Las velas se consumen solas si nadie las cuida.
Dan luz durante un tiempo, calientan lo que tienen cerca, iluminan lo que de otra forma quedaría en penumbra. Pero se van gastando. La cera cae, la llama mengua, y si nadie se ocupa de vigilarlas, llega un momento en que no queda nada. Solo el rastro de lo que ardió.
La vela sigue ardiendo hasta el final, dando de sí lo que puede, sin esperar nada a cambio y sin poder evitarlo. Nadie se percata de la falta de luz hasta que se hace oscuro, hasta que llega la noche y nada alumbra. Y entonces es tarde. La vela es solo un charco de cera que ni calienta ni ilumina.
Y no solo hablo de velas.