Me voy a acordar de todas las fechas.
Del día de tu cumpleaños. De otros cumpleaños. De esa fecha de diciembre que quieres olvidar.
Las tengo guardadas en algún lugar del cuerpo, no en el calendario. Y van a llegar, una a una, como siempre llegan las cosas que no puedes controlar.
Y cuando lleguen, voy a hacer algo que nunca pensé que necesitaría aprender: no voy a escribirte.
No porque no quiera. Sino precisamente porque quiero.
Porque hay un tipo de fuerza que no se parece en nada a la fuerza. No levanta peso ni aguanta golpes. Es la fuerza de dejar el teléfono sobre la mesa. De escribir el mensaje y borrarlo. De desear que te vaya bien sin decírtelo.
Es contención. Y la contención duele de una manera silenciosa, sin testigos, sin mérito visible.
Nadie va a saber que ese día pensé en ti. Que busqué las palabras exactas. Que casi. Que estuve a punto.
Pero no.
Porque a veces querer a alguien significa respetar la distancia que se ha abierto entre las dos, aunque no fueras tú quien la eligió. Aunque todavía no entiendas del todo cómo llegasteis hasta aquí.
Las amistades que se rompen no hacen ruido como las otras pérdidas. No hay protocolo, no hay duelo reconocido, no hay nadie que te pregunte cómo estás por eso. Y sin embargo el hueco es real. Ocupa espacio. Tiene fechas.
Este año voy a dejar pasar esas fechas en silencio.
No como rendición. Como respeto. Hacia lo que fue, hacia lo que ya no es, y hacia mí.
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