Una vez que eliminas el contacto, borras las fotos, las etiquetas y los comentarios, bloqueas en todos los sitios posibles... ya solo queda lo más difícil:
Bloquear recuerdos, eliminar remordimientos, desinstalarte de mis pensamientos.
Una vez que eliminas el contacto, borras las fotos, las etiquetas y los comentarios, bloqueas en todos los sitios posibles... ya solo queda lo más difícil:
Bloquear recuerdos, eliminar remordimientos, desinstalarte de mis pensamientos.
Soy ABURRIDA
para quienes necesitan el caos para sentir que algo es real.
Soy CALLADA
para quienes confunden el silencio con no tener nada que decir.
Soy RARA
para quienes esperaban que me pareciera más a ellos.
Soy FRÍA
para quienes confunden la distancia con no sentir.
Soy DIFÍCIL
para quienes querían una versión mía más cómoda, más callada, más fácil de ignorar.
Soy EXAGERADA
para quienes nunca aprendieron a tomarse en serio lo que sienten.
Soy INTENSA
para quienes viven a media potencia y les incomoda quien no lo hace.
Soy LO PEOR
para quienes necesitan un villano y yo era la candidata más cómoda.
Soy DESLEAL
para quienes llaman traición a ponerse límites.
Soy COMPLICADA
para quienes confunden la profundidad con un problema.
Soy RENCOROSA
para quienes esperaban que perdonara sin que nada cambiara.
Soy EGOÍSTA
para quienes esperaban que me olvidara de mí.
Soy DEMASIADO
para quienes no dan suficiente.
Soy ORGULLOSA
para quienes esperaban que volviera con el rabo entre las piernas.
Pero para quien me merece,
soy exactamente suficiente.
Quizás tu cuento es que me enfadé y no quise hablarlo.
Qué versión tan ordenada.
Qué manera tan limpia de no tener que preguntarte nada.
Pero hay que haber perdido mucho para llegar a este silencio.
Este no es el silencio del enfado.
El enfado hace ruido, da portazos, espera que le pregunten.
Este es otro silencio.
El de quien hizo las cuentas demasiadas veces
y siempre le salieron mal los números.
No me negué a hablarlo.
Se me acabó la fe en que hablar fuera a cambiar algo.
Y eso es diferente.
Eso es mucho peor, y mucho más honesto.
Treinta y cinco años no se dan por perdidos de golpe.
Se van gastando.
En los silencios que nadie llenó,
en las veces que esperé algo que no llegó,
en los momentos en que estuve
y fue como si no estuviera.
Nadie lo declara.
No hay un día concreto.
Solo un cansancio que se va acumulando
hasta que un día ya no quedan fuerzas
ni para recuperar
lo que ya no reconoces.
No me enfadé y me fui.
Me fui porque ya no quedaba casi nada a lo que volver.
Y eso no cabe en tu cuento, lo sé.
Pero es lo que pasó.
No estoy enfadada.
La rabia es fácil.
La rabia tiene adónde ir,
ocupa el cuerpo,
sale por algún sitio.
Yo estoy decepcionada,
que es más silencioso
y más hondo
y no tiene salida fácil.
Estoy desilusionada,
que significa que la ilusión existió,
que me la creí,
que durante un tiempo
fue real para mí
aunque no lo fuera.
He dado por perdidos años.
No los llora la rabia.
Los llora otra cosa
que no tiene un nombre tan claro
pero pesa más.
Creí que era un ancla.
Resultó ser lastre.
Las dos cosas sujetan,
las dos cosas hunden.
La diferencia es
a qué te atan.
Y yo confundí las dos.
No estoy enfadada.
Estoy en ese lugar
donde ya no queda
ni siquiera eso.
Me escribo.
Para no olvidarme. Para no volver a dejarme.
Me escribo porque hubo años en que me fui
sin hacer las maletas,
sin despedirme,
sin dejar nota.
Me escribo porque la memoria miente
y el dolor se disfraza,
y yo necesito pruebas.
Me escribo para poder volver
cuando vuelva a perderme,
abrir la página
y reconocerme.
Me escribo porque nadie más
va a contarle a nadie
exactamente cómo fue esto.
Me escribo como se deja una luz encendida
para el que llega tarde a casa
y no quiere entrar a oscuras.
Me escribo.
Para saber que estuve aquí.
Para saber que sigo.
Vuelven las hombreras, los pantalones de campana, las bandanas al cuello y las gafas redondas.
Cuando viajas en avión y facturas el equipaje, si llevas exceso de peso pagas un precio.
En la vida pasa lo mismo: también pagas por cargar de más.
En este caso, sin embargo, el precio no está estipulado.
Y aquí no se pierden las maletas.
No siempre cambiamos despacio.
Hay cambios que no avisan.
Un día abres los ojos y lo sabes: hasta aquí has llegado.
Y ya no vuelves.
Me voy a acordar de todas las fechas.
Del día de tu cumpleaños. De otros cumpleaños. De esa fecha de diciembre que quieres olvidar.
Las tengo guardadas en algún lugar del cuerpo, no en el calendario. Y van a llegar, una a una, como siempre llegan las cosas que no puedes controlar.
Y cuando lleguen, voy a hacer algo que nunca pensé que necesitaría aprender: no voy a escribirte.
No porque no quiera. Sino precisamente porque quiero.
Porque hay un tipo de fuerza que no se parece en nada a la fuerza. No levanta peso ni aguanta golpes. Es la fuerza de dejar el teléfono sobre la mesa. De escribir el mensaje y borrarlo. De desear que te vaya bien sin decírtelo.
Es contención. Y la contención duele de una manera silenciosa, sin testigos, sin mérito visible.
Nadie va a saber que ese día pensé en ti. Que busqué las palabras exactas. Que casi. Que estuve a punto.
Pero no.
Porque a veces querer a alguien significa respetar la distancia que se ha abierto entre las dos, aunque no fueras tú quien la eligió. Aunque todavía no entiendas del todo cómo llegasteis hasta aquí.
Las amistades que se rompen no hacen ruido como las otras pérdidas. No hay protocolo, no hay duelo reconocido, no hay nadie que te pregunte cómo estás por eso. Y sin embargo el hueco es real. Ocupa espacio. Tiene fechas.
Este año voy a dejar pasar esas fechas en silencio.
No como rendición. Como respeto. Hacia lo que fue, hacia lo que ya no es, y hacia mí.
Hay personas que se quedan contigo solo hasta que dejan de necesitarte. Llegan rotas, te usan como refugio mientras sanan, mientras tú entregas tiempo, paciencia y un amor verdadero. Y cuando recuperan fuerzas y seguridad, se marchan sin mirar atrás.
Jamás se detienen a mirar tus heridas, tus propios rotos, ni a preguntarse si aún te queda fuerza para sostenerte.
Por eso conviene aprender a reconocer estas dinámicas a tiempo: no todo el que llega herido viene a cuidarte después, y no toda entrega merece que te quedes sin ti. Guardar tus límites también es una forma de amor.
No necesito tu perdón.
Solo espero que todo lo que (me) rompiste haya servido para curarte. Si destruirme te sanó, ya ha servido para algo.