Una de las cosas más difíciles que he aprendido es a reconocer el lugar que ocupo en la vida de los demás. No el que me gustaría ocupar, no el que creo merecer. El real.
Y luego aceptarlo sin reclamar, sin forzar, sin intentar ocupar más espacio del que me dan.
No es fácil. Requiere una honestidad que a veces duele. Porque a veces el lugar es pequeño, o incómodo, o directamente no existe. Y reconocerlo implica tomar decisiones que no siempre queremos tomar.
Pero hay algo que descansa en esa aceptación. Dejar de luchar por un sitio en el que no te esperan. Quedarte solo donde te reciben de verdad. Donde no tienes que justificar tu presencia ni reducirte para caber.
Reconocer no es rendirse. Es ver con claridad. Y ver con claridad, aunque cueste, siempre es mejor que seguir mirando lo que quieres ver.
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