lunes, 10 de agosto de 2026

Cuestión de fe.

 La religión se sostiene sobre la fe. Creer sin pruebas, confiar en lo que no se ve, aferrarse a algo más grande que uno mismo aunque nadie pueda demostrarlo. Hay quien lleva toda la vida rezando sin recibir respuesta y no deja de creer. Hay quien se arrodilla frente a una imagen, enciende una vela, espera un milagro.

Yo también tuve mi fe. Durante años creí en una amistad sin evidencia de que fuera real. La sostuve, la defendí, encendí mis propias velas. Como quien reza en silencio con la esperanza de que alguien al otro lado escuche.

Pero igual que hay quien un día tiene una revelación, una aparición, una luz que lo cambia todo, yo también la tuve. No fue una visión de la Virgen. Fue algo más sencillo y más brutal: ver con claridad que aquello en lo que creía no existía. Que el altar estaba vacío.

No sentía una decepción así desde que descubrí que los Reyes Magos, Papá Noel y el Ratoncito Pérez no existían.

Y cuando la fe se rompe, no hay dogma que la reconstruya.

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