A los doce o trece años me empeñé en unas gafas de sol de espejo con montura granate. No era una niña caprichosa, pero aquellas gafas eran un sueño y no paré hasta conseguirlas. Las tuve y las disfruté. Y hacía años que no me acordaba de ellas hasta hoy.
También recuerdo perfectamente la mochila con la que iba a la playa todos los veranos, los bolígrafos con olor, los chinos de la suerte, algunos objetos que usé durante años en el colegio. Esos sí quedaron grabados en mí. Sin embargo hay infinitas cosas que no recuerdo y que en su momento me hicieron feliz. No sé muy bien por qué unos y otros no.
Hay cosas que queremos con una intensidad que parece imposible de sostener. Y después de conseguirlas, desaparecen. No de golpe. Simplemente dejan de ocupar sitio. No pasa solo con los objetos. Pasa con personas, con etapas, con versiones de nosotros mismos que un día fueron todo y luego dejaron de serlo.
Hay dolores que pensábamos que nos matarían y que, con los años, se fueron mitigando hasta casi no reconocerlos. Hay etapas enteras que la vida va dejando atrás mientras avanza.
Hace unos días soñé que estaba con mis abuelos en su casa. Mi abuela me iba a hacer caldo cuando me desperté. Lloré por ellos como cuando me faltaron, con una intensidad que no tenía desde hacía años. Me pasé el día llorando. Esa tarde me abracé a mi madre y seguí llorando abrazada a ella. Mis abuelos se fueron hace más de 20 años.
Hay personas que se quedan para siempre en nosotros, que siguen aquí mientras avanzamos y no se van. Hay otras que se quedan en un cajón, con las gafas de espejo y la mochila de la playa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario