Se nos ha vendido que el amor verdadero es incondicional. Que la amistad de verdad no tiene límites. Que si pones condiciones, es que no quieres de verdad.
Es mentira.
Todo necesita condiciones para sobrevivir. El fuego necesita oxígeno. Las plantas necesitan luz. Las personas necesitan ser tratadas con respeto, con reciprocidad, con la consideración básica de que también tienen un límite. Eso no es poner condiciones. Es reconocer que nada puede darse indefinidamente sin recibir nada a cambio.
El amor incondicional es una trampa disfrazada de virtud. Una forma de pedirle a alguien que siga dando aunque no reciba nada, que siga estando aunque nadie esté para él, que siga queriendo aunque le hagan daño. Y llamarlo lealtad. Y llamarlo entrega. Y llamarlo generosidad.
La calidad del amor no se mide por cuánto eres capaz de aguantar. Eso no es amor, es resistencia. Y confundirlos es manipular los términos hasta hacerte el traje que mejor te sienta, el que te permite exigir sin dar, quedarte sin corresponder, desaparecer sin consecuencias.
Las relaciones que valen la pena tienen condiciones. Se llaman respeto, reciprocidad, presencia. Y cuando dejan de cumplirse, está bien irse. No es debilidad. Es saber cuánto vales.