Taylor Swift estrenó hace unos días su nuevo videoclip, y una de sus escenas me resultó inquietantemente familiar.
En el vídeo, la protagonista construye una relación con una piedra. La cuida, la acompaña, le hace espacio en su vida. La piedra no responde. No hay gesto, ni reciprocidad, ni cambio.
En medio de esa escena aparece un anuncio ficticio de un spray llamado “Opalite”, prometido como solución a cualquier problema emocional.
Cuando ella lo recibe, no lo aplica sobre la piedra. Lo aplica sobre sí misma.
Ahí está la clave. No intenta mover la piedra. Intenta cambiarse a ella.
Durante mucho tiempo pensé que así funcionaban algunas relaciones: si algo no iba bien, debía ser yo quien sintiera distinto, quien entendiera más, quien se adaptara mejor.
Hasta que entendí algo simple y brutal: no todas las ausencias son culpa tuya, y no todas las relaciones están hechas para ser salvadas.
Hay vínculos que no fallan porque tú no sepas querer, sino porque el otro nunca estuvo disponible para hacerlo.
Desde entonces, aprendí a reconocer a las piedras.
Y a no volver a darles mi lugar.
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