Hay frases que hemos dicho tantas veces que ya no significan nada. Se sueltan solas, sin pensar, como un reflejo. A ver cuando quedamos. Tenemos que vernos. Nadie las toma en serio, nadie las espera cumplir. Son el ruido amable de la conversación y todo el mundo lo sabe.
Pero hay otras frases que deberían pesar. Que deberían pensarse antes de decirse, porque cuando las escuchas, las guardas. Sois mi familia. Yo aquí estaré siempre. Esas no suenan a relleno. Suenan a promesa.
Y cuando no se cumplen, el problema no es la decepción. Es que alguien las dijo sin medir lo que estaba poniendo encima de la mesa. Sin pensar en quién las iba a recoger.
Las palabras no son inocentes solo porque no se firmen.
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