jueves, 18 de junio de 2026
Hacer bum
En Mi planta de naranja lima, Vasconcelos escribe que matar no es coger un revólver y hacer bum. Que se mata en el corazón. Que vas dejando de querer a alguien y un día esa persona se ha muerto.
Tardé en entenderlo. Pensaba que perder a alguien requería un momento concreto, una ruptura, algo que pudiera señalar. Pero no siempre es así. A veces es un enfriamiento tan lento que ni lo notas hasta que un día buscas el afecto y no encuentras nada. Silencio y vacío.
Estás muerta para mí. Y ahora sé, con la misma certeza, que lo estoy para ti desde mucho antes. No hubo disparo. Solo dos personas que fueron dejando de querer, cada una a su ritmo, sin decírselo, hasta que no quedó nada que sostener.
Así se muere sin funeral.
martes, 16 de junio de 2026
El listón
Hay cosas que llevamos años diciéndonos que vamos a hacer: mejorar el inglés, hacer ejercicio de fuerza, comer menos procesados, llamar más a esa persona, ordenar eso que seguimos aplazando. Propósitos que no llegan a nada.
Pero si alguien nos falla, lo notamos. Lo recordamos. A veces lo guardamos. No somos tan tolerantes.
A nosotros siempre nos encontramos una justificación. No hubo tiempo. No fue el momento. Ya llegará. Con los demás el listón está más alto y la memoria más afilada.
No sé si eso nos hace hipócritas. Creo que nos hace humanos. Pero hay una diferencia entre entenderlo y instalarse en ello. Quizás poner más expectativas en el prójimo que en nosotros mismos no sea el camino.
domingo, 14 de junio de 2026
Aristas
Si le caes bien a todo el mundo no eres una persona interesante. He dicho.
Significa que tu opinión no molesta a nadie. O que no la has dado nunca. O que la has ido ajustando según el público, calibrando cada palabra para no generar fricción, para no perder a nadie.
Caer bien es cómodo. Pero tiene un precio: para caerle bien a todo el mundo hay que ser un poco distinta con cada uno. Y en algún momento, en algún sitio, dejas de saber cuál eres tú.
La gente interesante incomoda. No porque quiera, sino porque tiene criterio propio y el criterio propio, tarde o temprano, choca con el de alguien.
Si algo he aprendido en esta vida es a desconfiar de esos seres carismáticos a los que todo el mundo parece adorar.
Y lo contrario también aplica. Si nadie te cae mal, algo falla. O no estás prestando atención, o estás mirando hacia otro lado, o te has convencido de que la bondad consiste en no tener filo. Es una entelequia. Una forma elegante de no comprometerse con nada ni con nadie.
La gente sin aristas no existe. Solo existe la gente que las esconde. Tener criterio propio tiene un coste. Pero no tenerlo también. Solo que ese no se ve.
viernes, 12 de junio de 2026
Empezó con una mota
La perla no nace de algo bueno. Nace de una intrusión, de una mota de polvo o de arena que se cuela en la concha sin permiso y sin aviso. Una pequeña agresión que el molusco no puede expulsar.
Entonces hace lo único que sabe hacer: cubrirla. Capa a capa, despacio, con nácar. No para olvidarla. Para sobrevivir a ella.
Y así, alrededor de algo que no debería estar ahí, crece una de las cosas más valiosas que existe.
Y no solo hablo de ostras.
miércoles, 10 de junio de 2026
Mentiras bien vestidas
lunes, 8 de junio de 2026
Arrancar de raíz
He estado viendo vídeos en TikTok sobre cómo cuidar un jardín. No tengo jardín.
En casi todos empiezan igual: antes de plantar, antes de regar, antes de cualquier otra cosa, hay que arrancar. La maleza, las malas hierbas, lo que crece sin permiso y se lleva el agua y la luz de lo que sí quieres que viva. Dicen que no basta con cortarla. Hay que sacarla de raíz, porque si dejas algo enterrado, vuelve.
Un jardín sano no es el que tiene más flores. Es el que sabe lo que no puede permitirse que crezca.
Y no solo hablo de jardines.
domingo, 7 de junio de 2026
Lo que no tiene alternativa.
Nunca fui de llamadas. Hablar no se me ha dado especialmente bien, y una pérdida auditiva que me acompaña hace años lo condiciona todavía más. Escribir, en cambio, siempre fue mi forma natural de comunicarme. Y durante años, lo hice en papel.
Cuando era pequeña pasaba los veranos en el pueblo de mis padres. En la adolescencia tenía allí mi grupo de amigas. Ellas se veían el resto del año. Yo no. Vivía lejos, sin móvil, con un teléfono fijo que costaba una fortuna usar.
Así que a veces cogía un boli y les escribía cartas. Para que no se olvidaran de mí. Para que supieran que pensaba en ellas aunque no estuviera.
En los largos inviernos, escribirles era también volver allí. Al calor de ese verano, a esas tardes, a esas personas que seguían su vida mientras yo esperaba que llegara julio.
Algunas me escribían de vuelta. Tras más de media docena de mudanzas he perdido todas esas cartas. Pero no he olvidado lo que era encontrar un sobre en el buzón con tu nombre escrito a mano. Alguien pensó en ti. Se sentó, buscó papel, escribió, buscó un sello. Nada de eso es inmediato ni fácil. Ahí estaba el valor.
Un pedacito de mí murió cuando dejé de escribir cartas porque ya no "hacían falta": emails, luego Facebook, Messenger, WhatsApp, DMs.
Ahora el buzón solo trae recibos, publicidad y, en el peor de los casos, algo de Hacienda. Como tantas cosas de la infancia, abrirlo dejó de ser motivo de ilusión.
He visto grupos de personas organizados para enviarse cartas periódicamente. Negocios en los que te dejas escrita una carta y ellos te la envían pasado un tiempo. Lo entiendo. Pero no será lo mismo.
Una carta tenía esa carga porque era la única opción. Escribías porque no había otra manera de llegar. Ahora sería un gesto bonito, casi un acto performativo. La nostalgia disfrazada de conexión.
Lo que hacía especial a una carta era que no había alternativa. Y eso ya no se puede recuperar.
viernes, 5 de junio de 2026
El programa del atardecer. Jung tenía razón: La segunda mitad pide otra cosa.
Jung decía que no podemos vivir el atardecer de la vida con el mismo programa que la mañana. Que la primera mitad está hecha de construcción: la identidad, el lugar en el mundo, los vínculos, los logros. Y que la segunda exige otra cosa. Soltar. Profundizar. Preguntarse qué queda cuando se quita todo lo que se hizo para los demás.
Durante años construí. Una familia, una manera de estar en el mundo, vínculos que creía sólidos. Me moví con el programa de la mañana sin preguntarme si seguía siendo el mío.
Y llegó un día en que el programa dejó de funcionar. No de golpe. Despacio, como cuando algo se afloja sin que nadie lo note hasta que ya no sostiene.
Miré atrás y vi cosas que había cargado demasiado tiempo. Personas que ocuparon más espacio del que merecían. Miedos que me convencieron de quedarme quieta. Versiones de mí misma que construí para encajar en lugares que ya no eran míos.
Y miré adelante. No con el vértigo de los veinte, sino con otra cosa. Con la claridad de quien ya sabe lo que no quiere. De quien ha perdido cosas y ha sobrevivido. De quien empieza a entender que lo que queda, si se cuida, puede ser lo mejor.
Jung tenía razón. El atardecer pide otro programa. Uno más honesto. Más descarnado. Más tuyo.
Yo estoy escribiendo el mío.
miércoles, 3 de junio de 2026
La isla
Estoy leyendo un libro en el que la protagonista construye una isla. Un lugar con nombre, con paisaje, con personas. Un refugio tan elaborado que parece más real que lo real. Solo al final entiendes que ese lugar no existe. Que fue la única forma que encontró su mente de sobrevivir a algo que no podía sostener consciente.
Hay un nombre para eso. La disociación: la capacidad de la mente de separarse de una realidad insoportable y habitar otro sitio. No es debilidad. Es, en muchos casos, lo único que queda cuando no hay salida.
El cerebro no distingue entre amenaza real y amenaza recordada. El mismo mecanismo que nos construye una isla cuando lo necesitamos es el que nos despierta a las tres de la mañana con el corazón acelerado por algo que quizás ni ocurrió. El que nos protege de lo insoportable y el que nos hace insoportable lo que no debería serlo. A veces nos salva. A veces nos secuestra.
Yo no fui a ninguna isla. Cuando la realidad era dura, me quedé en ella. Construí muros, sí. Pero la realidad estaba conmigo al otro lado, y yo lo sabía. Hay una diferencia enorme entre protegerse dentro de la realidad y abandonarla por completo. Las dos son formas de sobrevivir. Solo que una te deja con los pies en el suelo y la otra te los levanta del todo.
Y sin embargo, no juzgo a quienes se van a su isla. A veces el suelo quema. Hay realidades que no se pueden habitar, situaciones en las que marcharse hacia adentro es el único camino que queda. Mujeres como Gisèle Pelicot, o como el personaje de ese libro, no se rompieron. Encontraron la forma de seguir existiendo con lo que tenían. Eso no es huida. Es heroísmo de la única clase que importa: el que nadie ve.
martes, 2 de junio de 2026
Sin esa virtud
Lo he intentado. Me he dicho que soltar es de sabias, que cargar con el rencor solo me pesa a mí. Y es verdad. Pero saber algo y poder hacerlo son cosas distintas.
Y elijo desde ahí.
domingo, 31 de mayo de 2026
Buena imagen. El engaño funciona mientras dura.
Milli Vanilli no cantaban. Ana Rosa no escribe sus libros. Felipe González no era de izquierdas. Lance Armstrong no pedaleaba limpio. Y tampoco había armas de destrucción masiva.
El mundo está lleno de impostores con buena imagen.
Gente que se apoya en otros para salvarse. Que coge lo que necesita sin mirar a quién le cuesta. Que avanza pisando sin darse cuenta, o dándose cuenta y mirando hacia otro lado mientras su coach justifica sus mierdas.
Lo más curioso no es el engaño. Es cuánto tiempo tarda en descubrirse. Y lo bien que funciona mientras dura.
Yo también tuve una de esas en mi vida. Creí en la imagen. Tardé más de lo que debería en ver lo que había detrás. Menos de lo que ella esperaba.
viernes, 29 de mayo de 2026
El momento perfecto no existe
Siempre hay algo antes.
Las vacaciones que vienen. Los exámenes que terminan. El lunes en que todo empieza. El cuerpo que todavía no es el que quieres. El proyecto que lanzarás cuando tengas más tiempo, más dinero, más seguridad.
Vivimos en una cuenta atrás permanente hacia una vida que no termina de llegar.
Y mientras tanto, esto. Esto que está pasando ahora mismo, mientras esperas. Esto que luego recordarás como "aquella época". Esto que, dentro de diez años, alguien llamará tu juventud, tu tiempo, tu vida.
Me pregunto cuántas horas he pasado deseando que pasara la semana. Cuántos viernes he esperado como si fueran una promesa. Cuántas veces he pospuesto algo que quería porque primero tenía que ocurrir otra cosa.
El problema no es que esperemos. El problema es que mientras esperamos, seguimos viviendo. El tiempo no se detiene porque tú estés en pausa.
Hubo un momento en mi vida en que el futuro se redujo a una ventana y a lo que había al otro lado. Y entendí algo que no se aprende leyendo: que a lo mejor mañana no estamos aquí. Ninguno. Y que eso no es una amenaza. Es la única razón de peso para estar hoy.
No hay un momento mejor esperándote al otro lado. Hay otro momento. Con sus propias condiciones, sus propias excusas, sus propias razones para seguir esperando.
El único momento que tienes es este. Y este. Y este.
No es un consejo. Es solo algo que me repito cuando me encuentro, otra vez, contando los días.
jueves, 28 de mayo de 2026
Yo. Ya me he ido de casi todo.
Sé marcharme.
Lo he hecho infinidad de veces: de ciudades que habité, de calles que me sabía de memoria, de mesas donde alguna vez me sentí llena.
De personas que eran casa, de promesas que parecían eternas.
De versiones de mí que ya no encontraban la manera de seguir.
He aprendido a mirar por última vez sin volver la cabeza, a cerrar la puerta sin ruido.
Lo que no sé es qué hacer con lo que me sigo llevando. Porque hay cosas que no se abandonan por mucho que lo intentes. Miedos que hacen el equipaje solos. Heridas que conocen todos tus atajos.
Hay un sitio del que no he conseguido escapar. El único del que, en el fondo, tampoco quiero hacerlo. A veces me pesa. A veces me sostiene. Pero es mío.
Yo.
martes, 26 de mayo de 2026
El cuerpo recuerda antes que la cabeza
El olfato es el sentido más ligado a la memoria.
Olores que vuelven y consuelan, que me devuelven a algún lugar seguro, a un instante feliz.
Y luego está esa loción. La que un día fue cotidiano respirar y que ahora me pone la piel de gallina. La que nunca jamás he querido volver a oler.
Hay olores que abrazan. Y hay olores que ahogan.
lunes, 25 de mayo de 2026
Las personas que te cambian sin querer
Pienso en todas las versiones de mí que existen gracias a alguien que probablemente ni se acuerda:
En la persona que estuvo cuando yo no podía estar. Que me sostuvo justo después de que mi vida cambiara para siempre, sin pedirme que estuviera bien, sin pedirme nada. Solo estuvo. Y eso fue todo lo que necesitaba.
Y pienso también en la otra. La que yo sostuve durante mucho tiempo, con todo lo que tenía. La que, el día que la necesité de verdad, no estaba.
Las dos me cambiaron. Una me enseñó lo que es el cuidado. La otra me enseñó lo que valgo.
Ya no están a mi lado. Pero llevan algo mío, y yo llevo algo suyo, que no sé muy bien nombrar.
No me cambiaron con intención. Me cambiaron con presencia, o con ausencia.
Y eso, creo, es lo más poderoso que puede hacer una persona. No el gesto calculado ni la ayuda que se ofrece sabiendo que se ofrece. Sino el impacto silencioso de ser, simplemente, quien eres delante de alguien.
Ojalá alguien, en algún lugar, lleve una versión mejor de sí mismo gracias a algo que yo hice sin darme cuenta.
