Los animales que viven en manada tienen reglas. No escritas, no negociadas, pero presentes y conocidas por todos. El alimento se reparte. El espacio se comparte. El grupo funciona porque cada individuo, en algún momento, pone al conjunto por delante de sí mismo. Los que no lo hacen son expulsados, ignorados o simplemente no vuelven a ser invitados.
Los humanos llevamos haciendo lo mismo desde que vivíamos en cuevas. Las tribus sobrevivían porque había un código tácito: lo que es de todos es de todos, y nadie come solo mientras otro pasa hambre. No hacía falta escribirlo ni explicarlo. Se sabía. Y quien no lo sabía, quedaba fuera.
Esas reglas no han desaparecido. Siguen operando en los grupos modernos, en las reuniones de amigos, en los viajes compartidos, en cualquier espacio donde varias personas deciden, temporalmente, formar una unidad. No hacen falta acuerdos explícitos. La mayoría lo entiende de forma instintiva, casi sin pensarlo.
Pero hay quien no lo entiende. O quien, entendiéndolo, decide que no aplica en su caso. Que sus necesidades son más urgentes que las del grupo. Que lo que está sobre la mesa es suyo aunque lo hayan puesto entre todos. No siempre es maldad consciente. A veces es simplemente una forma de estar en el mundo que sitúa el núcleo propio por encima de cualquier otra cosa. El problema es que esa forma de estar en el mundo no funciona en manada.
Y las manadas, aunque no lo digan, lo notan siempre.
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