Cuando era pequeña siempre me ponía mala. Recuerdo pasar toda cuanta enfermedad infantil existía, una detrás de otra. Mi madre me decía que era una flor de loto.
Con el tiempo he sabido que tenía razón.
El loto crece en el barro. No a pesar de él, sino gracias a él. Sus raíces se anclan en el sedimento más denso y oscuro del fondo, en la descomposición, en lo que otros descartarían. Necesita esa presión, esa oscuridad, esa densidad para sujetarse. Sin barro no hay raíz. Sin raíz no hay flor.
Y luego emerge. Limpio, intacto, sin rastro del lodo del que viene. Como si nada.
He pensado mucho en eso últimamente.
En todo lo que se ha ido descomponiendo a mi alrededor estos años. Las pérdidas, las decepciones, los vínculos que no eran lo que creía, las versiones de mí misma que tuve que soltar para poder seguir. Todo ese barro que en su momento pesaba y oscurecía y del que no veía la salida. Todo aquello que viví convencida de que me estaba hundiendo.
Pero resulta que era el sustrato. Que sin todo eso no habría donde afianzarse. Que la presión, la oscuridad, la densidad, no eran el problema. Eran la condición. Eran exactamente lo que necesitaba para echar raíces de verdad, de las que no se van con el primer temporal.
He tardado en entenderlo. Y hay días en que todavía cuesta creerlo.
Pero sé que tengo raíces. Sé lo que costaron. Y sé que ninguna flor que valga la pena crece en tierra fácil.