lunes, 30 de marzo de 2026

Ya no ocurrirá nada

Hay personas con las que me imaginé envejeciendo y con las que hoy sé que no voy a envejecer.

Una de ellas fue mi compañera de camino durante treinta y cinco años.

Hoy sé que ya nunca fumaremos a medias un chisme, compartiendo el silencio como se comparten las cosas que no hacen falta explicar. Ya nunca más escucharemos música mientras nos bañamos en su piscina.

Hoy sé que no pasaré las tardes de mi vejez jugando al tute. Al menos, no con esa que era familia.

Hoy sé que tampoco pasaré la vejez en un pueblo coruñés. Al menos, no en ese pueblo coruñés.

No tomaremos cervezas sentadas al sol en su jardín. Ella sí, claro. Pero yo ya no tomaré estrellas al sol en su jardín.

Lo que más duele casi nunca es el pasado (que fue bonito, y también tuvo, evidentemente, sus grietas), sino el futuro. Todo lo que iba a ser y no será. Duele desprenderse del futuro porque, en nuestra cabeza, siempre fue bonito.

Y aceptar eso no es traición al pasado. Es una forma de honrarlo sin quedarme a vivir en él.

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