que me quedó dando vueltas: que el autocuidado puede ser la peor palabra que hay.

Y tiene razón.

Hemos aprendido a hablar de salud mental, y eso es importante. Pero como todo lo importante, se ha convertido también en un arma. En la excusa perfecta para no hacerse cargo, para no asumir la parte que te toca, para no tirar cuando toca tirar. No puedo, es salud mental. No voy, es autocuidado. No me hago responsable, me estoy cuidando.

Hay gente que no puede. De verdad que no puede, y no hablo de eso. Hablo de los que sí pueden y eligen no hacerlo. De los que han convertido su malestar en el centro de todo y en la justificación de cualquier cosa. De los que llevan años en terapia, lo han probado todo, y siguen sin asumir que algo de lo que pasa también es suyo.

Y en ese camino, sin darse cuenta, se van convirtiendo en algo que la terapia debería evitar: personas que solo se ven a sí mismas. Que miden todo en función de cómo les afecta, que han perfeccionado tanto su narrativa del sufrimiento que ya no hay espacio para nadie más. El autocuidado mal entendido no cura. Fabrica narcisistas con muy buena conciencia.

Hacerse cargo no es ignorar el dolor. Es no usarlo como escudo.

sábado, 18 de julio de 2026

Al trescientos.

Hablamos mucho de poner límites. Poco de lo que pasa cuando dejas de tirar y descubres que sin tu esfuerzo algunas cosas no se sostienen.

No es una discusión. No es un enfado. Es algo más silencioso y más duro: darte cuenta de que llevabas años siendo el único motor de ciertos vínculos. Que proponer siempre, responder siempre, estar siempre, no era generosidad. Era supervivencia de una relación que sin ti no existía.

Sostener un vínculo en solitario no es estar al cien por cien. Es estar al trescientos. Y cuando la vida te pone en un momento en el que no tienes esa energía, cuando necesitas que alguien tire por ti, aparece la verdad. No con ruido. Con ausencia. Personas que tenían un lugar importante dejan de tenerlo en cuanto bajas la guardia. En cuanto no puedes más.

Ese es uno de los duelos más extraños. No lloras a alguien que se fue. Lloras a alguien que nunca estuvo del todo.

Y la vida es corta. Demasiado corta para seguir tirando de quien no solo no tira de ti, sino que te pone piedras y te quita la cantimplora.

jueves, 16 de julio de 2026

Yo creí que tenía una amiga.

Yo creí que tenía una amiga, se llamaba Emma Rodríguez Puente.

Creí que era de las que se quedan. De las que están cuando el día se tuerce, cuando necesitas que alguien coja el teléfono, cuando lo que pasa es demasiado para cargarlo sola. De las que no hace falta explicarles mucho porque ya saben.

Estuve equivocada.

No fue una traición de golpe. Fue un desengaño lento, de esos que se van acumulando en silencio hasta que un día haces las cuentas y los números no cuadran. Las veces que estuve y no estuviste. Las veces que di sin que nadie preguntara si me quedaba algo. Las veces que esperé algo que no llegó.

Treinta y cinco años no se dan por perdidos de golpe. Se van gastando.

Y llegó un momento en que me quedé sin fe. No sin cariño, que eso es más difícil de apagar. Sin fe en que las cosas fueran a cambiar. Sin ganas de volver a intentarlo. Sin fuerzas para recuperar algo que ya no reconocía.

Así que no me fui enfadada. Me fui cansada. Que es mucho más definitivo.

Ahora estoy en ese lugar donde lo que te pase ya no me roza. No lo busqué. Lo construyó el tiempo, a su ritmo, mientras yo miraba hacia otro lado esperando que algo cambiara.

No cambió.

Y yo ya no estoy.

miércoles, 15 de julio de 2026

El mismo cuchillo



Sabías dónde dolía. Las heridas que no cierran del todo, las que siguen ahí aunque pase el tiempo, aunque finjas que ya no.
Lo sabías.

No sé si fue consciente o si simplemente no te importé lo suficiente como para pensarlo. Pero el resultado es el mismo: hiciste exactamente lo que más daño podía hacerme.
De la misma forma, con el mismo silencio, con la misma ausencia que ya me rompió una vez.
Sin remordimientos, sin mirar atrás.

Sabías perfectamente cómo hacerme daño.
Y lo hiciste.
Te felicito:
Fuiste capaz de olvidar todo lo que hubo, de ignorar años enteros, y dar exactamente donde más iba a doler. Con una precisión que solo tiene quien te conoce de verdad.

Algunas personas no te clavan un cuchillo.
Te clavan el mismo que ya tienes.


(Gracias por todo y descansa en paz, ERP)

lunes, 13 de julio de 2026

Rutinas

 Hay una versión de mí que era más flexible. Que decía que sí a los planes de última hora, que no necesitaba saber de antemano qué iba a pasar ni cuándo. Pero hace tiempo que me he acomodado tanto a mis rutinas que cualquier cosa que las altere me parece una molestia. Un plan imprevisto, una visita, un cambio de última hora. Cosas que antes asumía sin más, ahora me cuestan el doble de energía anímica.

Soy consciente de lo limitante que es. Pero no me siento mal por ello.
Es donde estoy ahora, y hay cierta paz en saberlo.
Las rutinas también son una forma de cuidarse.

sábado, 11 de julio de 2026

Visto. (Te leyó, te soltó)

Hay algo en el "visto" que no tiene vuelta atrás. No es que no haya llegado el mensaje. No es que no hayas tenido tiempo. Es que lo leíste, lo procesaste y decidiste que no merecía respuesta. O que yo no la merecía.

El visto no es una ausencia. Es una decisión.

Pero el "visto" se acumula. Y llega un momento en que ya no hay explicación que lo cubra. Porque el visto también habla. Y nada dice "no me importas" tan claramente como leer un mensaje y no contestar.

Me dejaste en visto y acabé por entender el mensaje. No el que yo te mandaba. El tuyo. El que me estabas enviando sin contestar.

Que no estabas.

Que no querías estar.

Que era más fácil ignorar que decirlo.

Me dejaste en visto dieciocho días.

Y te bloqueé.

jueves, 9 de julio de 2026

Lo que no escribo

Llevo tiempo escribiendo sobre personas, sobre pérdidas, sobre cosas que dolieron. Y hace poco me di cuenta: si escribo sobre alguien, es que ya no me duele tanto como creía. Lo que realmente me duele no llega al papel. Se queda dentro, sin palabras, ocupando un sitio al que nadie puede entrar.

Mi escritura no miente. Soy yo la que mido sin darme cuenta.
Y también me curo sin notarlo.

martes, 7 de julio de 2026

El desván.

Quédate las fotos que guardas en un desván. Ya no las quiero.

Me las robaste hace años, igual que otras cosas que tampoco voy a reclamar. Las guardaste sin permiso, como si fueran tuyas, como si tuvieras derecho a quedarte con trozos de mí.

Algún día las encontrarás. Abrirás una caja, o un cajón, o cualquier cosa que uses para enterrar lo que no quieres ver, y estarán ahí. Y entonces recordarás el tipo de persona que fuiste. El tipo de persona que eras conmigo.

Espero que eso pese.

Quédatelas. Yo no tengo nada que quiera recordar. 

Y eso, viniendo de mí, lo dice todo.


(De verdad, Emma Rodríguez Puente, quédate todo.)


lunes, 6 de julio de 2026

La apropiación terapéutica

Hace poco vi un programa de televisión hablando de un término que no conocía: la apropiación terapéutica. Personas que dicen "hay que cuidarse", "poner límites", "ser vulnerable", que manejan todo el vocabulario del bienestar emocional, y que sin embargo se comportan de forma egoísta y manipuladora. Narcisistas disfrazados de gente trabajada.

No encontré el término en ningún manual de psicología. Pero sí encontré la idea, mucho antes de que existiera el nombre. Christopher Lasch ya advertía en los años setenta, en La cultura del narcisismo, que ciertos aspectos de la autorrealización y el autoconocimiento podían convertirse en formas sofisticadas de egocentrismo.

Y detrás de buena parte de este fenómeno hay algo muy concreto: el coaching, tal y como se practica hoy, no está regulado en España. Cualquiera puede hacer un curso de fin de semana y llamarse coach de vida, coach emocional, coach de lo que sea. No hace falta titulación, no hay colegio profesional, no hay control. Ha habido incluso condenas por intrusismo a coaches que se hicieron pasar por psicólogos. Son gurús de nada, con la autoridad que les da un certificado sin valor y un discurso bien aprendido.

Construir una frase vacía no cuesta nada. "Mereces brillar." "Tu energía atrae lo que vives." "El universo conspira a tu favor." Frases que no significan nada concreto pero que suenan profundas, y que funcionan precisamente porque no se pueden discutir. Construir un ejercicio absurdo tampoco cuesta nada: escribe tres cosas por las que estás agradecida, visualiza tu mejor versión, corta el cordón energético con quien te hace daño. Y con eso, con frases vacías y ejercicios sin sustancia, es asombrosamente fácil convertir a alguien en un monigote. Alguien que repite el guion sin cuestionarlo, que confunde obediencia con sanación, que deja de pensar por sí mismo porque ya hay un manual que le dice qué sentir y cuándo.

El margen entre cuidarse y convertirse en un narcisista, o directamente en un gilipollas, es más estrecho de lo que parece. Y se cruza fácil. Empieza con un "esto es lo que necesito ahora" y termina con un "y a los demás que les den". El autocuidado real no necesita explicarse todo el tiempo, ni venderse en un posfondo motivacional. El que lo necesita constantemente, normalmente, está vendiendo otra cosa: una versión de sí mismo que le permite no responsabilizarse de nada. Hablan de poner límites mientras pisan los de los demás. Hablan de responsabilidad afectiva mientras desaparecen sin avisar. El autocuidado, mal entendido, es el timo perfecto: parece virtud y es excusa.

He conocido gente que, tras pasar por multitud de coaches de todo tipo, ha convertido su vida en una farsa. Papeles llenos de ejercicios para construir la vida soñada, frases subrayadas, propósitos redactados con buena letra. Y debajo de todo eso, la misma función de siempre: justificar lo injustificable con vocabulario nuevo.

La pregunta que hacían en el programa era sencilla y certera: cuánta distancia hay entre lo que dice esa persona y lo que hace. Ahí está siempre la respuesta.

domingo, 5 de julio de 2026

Siempre Volviendo.

En Punto de araña, Nerea Pallares escribe: "A veces, aunque te muevas, no viajas. A veces lo que pasa es que estás siempre volviendo."

Me quedé con eso. Y he estado pensando.

Puedes haber visto el Perito Moreno y la estatua de la Libertad, hecho safari en Kenia, buceado en Maldivas, recorrido México, entrado en antros en Cuba, pateado China de arriba a abajo, recibido buenas noticias en Ushuaia, pasado días en Nápoles, incluso comprar allí un coche. Puedes haber tenido un Stendalazo en Ronda que todavía no sabes muy bien cómo explicar. Y aun así perderte por completo. No en el mapa. En lo real.

Porque se puede acumular mundo y seguir sin habitar el propio. Se puede llenar el pasaporte y tener el interior sin sellar. Moverse mucho y no avanzar nada.

A veces viajar es la forma más elegante de no llegar a ningún sitio.

viernes, 3 de julio de 2026

Las gafas de espejo.

A los doce o trece años me empeñé en unas gafas de sol de espejo con montura granate. No era una niña caprichosa, pero aquellas gafas eran un sueño y no paré hasta conseguirlas. Las tuve y las disfruté. Y hacía años que no me acordaba de ellas hasta hoy.

También recuerdo perfectamente la mochila con la que iba a la playa todos los veranos, los bolígrafos con olor, los chinos de la suerte, algunos objetos que usé durante años en el colegio. Esos sí quedaron grabados en mí. Sin embargo hay infinitas cosas que no recuerdo y que en su momento me hicieron feliz. No sé muy bien por qué unos y otros no.

Hay cosas que queremos con una intensidad que parece imposible de sostener. Y después de conseguirlas, desaparecen. No de golpe. Simplemente dejan de ocupar sitio. No pasa solo con los objetos. Pasa con personas, con etapas, con versiones de nosotros mismos que un día fueron todo y luego dejaron de serlo.

Hay dolores que pensábamos que nos matarían y que, con los años, se fueron mitigando hasta casi no reconocerlos. Hay etapas enteras que la vida va dejando atrás mientras avanza.

Hace unos días soñé que estaba con mis abuelos en su casa. Mi abuela me iba a hacer caldo cuando me desperté. Lloré por ellos como cuando me faltaron, con una intensidad que no tenía desde hacía años. Me pasé el día llorando. Esa tarde me abracé a mi madre y seguí llorando abrazada a ella. Mis abuelos se fueron hace más de 20 años.

Hay personas que se quedan para siempre en nosotros, que siguen aquí mientras avanzamos y no se van. Hay otras que se quedan en un cajón, con las gafas de espejo y la mochila de la playa.

jueves, 2 de julio de 2026

El coste del silencio

Hay una idea que me ronda la cabeza últimamente. La que dice que el problema no es lo que pasa, sino cómo reaccionamos. Que si aprendiéramos a contenernos, a esperar que se nos pase, a no dejarnos arrastrar, viviríamos mejor.

Lo leí hace meses en un artículo de El País Semanal que partía de un ejemplo llamativo: Elon Musk acusando a Donald Trump y pagando después el precio económico de hablar en caliente. La conclusión parecía evidente. Reaccionar sale caro. Desde ahí el artículo lo extrapolaba a lo cotidiano: amistades que se rompen, clientes que se pierden, relaciones laborales que se tensan. Expresar lo que uno siente aparecía casi como una forma de torpeza emocional. La propuesta era clara: contenerse, regular la emoción, no reaccionar.

Hasta ahí todo parece coherente. Pero hay algo que ese texto no se preguntaba en ningún momento: ¿qué se pierde cuando dejamos de reaccionar?

No todo arrebato es inmadurez. No toda contención es sabiduría. A veces cuando nos invitan a callar no se nos está enseñando a vivir mejor. Se nos está enseñando a no incomodar. Y hay una diferencia enorme entre las dos cosas.

No reaccionar no siempre es un gesto interior. Muchas veces es una exigencia social. Callar para no perder un vínculo. Callar para no parecer excesivos. Callar para no ser el problema. El mundo funciona mejor cuando la gente no dice lo que siente. Te vuelves más funcional, más previsible, más manejable.

Pero el coste de no decir las cosas también existe. Solo que es menos visible. Se acumula, se somatiza, se convierte en cinismo, en desgaste, en una calma que no es paz sino agotamiento. En distancia de lo que te importa.

No reaccionar ahorra conflictos en la misma medida que ahorra verdad. Y puede que, a largo plazo, el precio de esa serenidad no sea la calma, sino la pérdida progresiva de algo mucho más difícil de recuperar: la capacidad de decir cuándo algo ha dejado de ser tolerable.

No todo enfado es ruido. No toda reacción es inmadurez. Y no todo silencio es sabiduría.

A veces reaccionar no es perder los papeles. Es la única forma de no perderse a uno mismo.

miércoles, 1 de julio de 2026

Reglas de manada

Los animales que viven en manada tienen reglas. No escritas, no negociadas, pero presentes y conocidas por todos. El alimento se reparte. El espacio se comparte. El grupo funciona porque cada individuo, en algún momento, pone al conjunto por delante de sí mismo. Los que no lo hacen son expulsados, ignorados o simplemente no vuelven a ser invitados.

Los humanos llevamos haciendo lo mismo desde que vivíamos en cuevas. Las tribus sobrevivían porque había un código tácito: lo que es de todos es de todos, y nadie come solo mientras otro pasa hambre. No hacía falta escribirlo ni explicarlo. Se sabía. Y quien no lo sabía, quedaba fuera.

Esas reglas no han desaparecido. Siguen operando en los grupos modernos, en las reuniones de amigos, en los viajes compartidos, en cualquier espacio donde varias personas deciden, temporalmente, formar una unidad. No hacen falta acuerdos explícitos. La mayoría lo entiende de forma instintiva, casi sin pensarlo.

Pero hay quien no lo entiende. O quien, entendiéndolo, decide que no aplica en su caso. Que sus necesidades son más urgentes que las del grupo. Que lo que está sobre la mesa es suyo aunque lo hayan puesto entre todos. No siempre es maldad consciente. A veces es simplemente una forma de estar en el mundo que sitúa el núcleo propio por encima de cualquier otra cosa. El problema es que esa forma de estar en el mundo no funciona en manada.

Y las manadas, aunque no lo digan, lo notan siempre.

martes, 30 de junio de 2026

Desvalorización.

Hay cosas que no se compensan con el tiempo.
Treinta y cinco años de recuerdos, de momentos, de todo lo que construyes con alguien, pueden perder su valor de golpe. No hace falta mucho. A veces basta una sola cosa, dicha o hecha en el momento equivocado, para que todo lo anterior quede en entredicho.

La falta de respeto no borra los recuerdos.
Los envenena.

domingo, 28 de junio de 2026

Di la verdad, Emma Rodríguez Puente

 Ni se te ocurra decir que te abandoné. Ni que te dejé en la estacada, ni que dejé de contestar. Porque no es eso lo que pasó.

Di que no estuviste a la altura. Que te perdiste en discursos emocionales y cuando llegó el momento de volver, no supiste cómo. Que repasando nuestra historia con honestidad, te salió a deber. Que nunca preguntaste por mí, que el mundo siempre giró sobre tu eje y cuando dejó de hacerlo, me dejaste caer. Que toda la conversación era tuya y todo el apoyo, mío.

Puedes contarlo como quieras. Puedes construir tu versión, limpiarla, darle la forma que necesites hasta que no reconozcas tu imagen. Hasta que ya no dejes nada en pie.

Las dos sabemos qué pasó. Y una de las dos va a tener que vivir con eso.

Construye lo que quieras. Pero antes repasa sobre qué lo estás levantando.

sábado, 27 de junio de 2026

Ni una lágrima

No he llorado. Ni una lágrima.

Llevo meses dolida, sintiendo esta pérdida como un duelo. Y sin embargo no he llorado. Yo, que lloro con el anuncio de la lotería, con Inside Out y con algún capítulo de Stranger Things, no he derramado ni una lágrima por esto.

Me extraña, pero no me inquieta. He llorado mucho a lo largo de mi vida. Por personas, por momentos, por cosas que importaban de verdad. Quizás el cuerpo sabe lo que la cabeza tarda en admitir. Quizás las lágrimas, como el tiempo, no se malgastan en cualquier cosa.

No he derramado una lágrima. No sé si eso dice algo de mí o dice algo de lo que perdí.

jueves, 25 de junio de 2026

2026. El año de rupturas que parecían imposibles.

¿Quién nos iba a decir hace un año que estaríamos así?

Este 2026 está siendo un año de rupturas que parecían imposibles. Andy y Lucas, veinte años de dúo y de amistad que se rompió por dinero y una traición. Abascal y Ortega Smith, que construyeron juntos un partido desde cero y hoy están en lados opuestos. Ana Milán y Sebastián Gallego, que compartían risas y confidencias en un podcast y un día dejaron de hacerlo sin que nadie explicara muy bien por qué.

Y yo, que dejé atrás un lastre, una rémora. Alguien que durante décadas ocupó sitio sin aportar nada, que pesaba sin que yo me diera cuenta de cuánto. Que ha sido capaz de alejarse de mí y de los míos sin mirar atrás.

Echo de menos a veces esa idea irreal que yo tenía. 

Pero respiro mejor.

martes, 23 de junio de 2026

El mínimo

Creía que era de las que aguantan todo. Y en parte lo soy. He aguantado silencios, ausencias, medias verdades y promesas que se fueron deshaciendo solas. He dado margen, he esperado, he justificado lo que no tenía justificación.

Pero hay cosas que no tolero. Las traiciones. La deslealtad disfrazada de amistad. A quien muerde la mano que le dio de comer, o que algún día se la dio, cuando ya no le resulta útil. A quien recibe y luego actúa como si nunca hubiera recibido nada.

Para mí la lealtad no es negociable. El respeto tampoco. La sinceridad tampoco. No son virtudes que admiro desde lejos, son el mínimo desde el que yo opero y desde el que espero que operen los que están a mi lado.

Y cuando alguien no llega a ese mínimo, no me enfado. Me retiro. Sin ruido, sin escena, sin darle más de lo que merece.

Que es exactamente lo que hice contigo.

domingo, 21 de junio de 2026

No sé qué es peor.



Hay personas que tienen de ti absolutamente todo. El tiempo, la presencia, la verdad. Lo que no dices a casi nadie. Lo que cuesta. Lo que duele. Todo.

Y aun así, cuando las necesitas, no están.

Me dejaste dando tumbos en mitad del camino. Sin mirar atrás. Sin preguntarte si seguía avanzando. Como si todo lo que di tuviera fecha de caducidad y yo no me hubiera enterado.

Mis hijas preguntan. Y no tengo respuesta. Solo tengo la verdad: que te dije que estaba devastada, que habían sido unos meses muy duros, y que desapareciste. Así. Sin más.

Lo que más me rompe no es la ausencia. Es la versión que estoy segura te has construido. Una en la que yo soy la mala, en la que tú sales limpia, en la que de alguna manera que no alcanzo a entender el problema está en mí. Espero que cuando te mires al espejo no te mientas y recuerdes exactamente qué pasó. Y vivas con ello.

Di hasta el último momento. Hasta cuando no tenía nada que dar. Hasta cuando yo también estaba rota. 

Y aun así estuve. Porque así entendía yo la amistad. Porque así te quería.

No fue suficiente. O sí lo fue, y por eso ya no me necesitabas.

No sé qué es peor.


(Para Emma Rodrígues Puente, que descanse en paz)