Hay cosas que no duelen cuando ocurren.
O quizás sí duelen, pero no lo sabemos todavía. Las dejamos pasar porque tenemos prisa, porque queremos conservar la paz, porque conocemos demasiado bien a la otra persona como para detenernos en una frase, en un silencio, en una ausencia. Decimos que no merece la pena hacer una montaña de lo que apenas parece una piedra.
Y seguimos.
Hasta que un día algo termina. Y entonces la memoria, que tiene su propia manera de trabajar a destiempo, empieza a devolverte escenas que creías olvidadas. No vienen ordenadas. Aparecen. Una frase que no llegó. Un silencio que duró demasiado. Una puerta que nadie abrió. Una pregunta que nunca se hizo.
Y ahí está la verdad.
A veces no descubres que alguien te hizo daño. Descubres algo peor: que llevabas mucho tiempo acostumbrándote a no esperar nada.