No se fue de repente. Se fue poco a poco, sin hacer ruido, como se van las cosas que ya no quieren quedarse.
Yo seguía ahí. No siempre con ganas, no siempre con fuerzas, pero ahí.
Ella aparecía cuando le venía bien, cuando necesitaba apoyo, compañía, escucha.
Mientras yo era refugio, la amistad funcionaba.
Mientras yo sostenía, todo parecía normal.
Pero cuando empecé a necesitar algo más que su presencia intermitente, cuando dejé de estar siempre disponible, algo se rompió.
No fue despiste.
No fue falta de tiempo.
Fue una elección.
Tardé en verlo porque preferí pensar que era una fase, no una forma de estar.
Porque aceptar que una amistad era desigual dolía más que seguir justificándola.
Me adapté.
Bajé mis expectativas.
Aprendí a pedir menos para no perderla.
Y ahí está la parte más incómoda:
no la perdí.
Descubrí que nunca estuvo del todo.
No fue una ruptura.
Fue una revelación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario