Quizás tu cuento es que me enfadé y no quise hablarlo.
Qué versión tan ordenada.
Qué manera tan limpia de no tener que preguntarte nada.
Pero hay que haber perdido mucho para llegar a este silencio.
Este no es el silencio del enfado.
El enfado hace ruido, da portazos, espera que le pregunten.
Este es otro silencio.
El de quien hizo las cuentas demasiadas veces
y siempre le salieron mal los números.
No me negué a hablarlo.
Se me acabó la fe en que hablar fuera a cambiar algo.
Y eso es diferente.
Eso es mucho peor, y mucho más honesto.
Treinta y cinco años no se dan por perdidos de golpe.
Se van gastando.
En los silencios que nadie llenó,
en las veces que esperé algo que no llegó,
en los momentos en que estuve
y fue como si no estuviera.
Nadie lo declara.
No hay un día concreto.
Solo un cansancio que se va acumulando
hasta que un día ya no quedan fuerzas
ni para recuperar
lo que ya no reconoces.
No me enfadé y me fui.
Me fui porque ya no quedaba casi nada a lo que volver.
Y eso no cabe en tu cuento, lo sé.
Pero es lo que pasó.