Pienso en todas las versiones de mí que existen gracias a alguien que probablemente ni se acuerda:
En la persona que estuvo cuando yo no podía estar. Que me sostuvo justo después de que mi vida cambiara para siempre, sin pedirme que estuviera bien, sin pedirme nada. Solo estuvo. Y eso fue todo lo que necesitaba.
Y pienso también en la otra. La que yo sostuve durante mucho tiempo, con todo lo que tenía. La que, el día que la necesité de verdad, no estaba.
Las dos me cambiaron. Una me enseñó lo que es el cuidado. La otra me enseñó lo que valgo.
Ya no están a mi lado. Pero llevan algo mío, y yo llevo algo suyo, que no sé muy bien nombrar.
No me cambiaron con intención. Me cambiaron con presencia, o con ausencia.
Y eso, creo, es lo más poderoso que puede hacer una persona. No el gesto calculado ni la ayuda que se ofrece sabiendo que se ofrece. Sino el impacto silencioso de ser, simplemente, quien eres delante de alguien.
Ojalá alguien, en algún lugar, lleve una versión mejor de sí mismo gracias a algo que yo hice sin darme cuenta.
