Hay personas que tienen de ti absolutamente todo. El tiempo, la presencia, la verdad. Lo que no dices a casi nadie. Lo que cuesta. Lo que duele. Todo.
Y aun así, cuando las necesitas, no están.
Me dejaste dando tumbos en mitad del camino. Sin mirar atrás. Sin preguntarte si seguía avanzando. Como si todo lo que di tuviera fecha de caducidad y yo no me hubiera enterado.
Mis hijas preguntan. Y no tengo respuesta. Solo tengo la verdad: que te dije que estaba devastada, que habían sido unos meses muy duros, y que desapareciste. Así. Sin más.
Lo que más me rompe no es la ausencia. Es la versión que estoy segura te has construido. Una en la que yo soy la mala, en la que tú sales limpia, en la que de alguna manera que no alcanzo a entender el problema está en mí. Espero que cuando te mires al espejo no te mientas y recuerdes exactamente qué pasó. Y vivas con ello.
Di hasta el último momento. Hasta cuando no tenía nada que dar. Hasta cuando yo también estaba rota.
Y aun así estuve. Porque así entendía yo la amistad. Porque así te quería.
No fue suficiente. O sí lo fue, y por eso ya no me necesitabas.
No sé qué es peor.
(Para E.R.P. que descanse en paz)
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