En redes sociales se habla mucho de la culpa. En cuentas de psicología, de maternidad, de desarrollo personal. La culpa como motor, como freno, como herida. Todo el mundo parece tener muy claro que hay que trabajarla, liberarla, transformarla.
Nadie se libra. Yo tengo mis propias culpas también: no soy buena madre algunos días, no tengo una profesión que me defina, no leo todo lo que querría, no viajo suficiente, como de forma desordenada, no hago ejercicio de fuerza, no llamo a mi madre cada día y paso demasiado tiempo en redes sociales. Esas culpas las conozco bien. Las cargo, las reconozco, convivo con ellas.
Pero hay una cosa de la que no siento culpa ninguna.
No siento culpa por haberme ido de donde no me cuidaban. Por haber cerrado puertas a quien solo venía a pedir. Por haber eliminado y bloqueado contactos. No siento culpa por la forma en que he decidido seguir adelante, ni por cómo he necesitado escribir durante este tiempo.
No creo haber hecho nada mal. No hay nada que reprocharme, nada que deshacer. Nada por lo que pedir perdón. Solo hay una cosa que lamento: el tiempo. Los años invertidos en algo que no lo merecía.
Eso no es culpa. Es la única pérdida que me queda.