La perla no nace de algo bueno. Nace de una intrusión, de una mota de polvo o de arena que se cuela en la concha sin permiso y sin aviso. Una pequeña agresión que el molusco no puede expulsar.
Entonces hace lo único que sabe hacer: cubrirla. Capa a capa, despacio, con nácar. No para olvidarla. Para sobrevivir a ella.
Y así, alrededor de algo que no debería estar ahí, crece una de las cosas más valiosas que existe.
Y no solo hablo de ostras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario