Tenía una caja de pinturas.
Era una caja preciosa, de esas que huelen a cera nueva y tienen los colores ordenados por familias, cada uno en su sitio. Había rojos y amarillos, verdes de todos los tonos, marrones para la tierra y los troncos, morados para las flores más raras. Era una caja llena de posibilidades.
Pero había un color que usaba más que todos los demás. El azul.
Lo usaba para el cielo de los días buenos y para el cielo de los días nublados. Para el mar en calma y para el mar revuelto. Para los ríos, para los charcos, para el reflejo de la luna en el agua. Lo usaba también para otras cosas: para los abrigos de invierno, para las mesas del desayuno, para los calcetines de los domingos. El azul lo resolvía todo. Era el color que siempre estaba, el que nunca fallaba, el que hacía que cualquier dibujo quedara bien.
Y así, de tanto usarlo, se fue gastando.
Primero había que afilarlo un poco. Luego, más. Se fue haciendo pequeño, más pequeño, hasta que un día solo quedaba un trozo diminuto que apenas dejaba color en el papel. Y después, nada. El hueco.
La caja sigue siendo una caja preciosa. Sigue teniendo muchos colores. Pero hay un hueco donde antes estaba el azul.
Y ahora sus dibujos han cambiado. El cielo es gris, del color del cemento mojado. El mar es más oscuro, casi negro en los bordes. Las cosas que antes pintaba sin pensar, con esa seguridad tranquila de quien sabe qué color le toca a cada cosa, ahora las deja a medias o las evita. Porque el azul no se improvisa. No hay dos colores que juntos lo den. No se puede mezclar el rojo con el verde y esperar que salga azul. O está o no está.
Y ya no está.
