Hablamos mucho de poner límites. Poco de lo que pasa cuando dejas de tirar y descubres que sin tu esfuerzo algunas cosas no se sostienen.
No es una discusión. No es un enfado. Es algo más silencioso y más duro: darte cuenta de que llevabas años siendo el único motor de ciertos vínculos. Que proponer siempre, responder siempre, estar siempre, no era generosidad. Era supervivencia de una relación que sin ti no existía.
Sostener un vínculo en solitario no es estar al cien por cien. Es estar al trescientos. Y cuando la vida te pone en un momento en el que no tienes esa energía, cuando necesitas que alguien tire por ti, aparece la verdad. No con ruido. Con ausencia. Personas que tenían un lugar importante dejan de tenerlo en cuanto bajas la guardia. En cuanto no puedes más.
Ese es uno de los duelos más extraños. No lloras a alguien que se fue. Lloras a alguien que nunca estuvo del todo.
Y la vida es corta. Demasiado corta para seguir tirando de quien no solo no tira de ti, sino que te pone piedras y te quita la cantimplora.
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