He pasado meses deshaciendo la madeja. Separando el grano de la paja, destilando, aprendiendo a mirar de frente lo que dolía. Escribiendo, sobre todo escribiendo, porque es la única forma que conozco de entender lo que me pasa.
Tú, supongo, estarás escuchando podcasts sobre la vida que quieres. Haciendo los ejercicios de aquella coach que te ayudaba a diseñar tu futuro. Respirando hondo, poniendo intención, manifestando.
No digo que esté mal. Digo que no es lo mismo.
Yo estaba en el lío. Tú estabas en el discurso sobre el lío. Y hay una diferencia enorme entre las dos cosas, aunque las dos parezcan trabajo.
Puedes diseñar toda la vida que quieras. Puedes construir castillos con palabras bonitas, con ejercicios de gratitud y propósitos de año nuevo. Pero una vida no se sostiene sobre visualizaciones. Se sostiene sobre lo que haces cuando nadie te está mirando, sobre cómo tratas a quienes te han dado todo, sobre los cadáveres que dejas en el camino mientras manifiestas tu mejor versión.
Eso no lo arregla ninguna coach.
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