Jung decía que no podemos vivir el atardecer de la vida con el mismo programa que la mañana. Que la primera mitad está hecha de construcción: la identidad, el lugar en el mundo, los vínculos, los logros. Y que la segunda exige otra cosa. Soltar. Profundizar. Preguntarse qué queda cuando se quita todo lo que se hizo para los demás.
Durante años construí. Una familia, una manera de estar en el mundo, vínculos que creía sólidos. Me moví con el programa de la mañana sin preguntarme si seguía siendo el mío.
Y llegó un día en que el programa dejó de funcionar. No de golpe. Despacio, como cuando algo se afloja sin que nadie lo note hasta que ya no sostiene.
Miré atrás y vi cosas que había cargado demasiado tiempo. Personas que ocuparon más espacio del que merecían. Miedos que me convencieron de quedarme quieta. Versiones de mí misma que construí para encajar en lugares que ya no eran míos.
Y miré adelante. No con el vértigo de los veinte, sino con otra cosa. Con la claridad de quien ya sabe lo que no quiere. De quien ha perdido cosas y ha sobrevivido. De quien empieza a entender que lo que queda, si se cuida, puede ser lo mejor.
Jung tenía razón. El atardecer pide otro programa. Uno más honesto. Más descarnado. Más tuyo.
Yo estoy escribiendo el mío.
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