Hay personas que llegan a tu vida con los brazos abiertos y la boca llena de palabras hermosas. Te dicen que eres su hogar, que te llevan en el pecho, que aquí estarán siempre. Y tú las crees. Las crees porque el afecto es real, porque la historia es larga, porque hay tardes de risa y noches de canciones y una complicidad que no se fabrica.
Pero hay algo que no ves al principio, o que ves y decides no mirar: que siempre eres tú quien sostiene. Que cuando ella llora, tú estás. Que cuando ella duda, tú afirmas. Que cuando ella tropieza, tú tiendes la mano antes de que llegue al suelo. Y que cuando tú tropiezas, ella sigue hablando.
No por maldad. Eso es lo más difícil de explicar y lo más importante de entender. No por maldad.
Sino porque hay personas que aman desde el centro de sí mismas. Que dan calor genuino pero no saben salir de su propio foco. Que te quieren de verdad y aun así no te ven. Que pronuncian tu nombre con ternura pero no preguntan cómo estás cuando saben que estás mal. Que reciben tu silencio como abandono sin preguntarse nunca qué costó ese silencio.
Tú aprendiste a dar sin pedir. A sostener sin quejarte. A estar enferma en voz baja mientras escuchabas sus miedos en voz alta. A decir "fue un trimestre devastador" y conformarte con que no llegara respuesta, porque ya sabías, en algún lugar hondo, que no llegaría.
Y un día te cansas. No de golpe, sino despacio, como se cansa el agua de dar forma a una piedra. Sin drama, sin reproche, sin un portazo. Solo con el cansancio quieto de quien ha dado demasiado durante demasiado tiempo y ya no tiene más.
Entonces ella escribe una carta preciosa sobre lo que siente, sobre el hilo rojo que os une, sobre cuánto te ha querido. Y en ninguna línea de esa carta hay una pregunta por ti.
Y ahí, en esa ausencia, está toda la historia.
No en lo que se dijo. En lo que nunca se preguntó.
Para ERP, allá donde esté. Descansa en paz.
Emma Rodríguez Puente

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