Todos y todas tenemos un amor platónico, ese que empezó en la adolescencia cuando aún no sabíamos nada, pero creíamos que sí, cuando lo sentíamos todo con una intensidad aplastante
Fue un amor que nunca supo que lo era. Ni una señal, ni una pista, ni una confesión torpe a destiempo. Nada. Tú ahí, existiendo. Yo aquí, interpretando miradas, elevando a acontecimiento histórico cualquier aburrido cruce de palabras, cosas que no significaban nada pero eran el prólogo de las historias que me montaba en mi cabeza y que siempre acababan contigo viniendo a salvarme. Por que necesitaba ser salvada.
La vida siguió, claro. Y tú te quedaste ahí, en un cajón en la estantería de mi cabeza, entre lo que no fue y lo que nunca hizo falta que fuera. A veces apareces en el presente, muy discretamente: En una frase o una canción que me recuerda a ti. En alguien que dice tu nombre.
Ese amor fue importante, como todos los amores platónicos. Mucho. Aunque no pasara nada. Precisamente porque no pasó nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario