Leyendo "As malas ideas", de María Solar, me encontré con un término que no conocía: la ira justa. Así, sin rodeos. Una ira razonada y razonable, una respuesta a los desagradecidos, a los que ignoran, a los que empiezan a tomar decisiones por ti como si no fueras capaz de gobernarte.
La ira justa no es nueva. Aparece en la Biblia, en la figura de un Dios que se indigna ante la injusticia. La filosofía estoica la distinguía de la cólera irracional: Séneca escribió sobre la diferencia entre el impulso irrefrenable y la indignación fundada. En la psicología contemporánea se habla de ira funcional, la que actúa como señal de que algo ha vulnerado un límite real, que algo ha sido injusto de verdad. No es un defecto del carácter. Es una respuesta adaptativa a un mundo que a veces no da lo que se merece.
La ira justa no pide perdón. No se disculpa, no se modera, no se esconde para no incomodar. No es la rabia del que pierde los papeles ni el rencor del que no sabe soltar. Es la respuesta de alguien que dio todo lo que tenía, que sostuvo lo que no le correspondía sostener, que esperó más de lo que tocaba y un día dijo basta. Sin gritar. Con una claridad que asusta más que cualquier grito.
Yo la sentí. Durante meses fue el combustible que me mantuvo en pie, que me hizo escribir, que me impidió quedarme quieta. Una ira fundada, válida, completamente mía.
Y un día se fue apagando. No la apagué yo. Se fue sola, dejando paso a la decepción primero, a la indiferencia después. Y entendí que eso era la señal: que era justa. Que la ira injusta no se va, se enquista. La justa, cuando ha cumplido su función, se marcha.
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