Y un día te cansas. Sin aviso, sin drama, sin un motivo concreto que puedas señalar. Te cansas de sostenerlo todo, de ser el suelo firme sobre el que los demás caminan sin mirar dónde pisan.
Te cansas de ser la fuerte. De que den por hecho que puedes, que aguantas, que siempre estarás ahí. De que nadie pregunte cómo estás porque total, tú siempre estás bien.
Y entonces llega la pregunta. Silenciosa, incómoda, inevitable. ¿Quién me sostiene a mí?
Y en ese preciso momento, cuando ya no te queda energía para nadie más, cuando el cansancio te ha vaciado de todo lo que no eras tú, ahí, justo ahí, empiezas a elegirte. No porque seas egoísta. Sino porque ya era hora.
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