A partir de este momento, mi casa se ha cerrado para quien no merece entrar.
Durante casi un año dejé la puerta abierta. Sabía que entrabas. Sabía cuándo. Y la dejé abierta de todos modos, porque cada palabra que escribía era mía antes que tuya, y no iba a dejar de escribir solo para que tú no la leyeras.
Pero una casa abierta no es lo mismo que una casa sin dueña. Y esta es mía.
Hoy cierro la puerta. Con llave.