viernes, 12 de junio de 2026

Empezó con una mota

La perla no nace de algo bueno. Nace de una intrusión, de una mota de polvo o de arena que se cuela en la concha sin permiso y sin aviso. Una pequeña agresión que el molusco no puede expulsar.

Entonces hace lo único que sabe hacer: cubrirla. Capa a capa, despacio, con nácar. No para olvidarla. Para sobrevivir a ella.

Y así, alrededor de algo que no debería estar ahí, crece una de las cosas más valiosas que existe.

Y no solo hablo de ostras.

miércoles, 10 de junio de 2026

Mentiras bien vestidas

Hay frases que son mentiras bien vestidas:
"Perdono pero no olvido."
"Envidia sana."
Oxímoron y contradicciones que usamos para quedar bien con los demás y con nosotras mismas.
Como si ponerle un nombre bonito a algo incómodo lo hiciera más aceptable. Como si la envoltura cambiara lo que hay dentro.
La envidia no es sana.
El perdón que no olvida no es perdón.

Son frases que nos absuelven sin que tengamos que cambiar nada.
Son coartadas.

lunes, 8 de junio de 2026

Arrancar de raíz

He estado viendo vídeos en TikTok sobre cómo cuidar un jardín. No tengo jardín.

En casi todos empiezan igual: antes de plantar, antes de regar, antes de cualquier otra cosa, hay que arrancar. La maleza, las malas hierbas, lo que crece sin permiso y se lleva el agua y la luz de lo que sí quieres que viva. Dicen que no basta con cortarla. Hay que sacarla de raíz, porque si dejas algo enterrado, vuelve.

Un jardín sano no es el que tiene más flores. Es el que sabe lo que no puede permitirse que crezca.

Y no solo hablo de jardines.

domingo, 7 de junio de 2026

Lo que no tiene alternativa.

Nunca fui de llamadas. Hablar no se me ha dado especialmente bien, y una pérdida auditiva que me acompaña hace años lo condiciona todavía más. Escribir, en cambio, siempre fue mi forma natural de comunicarme. Y durante años, lo hice en papel.

Cuando era pequeña pasaba los veranos en el pueblo de mis padres. En la adolescencia tenía allí mi grupo de amigas. Ellas se veían el resto del año. Yo no. Vivía lejos, sin móvil, con un teléfono fijo que costaba una fortuna usar.

Así que a veces cogía un boli y les escribía cartas. Para que no se olvidaran de mí. Para que supieran que pensaba en ellas aunque no estuviera.

En los largos inviernos, escribirles era también volver allí. Al calor de ese verano, a esas tardes, a esas personas que seguían su vida mientras yo esperaba que llegara julio.

Algunas me escribían de vuelta. Tras más de media docena de mudanzas he perdido todas esas cartas. Pero no he olvidado lo que era encontrar un sobre en el buzón con tu nombre escrito a mano. Alguien pensó en ti. Se sentó, buscó papel, escribió, buscó un sello. Nada de eso es inmediato ni fácil. Ahí estaba el valor.

Un pedacito de mí murió cuando dejé de escribir cartas porque ya no "hacían falta": emails, luego Facebook, Messenger, WhatsApp, DMs.

Ahora el buzón solo trae recibos, publicidad y, en el peor de los casos, algo de Hacienda. Como tantas cosas de la infancia, abrirlo dejó de ser motivo de ilusión.

He visto grupos de personas organizados para enviarse cartas periódicamente. Negocios en los que te dejas escrita una carta y ellos te la envían pasado un tiempo. Lo entiendo. Pero no será lo mismo.

Una carta tenía esa carga porque era la única opción. Escribías porque no había otra manera de llegar. Ahora sería un gesto bonito, casi un acto performativo. La nostalgia disfrazada de conexión.

Lo que hacía especial a una carta era que no había alternativa. Y eso ya no se puede recuperar.

viernes, 5 de junio de 2026

El programa del atardecer. Jung tenía razón: La segunda mitad pide otra cosa.

Jung decía que no podemos vivir el atardecer de la vida con el mismo programa que la mañana. Que la primera mitad está hecha de construcción: la identidad, el lugar en el mundo, los vínculos, los logros. Y que la segunda exige otra cosa. Soltar. Profundizar. Preguntarse qué queda cuando se quita todo lo que se hizo para los demás.

Durante años construí. Una familia, una manera de estar en el mundo, vínculos que creía sólidos. Me moví con el programa de la mañana sin preguntarme si seguía siendo el mío.

Y llegó un día en que el programa dejó de funcionar. No de golpe. Despacio, como cuando algo se afloja sin que nadie lo note hasta que ya no sostiene.

Miré atrás y vi cosas que había cargado demasiado tiempo. Personas que ocuparon más espacio del que merecían. Miedos que me convencieron de quedarme quieta. Versiones de mí misma que construí para encajar en lugares que ya no eran míos.

Y miré adelante. No con el vértigo de los veinte, sino con otra cosa. Con la claridad de quien ya sabe lo que no quiere. De quien ha perdido cosas y ha sobrevivido. De quien empieza a entender que lo que queda, si se cuida, puede ser lo mejor.

Jung tenía razón. El atardecer pide otro programa. Uno más honesto. Más descarnado. Más tuyo.

Yo estoy escribiendo el mío.

miércoles, 3 de junio de 2026

La isla

Estoy leyendo un libro en el que la protagonista construye una isla. Un lugar con nombre, con paisaje, con personas. Un refugio tan elaborado que parece más real que lo real. Solo al final entiendes que ese lugar no existe. Que fue la única forma que encontró su mente de sobrevivir a algo que no podía sostener consciente.

Hay un nombre para eso. La disociación: la capacidad de la mente de separarse de una realidad insoportable y habitar otro sitio. No es debilidad. Es, en muchos casos, lo único que queda cuando no hay salida.

El cerebro no distingue entre amenaza real y amenaza recordada. El mismo mecanismo que nos construye una isla cuando lo necesitamos es el que nos despierta a las tres de la mañana con el corazón acelerado por algo que quizás ni ocurrió. El que nos protege de lo insoportable y el que nos hace insoportable lo que no debería serlo. A veces nos salva. A veces nos secuestra.

Yo no fui a ninguna isla. Cuando la realidad era dura, me quedé en ella. Construí muros, sí. Pero la realidad estaba conmigo al otro lado, y yo lo sabía. Hay una diferencia enorme entre protegerse dentro de la realidad y abandonarla por completo. Las dos son formas de sobrevivir. Solo que una te deja con los pies en el suelo y la otra te los levanta del todo.

Y sin embargo, no juzgo a quienes se van a su isla. A veces el suelo quema. Hay realidades que no se pueden habitar, situaciones en las que marcharse hacia adentro es el único camino que queda. Mujeres como Gisèle Pelicot, o como el personaje de ese libro, no se rompieron. Encontraron la forma de seguir existiendo con lo que tenían. Eso no es huida. Es heroísmo de la única clase que importa: el que nadie ve.

martes, 2 de junio de 2026

Sin esa virtud

Confieso que yo no perdono. Tampoco olvido.
No tengo esa virtud. Soy incapaz.

Lo he intentado. Me he dicho que soltar es de sabias, que cargar con el rencor solo me pesa a mí. Y es verdad. Pero saber algo y poder hacerlo son cosas distintas.

No perdono. Y tampoco vivo instalada en el rencor, aunque lo visite.
No quiero olvidar. Quiero recordar exactamente qué y quién me trajo hasta aquí.


Recuerdo.

Y elijo desde ahí.