Me regalaron una Tillandsia cyanea por el día de la madre. Pluma rosa, la llaman. Una planta que no necesita mucho: luz indirecta, algo de humedad, poco más.
Lo más peculiar de esta planta es su floración. Desde el centro emerge una espiga ancha y plana, de un rosa intenso y brillante, que puede durar entre uno y tres meses. Es la bráctea, una estructura formada por hojas modificadas cuya función es proteger las flores que nacen en sus bordes. Esas flores son pequeñas, violetas, delicadas. Pueden llegar a ser hasta veinte, y aparecen de forma progresiva, una tras otra, durante semanas.
Lo que no sabía es que cada flor violeta que nace va robándole color a la bráctea rosa. Poco a poco, a medida que florecen las pequeñas, la grande va perdiendo su intensidad. Se va poniendo marrón. Cuando la última flor cae, la planta madre ha dado todo lo que tenía. Ya no vuelve a florecer. Pero antes de morir, genera hijuelos en su base. Nueva vida que crece desde lo que se agota.
La bráctea no pierde. Entrega. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas. Las flores pequeñas no roban su belleza, la reciben. Y florecen gracias a que hubo algo grande, intenso y rosado que las sostuvo mientras llegaba su momento.
Algunas madres funcionan así. Dan hasta quedarse sin color. Y en eso, precisamente en eso, está toda su grandeza.

