Dice la leyenda que cada persona nace con un hilo rojo atado al dedo meñique. Un hilo invisible que la conecta con todas las personas con las que está destinada a cruzarse, a querer, a compartir algo importante. El hilo puede enredarse, estirarse, tensarse hasta casi romperse. Pero nunca se corta. Así, dice la leyenda, funcionan los lazos del destino.
Es una historia preciosa. Y durante mucho tiempo me la creí.
Pero nadie habla de los otros hilos rojos. Los que no vienen del destino sino del hábito, del miedo, de la necesidad de no estar sola. Los que también son rojos, también parecen importantes, también se sienten como algo que merece la pena conservar. Y sin embargo se van enredando alrededor de ti sin que te des cuenta, poco a poco, hasta que un día intentas moverte y no puedes.
Hilos rojos que atan sin conectar. Que ahogan sin sostener. Que llevas tanto tiempo cargando que ya los confundes con parte de ti misma.
Y hay hilos que no se pueden desenredar. Que solo se pueden cortar.
No es una traición al destino. Es aprender a distinguir lo que te une de lo que te ata. Es supervivencia.
