Me he dado cuenta de que tenemos dos vidas, como dos memorias distintas. La de fuera, la que vivimos, la real. Y la de dentro, donde todo tiene otra versión. Esta última es más ordenada, más justa y casi siempre más interesante. También es la única en la que siempre dices lo que piensas. Y donde tienes todas las conversaciones que fuera nunca ocurren.
Las conversaciones que ensayas durante días. Te duchas y ya estás ahí, eligiendo palabras, anticipando respuestas, ganando discusiones que todavía no han empezado. Llegas al momento real y la otra persona dice algo que no estaba en el guión. Y te quedas con todo ese material preparado que ya no sirve para nada.
Luego están las que rebobinas sin poder evitarlo. La cena de hace tres años. Lo que dijiste. Lo que debiste decir. Lo que habrías dicho si hubieras sido más rápida, más valiente, más tú. Tu cerebro las edita una y otra vez como si fuera a estrenar una versión mejorada que nadie va a ver.
Y después están las que nunca llegas a tener. Las más largas, las más honestas, las más necesarias. Esas en las que le dices a alguien exactamente lo que sientes, sin rodeos, sin miedo. Esas conversaciones son perfectas. Probablemente porque nunca ocurren.
Sin interrupciones, sin malentendidos, sin que la otra persona diga algo que no tocaba. Tú controlas el ritmo, las pausas, el desenlace. Ganas siempre. Te disculpas cuando quieres. Dices exactamente lo que sientes sin que te tiemble la voz. Son, en definitiva, todo lo que una conversación real nunca es.
La buena noticia es que en esas conversaciones siempre tienes razón. La mala, que no cuenta.
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