domingo, 7 de junio de 2026

Lo que no tiene alternativa.

Nunca fui de llamadas. Hablar no se me ha dado especialmente bien, y una pérdida auditiva que me acompaña hace años lo condiciona todavía más. Escribir, en cambio, siempre fue mi forma natural de comunicarme. Y durante años, lo hice en papel.

Cuando era pequeña pasaba los veranos en el pueblo de mis padres. En la adolescencia tenía allí mi grupo de amigas. Ellas se veían el resto del año. Yo no. Vivía lejos, sin móvil, con un teléfono fijo que costaba una fortuna usar.

Así que a veces cogía un boli y les escribía cartas. Para que no se olvidaran de mí. Para que supieran que pensaba en ellas aunque no estuviera.

En los largos inviernos, escribirles era también volver allí. Al calor de ese verano, a esas tardes, a esas personas que seguían su vida mientras yo esperaba que llegara julio.

Algunas me escribían de vuelta. Tras más de media docena de mudanzas he perdido todas esas cartas. Pero no he olvidado lo que era encontrar un sobre en el buzón con tu nombre escrito a mano. Alguien pensó en ti. Se sentó, buscó papel, escribió, buscó un sello. Nada de eso es inmediato ni fácil. Ahí estaba el valor.

Un pedacito de mí murió cuando dejé de escribir cartas porque ya no "hacían falta": emails, luego Facebook, Messenger, WhatsApp, DMs.

Ahora el buzón solo trae recibos, publicidad y, en el peor de los casos, algo de Hacienda. Como tantas cosas de la infancia, abrirlo dejó de ser motivo de ilusión.

He visto grupos de personas organizados para enviarse cartas periódicamente. Negocios en los que te dejas escrita una carta y ellos te la envían pasado un tiempo. Lo entiendo. Pero no será lo mismo.

Una carta tenía esa carga porque era la única opción. Escribías porque no había otra manera de llegar. Ahora sería un gesto bonito, casi un acto performativo. La nostalgia disfrazada de conexión.

Lo que hacía especial a una carta era que no había alternativa. Y eso ya no se puede recuperar.

No hay comentarios: