Las personas más peligrosas no son las que saben que hacen daño.
Son las que están convencidas de que no.
Las que se ven a sí mismas como buenas, justas y razonables.
Las que creen que hicieron suficiente, que hicieron todo lo posible.
Las que nunca se preguntan qué parte les toca.
Desde ahí hieren sin hacerse cargo.
No porque sean crueles, sino porque son intocables para sí mismas.
Y cuando alguien no se cuestiona, siempre encuentra a quién culpar.
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