El amarillo era, para Vincent van Gogh, un milagro. El color de los girasoles, de la luz, del trigo y del sol que no se apaga.
El color con el que pintaba esperanza incluso cuando no la sentía.
Pero ese mismo amarillo que lo sostenía también lo dañaba.
El cromato de plomo —el pigmento brillante que tanto amaba— le provocaba visión borrosa.
Le alteraba el cuerpo, le confundía la mente, le hacía ver el mundo más amarillo de lo que era.
La luz que buscaba era, al mismo tiempo, la que lo enfermaba.
A veces lo que nos salva también nos desgasta.
Nos aferramos a lo que brilla, aunque nos queme.
Yo tenía una pintura amarilla.
Pero ya no.
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