Los expertos en botánica dicen que a las plantas hay que cortarles las hojas muertas.
No por estética, si no porque la planta insiste en enviarles energía como si aún hubiera algo que salvar. Y mientras lo hace, deja de cuidar lo que sí sigue vivo.
Durante un tiempo parece que no pasa nada. La planta aguanta. Resiste. Hasta que empieza a notarse. Las hojas sanas pierden fuerza. Los brotes se frenan. Algo se apaga sin hacer ruido. Y entonces ya no es la hoja muerta el problema.
Es todo lo demás.
Con nosotras pasa igual:
Nos quedamos más tiempo del que deberíamos intentando salvar lo que ya no responde, convenciéndonos de que aún queda algo; de que con un poco más de paciencia, de cuidado, de esfuerzo…
Pero no.
Hay cosas que no vuelven.
Y mientras las sostienes, lo que sí estaba vivo en ti empieza a marchitarse.
No de golpe.
Pero lo suficiente.
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