No era mucho.
Que lo que decías y lo que hacías fueran lo mismo.
Eso era todo.
No pedía que estuvieras siempre, ni que renunciaras a nada, ni que te partieses en dos por mí. Pedía que las palabras y los hechos fueran al mismo sitio.
Nunca fueron.
Las palabras siempre llegaban.
Siempre.
A tiempo, bonitas, bien elegidas.
Y los hechos llegaban tarde, o no llegaban, o llegaban a otra parte. Y yo, que durante años preferí creer lo que me decías antes que ver lo que hacías, aprendí a hacer malabares con las dos cosas.
A justificarte.
A traducirte.
A esperar.
Es agotador querer a alguien a quien hay que traducir.
Un día dejé de hacerlo.
No me enfadé. Me cansé.
Y el cansancio no se va como se va el enfado. El cansancio se queda, y un día ya no te levantas a buscarlo.
Ya no lo espero de ti. Ya estoy en otro sitio.
Ojalá lo hagas. Con quien sea. Donde sea. Lejos de mí.
Ojalá la próxima persona que te quiera no tenga que aprenderse tu discurso para poder perdonarte las ausencias.
Que no tenga que elegir entre lo que dices y lo que haces.
Que no tenga que esperar a que se encuentren.
Ojalá te salga. Aunque no sea conmigo.
Y ojalá, cuando te salga, te acuerdes de a quién dejaste a medias, a quién heriste profundamente, a quién mataste un poco.
Que te duela no te convierte en la víctima.
Ese no es tu rol en esta historia, y tú lo sabes mejor que nadie.
Mis textos no son armas.
Aunque para ti, quizás, sean espejos.
Aunque nunca lo digas.
Aunque (te) hayas contado otra historia para poder dormir tranquila por las noches.