Hay personas que se quedan contigo solo hasta que dejan de necesitarte. Llegan rotas, te usan como refugio mientras sanan, mientras tú entregas tiempo, paciencia y un amor verdadero. Y cuando recuperan fuerzas y seguridad, se marchan sin mirar atrás.
Jamás se detienen a mirar tus heridas, tus propios rotos, ni a preguntarse si aún te queda fuerza para sostenerte.
Por eso conviene aprender a reconocer estas dinámicas a tiempo: no todo el que llega herido viene a cuidarte después, y no toda entrega merece que te quedes sin ti. Guardar tus límites también es una forma de amor.
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