Estoy leyendo un libro en el que la protagonista construye una isla. Un lugar con nombre, con paisaje, con personas. Un refugio tan elaborado que parece más real que lo real. Solo al final entiendes que ese lugar no existe. Que fue la única forma que encontró su mente de sobrevivir a algo que no podía sostener consciente.
Hay un nombre para eso. La disociación: la capacidad de la mente de separarse de una realidad insoportable y habitar otro sitio. No es debilidad. Es, en muchos casos, lo único que queda cuando no hay salida.
El cerebro no distingue entre amenaza real y amenaza recordada. El mismo mecanismo que nos construye una isla cuando lo necesitamos es el que nos despierta a las tres de la mañana con el corazón acelerado por algo que quizás ni ocurrió. El que nos protege de lo insoportable y el que nos hace insoportable lo que no debería serlo. A veces nos salva. A veces nos secuestra.
Yo no fui a ninguna isla. Cuando la realidad era dura, me quedé en ella. Construí muros, sí. Pero la realidad estaba conmigo al otro lado, y yo lo sabía. Hay una diferencia enorme entre protegerse dentro de la realidad y abandonarla por completo. Las dos son formas de sobrevivir. Solo que una te deja con los pies en el suelo y la otra te los levanta del todo.
Y sin embargo, no juzgo a quienes se van a su isla. A veces el suelo quema. Hay realidades que no se pueden habitar, situaciones en las que marcharse hacia adentro es el único camino que queda. Mujeres como Gisèle Pelicot, o como el personaje de ese libro, no se rompieron. Encontraron la forma de seguir existiendo con lo que tenían. Eso no es huida. Es heroísmo de la única clase que importa: el que nadie ve.