Nos educaron con el plato lleno como obligación. En esta casa no se tira comida. Termina todo. Piensa en los niños que no tienen nada. Y nosotras, obedientes, aprendimos a ignorar la señal que dice ya es suficiente y a seguir comiendo aunque el cuerpo llevara rato pidiendo parar.
Crecimos así. Y muchas seguimos así. Terminando el plato por inercia, por culpa, por no desperdiciar, por no hacer un feo. Sin preguntarnos si todavía tenemos hambre. Sin escuchar lo que nos pide el cuerpo porque nos enseñaron que eso no importaba tanto como no dejar nada.
Y qué fácil es aplicar eso a otras cosas.
A relaciones que seguimos sosteniendo aunque hace rato que dejaron de alimentarnos. A amistades que apuramos hasta el fondo porque invertimos mucho y no queremos que se desperdicie. A conversaciones que terminamos aunque ya no nos nutren, por no dejar nada en el plato, por no parecer desagradecidas, por no hacer un feo.
Nos quedamos en sitios donde ya no nos sacian porque nos enseñaron que irse antes de terminar es un error. Que hay que agotar todo. Que parar es desperdiciar.
Pero parar cuando estás llena no es desperdiciar. Es escucharte. Es reconocer que ya tienes suficiente. Es aprender, por fin, lo que nadie nos enseñó.
Que saber cuándo parar también es una forma de no traicionarse.
