Después de ver recomendada La vida de Chuck en redes sociales una mañana que tenía tiempo, empecé a verla. A pocos minutos de empezar estaba ensimismada con este discurso basado en el Calendario Cósmico de Sagan:
El universo tiene 15.000 millones de años. Si cogiéramos todo eso, los 15.000 millones de años, y los comprimiéramos en un año natural, entonces el Big Bang tendría lugar en el primer segundo del 1 de enero. Y hoy, ahora mismo, estaríamos en el último milisegundo del último minuto del último día, el 31 de diciembre. Pero si volvemos al principio, si el Big Bang se produce la medianoche del 1 de enero, entonces cada mes del calendario dura 1.250 millones de años.
El universo empieza el 1 de enero, pero la Vía Láctea no se formó hasta mayo. Nuestro Sol y nuestra Tierra no aparecieron hasta mediados de septiembre. La vida apareció poco después, pero no nosotros.
Hasta el 31 de diciembre. El último día del calendario. Y los primeros seres humanos de la Tierra hicieron su debut sobre las 10.30 de la noche. Las 10.30 de la noche del último día. Cada minuto equivale a 30.000 años, así que a las 11.46 de la noche, hace solo 14 minutos, la humanidad dominó el fuego. Y ya no quedan minutos, sino segundos.
A las 11.59 y 20 segundos, comenzó la domesticación de plantas y animales. A las 11.59 y 35 segundos, las comunidades agrícolas evolucionaron hacia las primeras ciudades. La historia de los registros, toda persona de la que hemos oído hablar, y hasta el último acontecimiento de nuestros libros de historia, ocurre en los últimos diez segundos. Los últimos diez segundos del último minuto del último día del calendario. El 31 de diciembre.
Me quedé pensando en eso un buen rato. En lo pequeños que somos. En lo reciente que es todo lo que consideramos importante. En que nuestras guerras, nuestras glorias, nuestros dramas personales, todo ocurre en un parpadeo dentro de algo que ni siquiera puede medirse a escala humana.
No eres más que un microsegundo.
Y aun así, aquí estás, creyéndote el centro.

