La amistad no es estar siempre. No es disponibilidad permanente ni sacrificio constante. No es eso.
Es equilibrio. Es saber que si hoy cargo yo, mañana cargas tú. Que si hoy necesito que estés, estarás. No porque te lo deba, sino porque así funciona esto cuando es de verdad.
La reciprocidad no es llevar la cuenta. No es apuntar en un cuaderno quién llamó más veces o quién estuvo en el peor momento. Es algo más sutil y más difícil de explicar. Es una sensación. La de que el peso se reparte. La de que no siempre sales de cada encuentro más vacía de lo que llegaste.
Cuando eso no existe, cuando siempre eres tú la que da y la otra la que recibe sin ni siquiera darse cuenta, algo se rompe. Despacio, sin ruido, pero se rompe.
Y lo más duro no es reconocerlo. Lo más duro es aceptar que una relación que duró tanto, que ocupó tanto espacio, que creíste que era sólida, estaba construida sobre un desequilibrio que tú sostenías sola.
Que la solidez era tuya. No de las dos.
Eso es lo que cuesta perdonarse. No haberlo visto antes. O haberlo visto y mirado hacia otro lado porque querías que fuera de otra manera.