Si le caes bien a todo el mundo no eres una persona interesante. He dicho.
Significa que tu opinión no molesta a nadie. O que no la has dado nunca. O que la has ido ajustando según el público, calibrando cada palabra para no generar fricción, para no perder a nadie.
Caer bien es cómodo. Pero tiene un precio: para caerle bien a todo el mundo hay que ser un poco distinta con cada uno. Y en algún momento, en algún sitio, dejas de saber cuál eres tú.
La gente interesante incomoda. No porque quiera, sino porque tiene criterio propio y el criterio propio, tarde o temprano, choca con el de alguien.
Si algo he aprendido en esta vida es a desconfiar de esos seres carismáticos a los que todo el mundo parece adorar.
Y lo contrario también aplica. Si nadie te cae mal, algo falla. O no estás prestando atención, o estás mirando hacia otro lado, o te has convencido de que la bondad consiste en no tener filo. Es una entelequia. Una forma elegante de no comprometerse con nada ni con nadie.
La gente sin aristas no existe. Solo existe la gente que las esconde. Tener criterio propio tiene un coste. Pero no tenerlo también. Solo que ese no se ve.
No hay comentarios:
Publicar un comentario