Las personas con apego evitativo quieren lo bonito del vínculo, pero no el compromiso que implica.
Buscan tu presencia, tu ternura, tu escucha.
Pero les incomoda quedarse cuando el vínculo exige responsabilidad emocional.
Desean conexión sin exposición.
Afecto sin compromiso.
Intimidad sin profundidad.
Se acercan cuando sienten deseo o soledad.
Se alejan cuando la relación pide presencia, vulnerabilidad o límites.
No es confusión: es un patrón.
Y en ese patrón hay una verdad incómoda:
no importa cuánto hagas, ahí no se puede construir nada.
Lo más doloroso no es la otra persona.
Es darte cuenta de que te adaptaste a esa dinámica.
Que bajaste tus necesidades, justificaste ausencias, esperaste migajas.
Que aceptaste ser opción, refugio, comodín.
Nadie se vuelve consistente porque le ames más.
El evitativo no cambia con tu entrega, sino con trabajo interno.
Por eso, cuando pones un límite firme, se va.
No porque no le importes, sino porque ya no puede regularse a tu costa.
Cerrar no es perder.
Cerrar es dejar de negociar tu dignidad.
Es elegirte.
Es dejar de ser el lugar al que alguien vuelve cuando no sabe estar consigo mismo.
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