He pasado unos meses pensando en nuestra relación. Y en su final.
He tenido dudas y en ocasiones he pedido a la IA que analice nuestras conversaciones de WhatsApp desde 2016.
Da igual a quién pregunte, siempre me dicen lo mismo:
Que di más de lo que recibí.
Que estuve cuando tú no pudiste estar.
Que pregunté cuando tú no preguntaste.
Que sostuve cuando nadie me sostenía.
Que me cansé en silencio mientras tú llorabas en voz alta.
Que dije "fue un trimestre devastador" y esperé dieciocho días una respuesta que no llegó.
Que el centro eras tú, y me cansé de girar a tu alrededor.
No necesitaba una inteligencia artificial para saberlo.
Pero a veces necesitas que alguien más lo lea para dejar de dudar de lo que ya sabías.
Porque esa es la trampa de las relaciones asimétricas. No duelen por falta de afecto. Duelen precisamente porque el afecto es real, porque la historia es larga, porque hay suficientes momentos buenos como para que te preguntes si estás exagerando. Si eres tú. Si estás siendo injusta.
Y entonces vuelves al principio. Y cuentas. Y la cuenta no cambia.
Tú llamabas, yo cogía. Yo llamaba, tú no siempre podías. Tú tenías una crisis, yo estaba. Yo sufría una enfermedad crónica, una discapacidad, que tú ignorabas. Así durante años, con la naturalidad de lo que nunca se cuestiona porque nadie lo ha puesto sobre la mesa.
Yo tampoco lo puse. Eso también es verdad y me lo reconozco. Aprendí tan bien a dar sin pedir que al final ni yo misma sabía ya cómo pedir. Me volví experta en estar enferma en voz baja, en sostener desde el agotamiento, en responder con calidez cuando por dentro ya no quedaba casi nada.
Dijiste "aquí estaré siempre". Lo dijiste con la convicción de quien lo cree en el momento en que lo escribe. Pero estar siempre significa estar también cuando no es cómodo. Estar cuando el otro no tiene fuerzas para pedir. Estar cuando el silencio del otro no es abandono sino agotamiento. Significa, a veces, ser tú quien pregunte primero.
Eso nunca llegó.
Estuviste cuando te necesitaba de una forma que te resultaba fácil dar. Pero cuando necesité algo distinto, algo más quieto, más atento, más tuyo y menos mío, no supiste o no quisiste verlo. Y "aquí estaré siempre" se quedó en una frase bonita dicha en un momento bonito. Como tantas otras cosas nuestras.
No te guardo rencor. Te digo esto y es cierto.
Pero tampoco voy a reescribir la historia para que duela menos. Tuviste delante a alguien que te quería de verdad y que necesitaba, de vez en cuando, que le preguntaras cómo estaba. No como fórmula, no como cortesía. Como lo que se hace cuando quieres a alguien de verdad.
Esa pregunta nunca llegó con el peso suficiente.
Y un día me cansé. Sin portazo, sin drama, con la serenidad quieta de quien ya no tiene energía para esperar lo que no va a llegar. Me cansé de ser el ancla de una relación que solo se sostenía cuando yo tiraba del cabo.
Cerraste tú primero con tus palabras. Cerré yo después con mis actos.
Esto no es un reproche. Es un recuerdo.
Para la próxima vez que dude.
Para cuando el tiempo difumine los bordes y la memoria quiera ser más amable que honesta.
Aquí estuvo escrito.
Aquí quedó.
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