No lo nombres. No lo busques. No le escribas a las tres de la mañana para ver si sigue ahí. Déjalo ir despacio, que es la única manera de que no vuelva.
Los finales bruscos engañan. Te hacen creer que ya pasó y luego vuelve de golpe, en una canción, en un olor, en una palabra suya que de repente recuerdas. Lo abrupto no cierra, solo interrumpe.
Pero lo que muere poco a poco, lo que se va gastando en silencio, eso no revive tan fácil. Siéntelo. Llóralo. Dale el espacio que merece, porque existió y fue real. Pero no le des más de lo que se merece. No le des para siempre.
Hay una diferencia entre honrar lo que fue y quedarse a vivir entre sus ruinas. Una es un gesto de dignidad. La otra es una condena que te pones tú mismo.
Que muera. Despacio, si hace falta. Pero que muera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario