Taylor Swift estrenó hace unos días su nuevo videoclip, y una de sus escenas me resultó inquietantemente familiar.
En el vídeo, la protagonista construye una relación con una piedra. La cuida, la acompaña, le hace espacio en su vida. La piedra no responde. No hay gesto, ni reciprocidad, ni cambio.
En medio de esa escena aparece un anuncio ficticio de un spray llamado “Opalite”, prometido como solución a cualquier problema emocional.
Cuando ella lo recibe, no lo aplica sobre la piedra. Lo aplica sobre sí misma.
Ahí está la clave. No intenta mover la piedra. Intenta cambiarse a ella.
Durante mucho tiempo pensé que así funcionaban algunas relaciones: si algo no iba bien, debía ser yo quien sintiera distinto, quien entendiera más, quien se adaptara mejor.
Hasta que entendí algo simple y brutal: no todas las ausencias son culpa tuya, y no todas las relaciones están hechas para ser salvadas.
Hay vínculos que no fallan porque tú no sepas querer, sino porque el otro nunca estuvo disponible para hacerlo.
Desde entonces, aprendí a reconocer a las piedras.
Gracias a la vida por lo que me dio, porque era para mí. Y por lo que me quitó, porque no lo era. Gracias por las veces que reí y por las que lloré sin entender aún por qué. Gracias por lo que llegó a tiempo y por lo que solo supe ver cuando ya había pasado. Gracias por las puertas que se abrieron sin empujar y por las que se cerraron, aunque doliera. Gracias por quienes se quedaron y por quienes se fueron cuando el camino dejó de ser común. Gracias por lo que entendí tarde y por lo que todavía no comprendo del todo. Gracias por los inicios que me sostuvieron y por los finales que me obligaron a moverme. Gracias por lo que me hizo fuerte sin romperme y por lo que me rompió para aprender a recomponerme. Al final, casi todo fue aprendizaje. Incluso lo que dolió.