Los Beatles escribieron dos canciones que, sin proponérselo y analizándolas décadas más tarde, retratan dos formas completamente distintas de estar en el mundo.
“Hey Jude” nació en 1968 cuando Paul McCartney fue a visitar a Julian Lennon, el hijo de cinco años de John, que estaba atravesando el divorcio de sus padres. La canción es un mensaje de aliento: toma una canción triste y conviértela en algo mejor. No tengas miedo. Ábrele la puerta al amor. Jude es alguien a quien se le habla con ternura porque tiene la fortaleza de seguir adelante, la capacidad de transformar el dolor en algo distinto.
Jude es alguien que tiende a guardarse las cosas (por eso le pide que se abra a alguien) es resiliente, leal y está acompañada por personas que le sostienen, buscan y cantan.
“Eleanor Rigby”, dos años antes, retrataba algo completamente diferente. Una mujer que recoge arroz en la iglesia tras una boda a la que no fue invitada. Que guarda su rostro en un frasco junto a la puerta, una máscara para el mundo. Que vive sola, muere sola y es enterrada sin que nadie acuda. El rostro que guarda en un frasco junto a la puerta sugiere una máscara que lleva puesta para el mundo exterior, ocultando sus verdaderos sentimientos de desolación. Eleanor no es mala persona. Es alguien que pasó por la vida sin ser vista, sin conectar, siendo una sombra, triste y sin dejar huella en nadie.
La diferencia entre las dos no está en la suerte. Está en la capacidad de abrirse, de dar y recibir, de estar presente de verdad en la vida de los demás.
Hay quien cree proyectar la imagen de Jude, quien aspira a esa figura luminosa, resiliente y querida. Quien se percibe a sí misma como alguien que da, que sostiene, que acompaña.
Pero que en realidad, y esto es lo que (le) duele, es Eleanor. Alguien que guarda una máscara junto a la puerta, que ocupa los espacios sin habitarlos de verdad. Que está sin estar. Que habla sin preguntar. Que no es real con nadie porque usa esa máscara para dar a cada uno lo que ella cree que esperan. La máscara no es para esconderse sino para agradar, para encajar, para darle a cada persona la versión que cree que esa persona quiere ver. Y al final no queda ninguna versión real, solo capas de actuación.
No es un juicio. Es una de las distancias más tristes que existen: la que hay entre quien uno cree ser y quien realmente es para los demás.
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